Nicky, la aprendiz de bruja: Una cinta redonda

Nicky, la aprendiz de bruja | Cuando hablamos del cine de Miyazaki, es de justicia anunciar que se trata de un genio creador cinematográfico que utiliza el acetato para revelar su mundo interior.

Cuando en Occidente hablamos de animación nos vienen a la mente el nombre de las grandes productoras (Disney, Dream­Works, Warner) adjudicando proyectos a alguno de los incontables animadores americanos y sus equipos artísticos. Pero cuando hablamos del cine de animación japonés, y en concreto del de Miyazaki, es de justicia anunciar que se trata de un genio creador cinematográfico que utiliza el acetato en vez de los personajes de carne y hueso para revelar su mundo interior. En Nicky, la aprendiz de bruja (1989), Mi­­­yazaki optó por un relato más occidental (como ya hiciera con Hei­di o Marco) que el de otras de sus obras, como La Princesa Mo­no­no­ke o El viaje de Chi­hi­ro, en los que el aura mágico-panteísta coge muy des­pistado al espectador medio europeo.

Nicky, una pequeña bruja de 13 años, deja atrás su ca­sa y su familia para independizarse y comenzar el proceso que la convierta definitivamente en bruja. Alza el vuelo con su amigo Yiyi, un gato negro que se encargará de gran parte de los gags. Tras surcar el cielo con su escoba voladora, llegan a una preciosa ciudad marítima europea que bien se podría situar al sur de Alemania. Nicky comenzará entonces un viaje iniciático que le irá haciendo descubrir sus puntos débiles, y reconocer los valores que hay en ella y que echa en falta en una sociedad que comienza a dar grandes pasos hacia el egoísmo colectivo.

Siendo una película infantil, Hayao Mi­ya­zaki no desaprovecha la ocasión para premiar valores como la amistad o el sacrificio por los demás, con escenas tan estremecedoras que harán participar al espectador de la indignación que arrebata el espíritu de Nicky ante algunos comportamientos ingratos e individualistas. La soledad de la protagonista (un auténtico descenso a los infiernos del héroe de aven­turas) conduce el relato hacia un clímax narrativo que concluye la cinta de una manera redonda.

La narración es fluida, y los 100 minutos de duración la hacen cier­tamente más asequible para un público infantil, que verá en Ni­cky una heroína a su medida, luchando por un mundo en el que pueda reinar el apoyo mutuo y el servicio desinteresado. Miyazaki, en definitiva, no desprecia las pequeñas producciones y las dota siempre de un atrevido trasfondo moral.

Ficha Técnica

  • País/Año: Japón, 1989
  • Distribuidor: Buena Vista
  • Duración: 101 minutos
Reseña Panorama
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Victoriano Rubio
Director y guionista de cine