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Ocho apellidos vascos

Divertida comedia que transforma el dramatismo de los nacionalismos y antinacionalismos en un conjunto de chistes vascos y andaluces muy bien contados (***)

Dirección: Emilio Martínez-Lázaro Guión: Borja Cobeaga, Diego San José Fotografía: Kalo Berreidi Montaje: Ángel Hernández Zoido Música: Fernando Velázquez Intérpretes: Clara Lago, Dani Rovira, Carmen Machi, Karra Elejalde, Alfonso Sánchez, Alberto López Duración: 95 m. Distribuidora: Universal Público adecuado: +16 años (X-D)

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España, 2014. Estreno en España: 14.3.2014

Gora Betis

Borja Cobeaga demostró en Pagafantas que poseía un inne­gable don para escribir y dirigir comedias sencillas que quizás no pasen a la historia del cine, pero que son bien­venidas en cualquier viaje en el AVE (que es la prue­ba del algodón de que una comedia funciona).

En este caso, Cobeaga solo es el autor del libreto pero no hay duda de que la película es mucho más de él que de Emilio Martínez Lázaro. La historia de Ocho apellidos vas­cos es muy simple: Rafa se enamora locamente de Amaia. El problema es que Rafa es sevillano, cofrade y bé­tico y Amaia una vasca de pura cepa que no piensa re­nun­ciar a sus raíces y costumbres. En resumen, una gue­rra de sexos y de acentos en su sentido más clásico.

Cuando se tiene un argumento tan sencillo, sin apenas sub­tramas y con un planteamiento que se despliega casi por completo en los primeros diez minutos, el problema es o bien estirar el chicle hasta romperlo y contruir una his­toria lineal de poco recorrido, o bien enmarañar el argumento exagerándolo y sumando topicazos (esta, por cier­to, es la opción de casi todas las comedias desinhibidas en las que a mitad de metraje empiezan a aparecer amantes, hijos secretos, traumas sexuales o todo junto).

El inteligente guión de Cobeaga salva bien este es­co­llo y, aunque estira el chicle, consigue que la narración avan­ce gracias a una sucesión de gags hilarantes, muy cen­trados en los estereotipos, básicos y televisivos a ve­ces (como el que da nombre a la película), pero de in­du­da­ble eficacia.

No resulta fácil, y menos con la que está cayendo -en cuan­to a susceptibilidad autonómica- lo que ha hecho Co­beaga en Ocho apellidos vascos: tocar todos y cada uno de los puntos que enervan -probablemente con ra­zón- a unos y otros (desde el lenguaje hasta las fronteras) y po­ner la llaga en lo ridículo que son algunos de los plantea­mien­tos excluyentes o incluyentes de muchos.

La cinta es una crítica -aparentemente bienhumorada pe­ro no por eso menos contundente- a la cerrazón de los es­pañoles y a nuestra tendencia al prejuicio y la etique­ta. Lo de menos es que sean vascos o andaluces (aunque es­ta película solo la habría podido escribir un vasco… o qui­zás un andaluz). La película no habla del nacionalis­mo, habla de cómo la rica variedad y diferencia entre españoles puede llevarnos al enfrentamiento (como sucede ac­tualmente) o al amor (como lleva siglos pasando y continúa ocurriendo). Por otra parte, que nadie se engañe, no hay que olvidar que estamos ante una comedia que abor­da temas difíciles -como la kale borroka– desde una pers­pectiva humorística. No hay ni medio discurso, porque en este caso sobra.

Para sostener la película, Martínez Lázaro ha contado con dos veteranos actores, Carmen Machi (Perdiendo el Norte, Kamikaze) y Karra Elejalde (Invasor, También la lluvia) -soberbio-, y dos actores más jóvenes, Clara Lago (Ahora o nunca, Fin) -que en el conjunto no desentona demasiado aunque sus li­mitaciones como actriz son evidentes- y el popular monologuista Dani Rovira (B&b, de boca en boca), que sale airoso en su debut en la pantalla grande.

Además de un par de momentos deshilvanados y algo chus­cos (marca Martínez Lázaro), a la película le sobra len­guaje malsonante, en cierto modo justificado porque la acción transcurre en Euskadi y los vascos ya se sabe, pero en cualquier caso repetitivo.