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Paris, je t’aime

Dirección y Guión: VV.AA. Fotografía: VV.AA. Montaje: VV.AA. Música: VV.AA. Intérpretes: C. Sandino, S. Castellito, M. Richardson, L. Watling, J. Binoche, W. Dafoe, N. Nolte y otros Duración: 120 m. Público adecuado: Jóvenes Distribuidora: Manga

Francia/Alemania, 2007. Estreno en España: 23.02.2007

Breves relatos de amor

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EN 1965, seis pesos pesados de la Nouvelle VagueGodard, Douchet, Chabrol, Rohmer, Rouch y Pollet-, rodaron Paris visto por…, un film colectivo con la ciudad de París como telón de fondo. Casi veinte años después, en 1984, otros tantos directores repitieron la hazaña en Paris vu par…vingt ans après. Pues bien, veintidós años más tarde nos llega Paris, je t’aime, una película compuesta por dieciocho cortometrajes esta vez no solo a cargo de autores franceses, sino bajo la mirada de veintiún realizadores internacionales.

Como ocurría con Lumière y compañía (1995), el tiempo con el que cuenta cada cineasta se reduce considerablemente en relación con las anteriores: cada uno de ellos debía contar una historia de amor en tan solo cinco minutos. Pero concentrar toda la intensidad que requiere cualquier encuentro (o desencuentro) amoroso en cinco minutos no es tarea fácil, y requiere un eficaz manejo de las herramientas narrativas.

Algunos lo consiguen: Gurinder Chad­ha y la sencillez de su historia de amor interracial y adolescente en el Quais de Sei­ne; la destreza de Cuarón y los equívocos de su travelling; el romanticismo de Cra­ven y Oscar Wilde en el cementerio de Pè­re-Lachaise, o la contención poética de Su­wa en la Place des Victories. Pero no todos los episodios están a la misma altura ni seducen de igual manera al personal; Cho­met, Assayas y LaGravenese decepcionan, y el resto convencen más o menos.

Paris je t’aime es por tanto un film inevitablemente irregular, pero también válido, en parte gracias a que sus responsables logran evitar la postal tópica, y ello pese a los planos turísticos que se encargan de hilar los episodios.

Ganan la partida aquellos directores que consiguen conservar su estilo y que, huyendo de lo anecdótico, plasman los afectos, las cicatrices o las heridas purulentas, los intereses, la belleza y, en definitiva, la materia universal de la que se alimenta el amor humano.