Philomena

Emotiva y dramática película de Frears -a ratos divertida, a ratos tendenciosa- en la que brilla especialmente Judi Dench (***½)

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Dirección: Stephen Frears Guión: Steve Coogan, Jeff Pope Fotografía: Robbie Ryan Montaje: Valerio Bonelli Música: Alexandre Desplat Intérpretes: Judi Dench, Steve Coogan, Charlie Murphy, Simone Lahbib, Amy McAllister Duración: 98 min. Distribuidora: Vértigo Público adecuado: +18 años (D)

Reino Unido, 2013. Estreno en España: 28.2.2014

50 años después

Una mujer anciana, inculta y simpática, conoce a un periodista en paro, inteligente y ácido. Ella quie­re encontrar a su hijo vendido hace 50 años a una fa­milia norteamericana (entonces Philomena era una madre soltera “pecadora” en un internado re­gentado por monjas católicas en Irlanda y tuvo que to­mar la decisión de entregarlo). Por otro lado, el pe­riodista quiere escribir un libro para ganarse a la edi­torial con una historia de interés humano que en el fondo detesta.

Philomena ha sido la película revelación en los úl­timos meses, colándose entre las nominadas a los Glo­bos de Oro y los Oscar, además de ganar el BAFTA al mejor guión adaptado. A los académicos y, en gran parte, a la crítica de cine, les ha maravillado la gran interpretación de Judi Dench, la poderosa his­toria basada en un caso real, la música de Alexandre Desplat y la habilidad del actor-guionista Ste­ve Coogan para incluir algo de humor en una his­toria tremenda. El astuto Harvey Weinstein es co­productor y conocemos su habilidad para promo­cio­nar películas británicas y lograr meterlas en la ca­rrera de los Oscar.

El primer gran acierto de Frears es la elección del guio­nista. Una vez más se demuestra lo esencial que es un buen libreto, algo que el director británi­co ha comprobado en sus mejores películas (Héroe por accidente, Alta fidelidad, The Queen) en las que ha colaborado con escritores de la talla de David Webb Peoples, Scott Rosenberg o Peter Morgan. Es­ta vez el elegido ha sido un cómico muy popular de la televisión británica, Steve Coogan, que también interpreta al periodista y participa en la producción de la película.

El guión hace malabarismos para que el pedante y ateo escritor y la bondadosa, ingenua y creyente mu­jer tengan una química muy especial. Hay un buen número de diálogos ingeniosos y entrañables en los que ambos personajes atizan al carácter y las creen­cias del otro. Así se oxigena la historia para que el espectador no se asfixie. Este acertado contraste enriquece la película, usando la dialéctica ti­po HolmesWatson que hemos visto en Sherlock, la bri­llante serie de televisión británica.

La película y la serie española Niños robados

La película de Frears coincide en la temática con la reciente miniserie española Niños robados. Partiendo de una realidad común (el secuestro encubierto de hijos de madres solteras en pleno siglo XX con un grupo de monjas haciendo de intermediarias), la serie y la película tienen una dra­ma­ti­za­ción muy diferente.

Aunque en las dos producciones hay esfuerzos por matizar, por no crear antagonismos monolíticos, está claro que Frears y Coogan tienen más ideas prefijadas. En medio del juego que proponen hay trampas innecesarias. Algo que no sucede en Ni­ños robados. Es muy significativo el papel que tie­ne la religiosa que se opone al maltrato de las ma­dres solteras y al secuestro de los hijos en las dos producciones.

En Philomena, apenas se dedican unos segundos a esa monja benevolente que lo máximo que llega a hacer es ayudar en el parto a la chica que se ha que­dado embarazada y regalar a la madre una foto de su hijo. En Niños robados la monja, coherente con las verdades cristianas de justicia y caridad, es mu­cho más arrolladora. Investiga, se enfrenta a la ma­dre superiora, al director del hospital, ayuda a la hija secuestrada a buscar a sus verdaderos padres. Com­parada con la insulsa monja de Philomena, la re­ligiosa de la serie española es Sor Terremoto.

Tampoco es accidental que una de las escenas finales, caiga sobre el espectador como una bomba y que, como han señalado las monjas irlandesas, nun­ca ocurriera. Los productores se han excusado diciendo que Philomena no es un documental.

Están en su derecho de rodar lo que quieran, no fal­taba más, pero añadir precisamente esa escena fic­ticia y no mostrar de algún modo, por ejemplo, lo que hacían otros católicos por las madres solteras en aquella época (que eran denigradas no solamen­te entre los católicos sino en la sociedad general), di­ce bastante del posicionamiento ideológico de la pe­lícula, más allá de la justa denuncia de un triste suceso.

Resultan excesivas la utilización de vídeos domésticos de los niños robados y algunas reacciones de Philomena, que acaba por ser un personaje tan he­roico y virtuoso que resulta difícilmente creíble. Al­go parecido sucede con el personaje enfermo de SI­DA; la falta de matices y contrastes en su retrato res­ta veracidad al relato, especialmente cuan­do es sabido que el per­sonaje real tuvo una vida más compleja y me­nos “fo­togénica”.

Philomena tiene un final muy astuto y un tráiler en­gañoso que disfrazan el mensaje que nos encontraremos en la película (no parece casual que apenas apa­rezca una monja en este avance de pro­moción). Y, qué quieren que les diga, la campa­ña para llevar al cine a anticatólicos (exagerando las críticas de algunos medios americanos) y a cató­li­cos (su­brayando la visita de Coogan con Philome­na Lee al Vaticano) es sospechosamente opor­tunista.

Que el director y el coguionista de la pe­lícula sean in­te­li­gentes y tengan un talento indudable, no quie­re de­cir que los espectadores seamos ingenuos.

Claudio Sánchez