Quiero ser italiano: Bienintencionada dramedia

Dino Fabrizzi es un italiano locuaz y simpático. Vende coches, Maseratis, para más señas y la vida le sonríe: está a punto de ascender en el trabajo y la relación con su novia va sobre ruedas (por seguir con el símil)… El único fallo es que Dino Fabrizzi en realidad se llama Mourad y no es italiano, sino franco-argelino y musulmán. Su doble vida peligra cuando se vea obligado a cumplir el Ramadán.

La fórmula de Quiero ser italiano es prácticamente la misma que la de Intocable. Un tema serio tratado de forma cómica y con una cierta moralina, un personaje carismático -interpretado por un actor solvente, aquí, Kad Merad (Bienvenidos al Norte, Los chicos del coro)- y un indisimulado afán de tocar la fibra (la sensible, se entiende) sin pasarse.

Con estos ingredientes se puede decir que Quiero ser italiano es una película digna que ni molesta ni permanece en la cabeza mucho más tiempo que en la retina. No hay nada que chirríe especialmente, pero lo cierto es que si Intocable (película sobrevalorada en mi opinión) mantenía el tono cómico hasta el final, a Quiero ser italiano se le corta pronto la risa.

En cuanto se agota la broma del ayuno, las abluciones y la abstinencia sexual, la cinta demuestra su agotamiento. Y cuando la historia se te agota tienes dos opciones: o tiras de exageración o cambias de película. Aquí -afortunadamente, por otra parte- ocurre lo segundo: la comedia se convierte en dramedia. Una dramedia bienintencionada. Y no está mal. Pero eso, es otra película.

Lo mejor: Kad Merad.

Lo peor: Que la película agota pronto su tono cómico.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Arnaud Stefani
  • Montaje: Richard Marizy
  • Música: Martin Rappeneau
  • Duración: 102 min.
  • Público adecuado: +16 años (X)
  • Distribuidora: A Contracorriente
  • Francia (L’italien), 2010
  • Estreno: 15.8.2012
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