Remake

Dirección: Roger Gual Guión: R. Gual, Javier Calvo Fotografía: Cobi Migliora Montaje: Alberto de Toro Música: Scott Herren Intérpretes: Gustavo Salmerón, Marta Etura, Alex Brendemühl, Silvia Munt, Juan Diego, Eusebio Poncela Distribuidora: Warner Bros

España, 2006. Fecha de estreno: 21.04.2006

El mundo se tambalea

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El joven director Roger Gual (Barce­lona, 1973) se dio a conocer en 2003, y con éxito y un Goya, con Smo­king room, una película coral como es ésta. De nue­vo un título en inglés, es una palabra muy conocida y de moda, pero además queda co­mo una sugerencia, es uno de los mu­chos aspectos de la… tesis (palabra demasiado fuerte) de la película: el hombre siempre tropieza en la misma piedra, siempre repite los mismos errores…

Se nos hace saber en los diálogos que en los años setenta, unas jóvenes parejas se ¿refugiaron? en una aislada masía de montaña para vivir de una manera más libre -se dijeron- que en el sistema de la sociedad. Una imi­tación de los hippies de los 60. La convivencia fracasó. Sólo uno permaneció en la masía, solo. Y éste, treinta y tantos años después, invita un fin de semana a los que se fue­ron, con sus treintañeros hijos, porque va a vender la masía (eso asegura).

Y con el comienzo del fin de semana comienza Remake. Llegan de la ciudad los invitados. Y en esta breve convivencia de hoy, en este encuentro de los que fueron jóvenes en los setenta, con sus recuerdos, sus dolorosas y presentes constataciones -sus años, las separaciones matrimoniales, los fracasos en tantos sentidos- se tambalea su mun­­do. Más, se ha venido abajo, se muestra derrumbado, hoy.

Otro tanto cabe decir de los hijos de treinta años, allí presentes. Es otra generación. Son otros modos. El vacío interior y la desorientación moral son muy parecidos, si no iguales en el fondo.

Y aun se apunta una tercera generación: la de unos niños de la ciudad que en una vecina masía pasan el fin de semana -todos los fines de semana- con sus padres. “Son un peligro so­cial”, afirma uno de los treintañeros con toda seriedad, y con horror.

Es un diagnóstico. No se dan soluciones. Quizá se da una: volver a empezar. Pero nada más proponerse se ve como una ilusión utópica, no se sabe cómo empezar y qué, y hacia dónde ir, qué metas, qué…

En el cine español no se suelen hacer películas valientes. No se suelen escribir tampoco novelas valientes. Se suele jugar a la gallina, ciega, como si toda la felicidad del hombre se hallara al otro lado de la cama, o algo así.

Cabe que el comienzo de la película desagrade: una luz ácida, excesiva luminosidad, unos encuentros áridos, airados, destemplados; unos rostros también sin maquillar, mal afeitados, bocas que comen con ruido, que se abren y muestran lo que mastican, suciedad desagradable, un realismo hiriente… A medida que las ideas cobran cuerpo (recuerdos, ex­periencias, juicios, acusaciones, examen de conciencia…) se sobrepone su valor al de la material suciedad. Son valores humanos, anímicos: se trata de la felicidad del hombre, de su búsqueda, aquí errada, y su fracaso. Su va­cío interior. Secuencias no demasiado breves, o no demasiado largas, van acumulando la verdad.

Las interpretaciones son sobrecogedoras, mag­níficas, no actúan, viven: eso parece. Gus­tavo Salmerón, Marta Etura, Juan Na­varro, Alex Brendemühl, extraordinarios, y los actores mayores también.

Y estupenda la dirección de Roger Gual en esa acumulación de imágenes, de enfoques, con un ritmo que fatiga el espíritu, que angustia, porque es una comedia que se va agriando hasta ser tragedia. Y el guión, suyo y de Javier Calvo, marca muy bien esa evolución lenta o casi atemporal, variada y multiforme. Los diálogos son muy acertados. No falta en ningún momento el humor -es una cons­tante-, y hasta la risa.