Rojo

Rojo | Benjamín Naishtat consigue crear una atmósfera desasosegante

Una ciudad cualquiera de Argentina en los años setenta; sin motivo aparente un hombre le monta una pequeña trifulca a un abogado en un restaurante; más tarde, en la calle, volverá a enfrentarse a él, le agrede y luego intenta suicidarse. Después de aquel incidente la vida continúa con normalidad hasta que llega un antiguo policía, el detective Sinclair, empeñado en descubrir qué fue de un joven pendenciero, en paradero desconocido.

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Rojo es la tercera película de Benjamín Naishtat, en la que ha querido mostrar una sociedad con dos caras, una exterior, tranquila y apacible; otra más oscura, con miedo y sin atreverse a decir la verdad, triste, angustiada, incapacitada para que muestra un mundo corrupto en el que impera el miedo a hablar. No cabe duda de que Naishtat director y guionista, conoce a los clásicos y vienen a la mente títulos como Muerte de un ciclista, o Conspiración de silencio, ambas del año 1955, que sin duda le han inspirado, al igual que otros autores de los años setenta.

El director argentino consigue crear una atmósfera desasosegante, la de un país que va a la deriva, aprovechando que el espectador sabe lo que ocurrió a continuación. La ambientación, los tonos apagados, los planos del desierto, todo ello tiene importancia simbólica y está bien utilizado. El duelo de Dario Grandinetti y Alfredo Castro, abogado y detective, es notable.

La película, no obstante, tiene sus fallos; principalmente sería el didactismo del guionista que quiere hacer explícito lo que el espectador ha entendido. Así el detective se convierte en un vengador,  y algún detalle más que no desvelaremos. Detalles menores en una cinta notable.

Fernando Gil-Delgado
Fernando Gil-Delgado
Historiador y filólogo. Miembro del Círculo de Escritores Cinematográficos. Ha estudiado las relaciones entre cine y literatura. Es autor de “Introducción a Shakespeare a través del cine” y coautor de una decena de libros sobre cine.