Sister

Meier retrata una Suiza realista e inhóspita, centrando su mirada lúcida en la disfuncionalidad de la familia y el espacio físico en el que ésta se desarrolla (***½)

Dirección: Ursula Meier Guión: Antoine Jaccoud, U. Meier, Gilles Taurand Fotografía: Agnès Godard Montaje: Nelly Quettier Música: John Parish Intérpretes: Léa Seydoux, Kacey Mottet Klein, Martin Compston, Gillian Anderson, Jean-François Stévenin, Yann Trégouët, Gabin Lefebvre
Duración: 100 m. Distribuidora: Karma Público adecuado: +16 años (D)

Vidas a la intemperie

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Toda sociedad tiene sus contrastes, incluso la desarrollada y próspera Suiza, considerado el país del mundo con más riqueza por habitante.

El argumento de Sister es sencillo en apariencia. Si­mon (Kacey Mottet Klein, que ya trabajó con Ursula Meier en Home, ¿dulce hogar?) vive con su hermana ma­yor, Louise, en un suburbio gris a los pies de los Al­pes. No tienen padres, ella ha perdido su trabajo y vive en permanente contrariedad con el mundo y consigo mis­ma. Ambos sobreviven gracias a la actividad del chi­co que, con solo doce años, hurta y revende, con gran sol­tura y dedicación, material deportivo a los ricos que fre­cuentan la estación de esquí. Simon se siente seguro en la parte alta; es como un teatro gracias al cual puede so­portar la vida de abajo.

La joven directora ha retratado una Suiza distinta a la que suelen mostrar las películas, más realista e inhós­pi­ta, centrando su mirada lúcida, aunque no descarnada, en la disfuncionalidad de la familia y el espacio físico en el que ésta se desarrolla, el desarraigo emocional y  la necesidad de tener al lado alguien en quien confiar, to­do ello a partir del paisaje, con un tratamiento muy sin­gular. Ya lo hizo en su película anterior, pero de una manera horizontal, tomando como escenario una autopista. Ahora su eje es vertical, marcado por el movimien­to entre la llanura industrial, abajo, y la estación de es­quí en la montaña.

La película parte de una crítica social y política pero va más allá. A la manera de las películas de los hermanos Dar­denne, pero con pulso propio, Sister se interna con so­briedad en el terreno personal, despertando tanto la con­ciencia como el corazón del espectador. Es una histo­ria que narra la relación entre dos personajes desprotegidos, rodeados de personas mayores que muestran cier­ta simpatía pero que no se implican. No hay servicios so­ciales, no hay policía, ni nadie que les ayude a salir de la situación, como cabría esperar de una sociedad de­sa­rrollada. En este sentido, tiene algo de fábula.

La fotografía de Agnés Godard, premiada en el Festival de Cine Europeo de Sevilla el pasado año, muestra tres momentos de la temporada de esquí tratados con dis­tinto tono para crear una sensación de irrealidad. Curiosamente, el plano se cierra ahí arriba y se abre, en cam­bio, en los suburbios, donde se desarrolla la vida de Simon y Louise. Es uno de los valores más originales de la película.

En el guión y en la dirección de actores también hay un cambio de enfoque: Louise, que parece ca­si secunda­ria, poco a poco se va convirtiendo en protagonista de es­ta historia de roles invertidos y de vidas a la intempe­rie, de fragilidad y necesidad de afecto. La evo­lución pau­la­­tina, plagada de detalles suministrados con in­teligencia, su­tileza y respecto al espectador, de­sem­bo­ca en un clímax muy logrado, gracias a esta directora -a la que no convie­ne perder de vista- y a dos jó­venes pe­ro gran­des actores prin­­cipales, acompañados por un buen co­ro de secundarios. La película fue premia­da también con el Premio Euri­ma­­ges a la mejor coproducción europea.

Cristina Abad
Cristina Abad
Periodista. Máster en Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla