Spy Game: Dos generaciones con licencia para matar

Rodada meses antes del 11-S, Spy game ha caído en las carteleras en un momento clave para el debate. En principio, su principal reclamo era su duo protagonista, Robert Redford y Brad Pitt. Los galanes de dos épocas cumplen papeles complementarios como espías del servicio secreto estadounidense, la legendaria CIA. Pitt interpreta a Tom Bishop, un joven y romántico espía que antepone sus sentimientos a las reglas de prudencia básicas -y absolutamente cínicas- del espionaje. Por ello acude a China -la película transcurre antes de la entrada del gigante asiático en la OMC, cuando todavía no estaba desactivado el «peligro amarillo comunista»- para rescatar por su cuenta y riesgo a un misterioso personaje. Pese a su habilidad, es capturado.

La CIA sabe que las autoridades chinas lo ejecutarán en cuestión de horas, pero se desentiende de él. Aquí entra en juego Nathan Muir (Robert Redford), un veterano agente que se retira justo el día en que estalla la crisis. Aunque su jubilación corre un peligro importante, decide ayudar al compañero en apuros: mezclado con el tiempo real, varios flash back revelan cómo Muir reclutó y entrenó a Bishop, con el que terminó implicándose más de lo que recomiendan los manuales de la CIA.

Así las cosas, el desafío generacional debía copar la atención del gran público, quedando la trama en poco más que el decorado. La siempre espectacular realización de Tony Scott (Top gun, Días de trueno) refleja la trepidación de la vida en la Agencia, donde se han de tomar decisiones trascendentales en cuestión de segundos. Un tratamiento adecuado aunque a veces caiga en el manierismo con determinados movimientos de cámara y recursos poco ortodoxos. Y, por encima de todo, el rostro acartonado del siempre eficaz Robert Redford en contraste con la lozanía de Brad Pitt, que demuestra ser un actor muy a tener en cuenta cuando se contiene.

Pero antes del estreno llegó el mayor ataque terrorista de la historia. Y la CIA volvió al primer plano de la actualidad mundial como perseguidor de villanos planetarios. En este contexto, pasa al primer plano un aspecto bastante peliagudo de la película: las peripecias de Redford y Pitt no cuestionan en ningún caso los asesinatos selectivos, que se suponían prohibidos por la Casa Blanca desde hace lustros. Al contrario, Bishop aparece como un magnífico «asesino» -así lo llaman técnicamente en la CIA- que cumple escrupulosamente con su deber de matar terroristas y enemigos de Occidente varios sin ningún tipo de juicio previo. Los valores que mueven la trama van por otro lado: algún remordimiento por los famosos «daños colaterales» y, sobre todo, el compañerismo: cómo vamos a dejar tirado a «uno de los nuestros». Algo poco tranquilizador para los que no seamos «de los suyos». Pasan las generaciones, pero queda el imperio. 

Ficha Técnica

  • Música: H. Gregson-Williams
  • Fotografía: Daniel Mindel 
  • País: EE.UU.
  • Año: 2001 

 

Reseña
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Ángel Peña
Profesor y periodista