Sueño y silencio: Duelo en blanco y negro

Sueño y silencio: La cuarta película de Jaime Rosales conjuga una belleza formal sobresaliente con una oscuridad conceptual excesiva. 

Reconozco que tengo unido el cine de Ro­sales al momento en el que pensé que a lo mejor era verdad lo de que podría ser crí­tica de cine. Vi La soledad en un pase con unos pocos periodistas y me subyugó. Sa­lí pensando que había visto una película rara pero grande. Como por aquel enton­ces yo era todavía bastante amateur, pre­gunté a un veterano crítico que confirmó mi impresión.

Después llegaron los Goyas, las loas del res­to de la crítica (que no había estado en aquel primer pase) y el reestreno de la cin­ta. En mi caso llegó también el visiona­do de su primera película (Las horas del día) que me pareció valiosa pero menor y el interés por conocer personalmente la vi­sión que tenía del cine un tipo que en La soledad toca fibras del mejor humanismo con una profundidad sorprendente. Mi opi­nión de Rosales como persona, después de cono­cerle, es magnífica, pero no es éste el si­tio para contarlo. Sólo diré que una prue­ba de su talante (que hace mu­cho que no hablamos de él) es la actitud con la que en­cajó el vapuleo de algunos con su incom­prendida Tiro en la cabeza.

Rosales vuelve ahora con una nueva pro­puesta, menos radical que Tiro en la ca­be­za, pero igualmente exigente para el es­pec­tador. El cineasta catalán quiere hablar de la muerte, el duelo y la continuación de la vida. Hay vida después del duelo… porque hay vida después de la muerte. Ro­sa­les quiere hablar de la trascenden­cia, no de la religión. Él confiesa sus du­das ante las religiones pero reconoce tam­bién su bús­queda de sentido y su creen­cia de que el hombre no es sólo materia, que hay algo que nos trasciende. La his­toria que utiliza es la de una familia -un matrimonio con dos hijas pequeñas- que se encuentra con la muerte después de un desgraciado acciden­te.

Sueño y silencio: Un cine exigente

La manera de contarlo exigiría muchos más caracteres de los que aguanta una críti­ca. Porque Rosales exige mucho al espec­tador -en este caso asistir a 110 minutos de metraje en blanco y negro con inter­minables planos secuencia, muchos pla­nos fijos y apenas unas líneas de diálo­go- pero también da mucho. Rosales es un genio planificando y eligiendo encuadres especialmente expresivos, aquí además rueda su película más bella desde el pun­to de vista artístico con una fotografía en blanco y negro sobresaliente (la ma­yoría de los planos podrían ser cuadros). Además, los pocos diálogos que hay -im­provisados a partir de la situación porque no estaban en el guión- son de una ve­racidad y una fuerza pasmosas. La conver­sación de la abuela explicando el proce­so de duelo, con la interlocutora en fuera de campo (como casi todos los diálogos) o los reproches entre el matrimonio tie­nen la misma imperfección y rotundidad que la vida misma.
Además, hay decisiones fílmico-narrativas -por ejemplo, la forma de (no) rodar el acci­dente- que, sobre el papel, se presentan muy arriesgadas y después resultan muy eficaces.

Y eso, a pesar de que Sueño y silencio no llega a la perfección de La soledad. En par­te porque hay menos materia narrativa y en parte porque la reflexión de fondo es mu­cho más oscura. Parece que las propias du­das e incertidumbres del cineasta se con­tagian al espectador que ha sentido el due­lo pero no sabe exactamente donde le quie­ren llevar. Un ejemplo: Rosales, que re­calca que su trascendencia es espiritual y no religiosa, abre y cierra su película con dos cuadros de Barceló… de pintura emi­nentemente religiosa. En el primero, le pidió al famoso pintor que dibujara El sa­crificio de Isaac; en el segundo, la muer­te de Cristo en el Gólgota… ¿El motivo? Puntos suspensivos. Dejemos que el ar­tista Rosales siga pensando y creando.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Óscar Durán
  • Montaje: Nino Martínez Sosa
  • Duración: 110 m.
  • País: España
  • Público adecuado: +16 años
  • Distribuidora:  Wanda
  • Estreno: 8.6.2012

SUEÑO Y SILENCIO, 2012