Tokio Blues: Marionetas vacías

Atrapar en un fotograma la textura de una novela de Haruki Murakami es una tarea de proporciones titánicas. Captar sus matices, explorar la profundidad de lo no dicho y recrear una sensibilidad susurrada al oído del lector podría resultar una misión imposible. Con todo, dada la fama del célebre escritor japonés, no era de extrañar que la industria cinematográfica de su país natal decidiera adaptar una de sus novelas más célebres y menos extrañas.

El relato de los amores y desamores del joven Watanabe servía a Murakami para hacer una reflexión sobre el difícil proceso de la maduración y la complejidad de los sentimientos. Al compás de la canción de los Beatles, Tokio Blues -una mala traducción del título original que hace referencia a la canción Norwegian Wood de la banda británica-, se recreaba un espacio de angustias y poesía, cuya traslación fílmica más aproximada podría ser la del largometraje de Wong Kar Wai Deseando amar. De hecho, esta alusión no es gratuita, ya que el director Tran Anh Hung -conocido en España por El olor de la papaya verde– intenta en repetidas ocasiones recrear los encuadres sentimentales ofrecidos por Kar Wai.

Aunque el referente es pertinente, no lo es tanto su ejecución. La casi claustrofóbica fotografía de Mark Lee Ping Bin no logra el mismo resultado obtenido en la ya mencionada Deseando amar o en las deliciosas Tiempos de amor, juventud y libertad y Millennium Mambo; y se empeña en capturar la emoción pegando la cámara a unos actores incapaces de defender sus personajes mal planteados.

Evidentemente, el mayor escollo de esta adaptación radica en el guión firmado por el propio Tran Anh Hung. Los protagonistas se nutren de clichés y emociones incorrectas, y terminan por convertirse en marionetas vacías que se mueven delante de la cámara siguiendo el ritmo de una simplicidad recurrente, encorsetada en una narración episódica y titubeante. Poco pueden hacer actores de la talla de Kenichi Matsuyama ­-desconocido en nuestro país, pero con una amplia carrera en Japón con filmes como Bright Future, Detroit Metal City o L changes the World– o Rinko KikuchiBabel, Mapa de los sonidos de Tokio.

En un guión en el que todo gira en torno a la sexualidad -importante en la obra de Murakami pero no capital-, el universo del novelista está irremediablemente perdido. Las tonalidades de la banda sonora son incorrectas y el atroz montaje sonoro -sobre todo en la escena final de Naoko– no hacen más que apuntar el estrepitoso fracaso de la adaptación.

Incoherente, pueril, simplista y aburrida, el problema de la versión cinematográfica de Tokio Blues no es sólo que nada tenga que ver con su original sino que como obra fílmica tampoco se sostiene.

▲ Que no sea más larga.

▼ El guión.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Mark Lee Ping Bin
  • Montaje: Mario Battistel
  • Música: Jonny Greenwood
  • Duración: 133 min.
  • Público adecuado: +18 años (X+)
  • Distribuidora: Vértigo
  • Japón (Noruwei no mori), 2010
  • Estreno: 29.4.2011
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Reseña
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Doctora en Historia del Cine, Animación Japonesa y Cines de Asia Oriental