Un marido ideal: Un oasis de 97 minutos

Ahíto de sextos sentidos, cortadores de cabezas, dramas del sur profundo, apocalipsis y reventones del mundo servidos en interminables sesiones de 120 minutos, me senté durante 97 a ver esta adaptación de la obra teatral de Oscar Wilde.

No sé si tendré perdón, si les pareceré un memo, si se enfadarán conmigo los adalides de la modernidad. Qué sé yo. Lo cierto es que estoy hasta las narices de ir al cine a que me tiren a la cara historias huecas, levantadas sobre un manojo de sensaciones fuertes que salpican, zonas oscuras, piruetas del más allá o del más acá.

No se vayan, se acabó el vinagre. El teclado de mi ordenador ha sonreído cuando me he puesto a escribir sobre la amena y malévola película que paso a comentarles.

Imaginen una historia ambientada en la High londinense de finales del XIX. Imaginen unos personajes creíbles, palpitantes, cercanos, vulnerables, verosímiles. Imaginen a personas que hablan como personas. Imaginen a un gran escritor metiendo la pluma con inteligente acidez, sin aspavientos, en el alma de la clase dirigente de un país, de una civilización, de un imperio colonial.

Imaginen una película donde las explosiones y los mamporros, los camastros jadeantes, el vocabulario hediondo, los sustitos para maromos palomiteros, el despliegue apabullante de realidad virtual made in ordenata son sustituidos por gente interesante a la que le ocurren cosas interesantes.

Gente que ama, odia, sufre, goza, espera o desespera. Gente que no parece sacada de un anuncio. Bien­venidos al descanso del guerrero. Con ustedes: Un marido ideal.

Es admirable el talento de Oscar Wilde para impulsar el conflicto, enriquecerlo al paso por las manos de los personajes, que siendo auténticos estereotipos, no parecen en absoluto seres de ficción. La trama se mueve, amaga, golpea, muta, involucra; como si fuese una pelota, que quema en las manos de niños dispuestos en corro.

La puesta en escena de Parker respeta la vivacidad, el descaro y criticismo del teatro de Wilde. Los actores están eminentes, sabiendo dar valor a cada palabra; al tono, a la dicción, al gesto, a la apostura, al modo de vestir un traje o moverse -copa en mano- por una fiesta. Valga como ejemplo de sutileza el suculento fruto dramático que produce en la película el uso del tú o el usted, el tratamiento por el apellido o por el nombre de pila.

Por eso, una película como ésta, es un regalo para un actor que pretenda demostrar que tiene algo más que una vistosa carrocería. Cuatro británicos y una norteamericana pelirroja (no logro sacármela de la cabeza desde la exquisita Vania en la calle 42) hacen encaje de bolillos: la tentadora y desvergonzada Moore, el enamorado y humillado Northam, la apacible y virtuosa Blan­chett, el indolente y vividor Everett, la romántica y soñadora Driver.

La obra de Wilde mantiene toda, absolutamente toda, su actualidad; tanta que uno puede asignar fácilmente cada uno de los papeles a personas de su entorno más cercano y bajar la historia del escenario al patio de butacas.

Ficha Técnica

  • Fotografía: David Johnson 
  • Música: Charles Mole 
  • Título original:An Ideal Husband
  • País: EE.UU.
  • Año:1999
  • Estreno en España14.1.2000

 

Reseña Panorama
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Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor