· Una receta familiar, dirigida por el cineasta singapurense Eric Khoo (1965), para mí ya figura entre las mejores películas en que el arte culinario es protagonista.

Ágape

Algo sustancioso, atávico y trascendental debe entrañar la gastronomía, para ser tanto un festejo del disfrute sensible, como filón antropológico, cultural, histórico y aun filosófico y religioso. No hablo, pues, de ese prosaico atajo que es la mala comida en que, sea por falta de tiempo, comodidad u ocio, caemos con demasiada frecuencia. Menos aún del grotesco esfuerzo por convertir en master-mascarada una actividad tan atemporal, necesaria, contemplativa, paciente… como cocinar. Por tanto, esa pandémica obsesión mediática por entretener explicitando todo, no es indiferente ni inocua. De hecho, genera frutos podridos: falsedad, sobreactuación, frivolidad, cutrez, sofocación de la espontaneidad, la elegancia, la naturalidad…

Una receta familiar, dirigida por el cineasta singapurense Eric Khoo (1965), está en el antípoda de esos juegos artificiales. Es más, para mí ya figura entre las mejores películas en que el arte culinario es protagonista: El festín de Babette (1987), de Gabriel Axel; El olor de la papaya verde (1993), de Trần Anh Hùng; Deliciosa Martha (2001), de Sandra Nettelbeck; Ratatouille (2007), de Brad Bird; Una pastelería en Tokio (2014), de Naomi Kawase; Un viaje de diez metros (2014), de Lasse Hallström… No es extraño entonces que semejante elenco haya gestado y nutra una corriente fílmica, reconocida desde hace más de una década como categoría específica en festivales punteros como los de Berlín y San Sebastián. Perdón, pero tampoco me resisto a citar otros filmes donde la cocina es valioso motivo secundario: Tomates verdes fritos (1991), de Jon Avnet; La edad de la inocencia (1993), de Scorsese; Lo que queda del día (1993), de James Ivory; Comer, beber, amar (1994), de Ang Lee; El camino a casa (1999), de Zhang Yimou; Volver (2006), de Pedro Almodóvar; Still Walking (2008), de Hirokazu Kore-eda; Más allá de la vida (2010), de Eastwood

El tono inicial de Una receta familiar, en cambio, podría mover a considerarla meliflua y sensiblera. Pero su recia amabilidad va diluyendo el temor, revelándose como principal ingrediente del relato. Hay que tener mucha sensibilidad y oficio para saber sazonar y combinar el buen yantar con temas de máxima potencia y largo alcance, en apenas 90 minutos. Eric Khoo lo logra en una deliciosa historia que quintaesencia la identificación entre familia y buena mesa. Pero también entre pérdida y recuperación, perdón y regeneración, dolor, reconciliación y alegría; guerra y paz, verdad histórica y su olvido, muerte y vida. Se diría que todo (incluidos, claro, los platos preparados por la actriz Beatrice Chien, la abuela) es elaborado con el esmero y confianza del chef que trabaja sobre la certeza de un éxito, posibilitado por las mejores viandas y su intuición y saber.

La audaz fusión entre el ramen teh japonés y el bak kut teh singapurense a que se atreve Masato, el joven personaje principal, expresa así del modo más tangible el armonizador objetivo de una historia más atravesada por el sufrimiento que por el júbilo. Aun así, como en toda buena película culinaria, los manjares son puerta y senda directa al corazón y el alma. Dosificada y articulada mediante un sereno crescendo, la narración culmina en conmovedoras catarsis de hondura inusual, equiparables a las de la comunidad luterana de El festín de Babette o el crítico Anton Ego de Ratatouille. En este sentido, queda patente que la mayor virtud de la buena cocina puede ofrecer una retrocesión a un pasado más feliz… siempre recuperable y recreable en modos tan diversos como complementarios. ¡Que aproveche!