Verbo

Eduardo Chapero-Jackson se estrena en el largo con una radical propuesta de discurso humanista y estética explosiva. *** ½

VERBO, 2010 País: España Dirección y Guión: Eduardo Chapero-Jackson Fotografía: Juan Carlos Gómez Montaje: Elena Ruiz Música: Pascal Gaigne Intérpretes: Alba García, Miguel Ángel Silvestre, Verónica Echegui, Víctor Clavijo, Macarena Gómez, Adam Jezierski 90 m. +16 años Distribuidora: Aurum Estreno: 4.11.2011 

Don Quijote en los suburbios

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No conozco mejor definición de Verbo que el comentario de un periodista a la sali­da del estreno de la película en el Festival de San Sebastián : “triple salto mortal imper­fecto nunca visto, pero al final… cae de pié”. Lo que hace Eduardo Chapero-Jack­son, hasta ahora consolidado cortometrajis­ta, es sumamente complicado: una pelícu­la dirigida a adolescentes, protagonizada por los mismos adolescentes-tipo que copan las series televisivas (es decir, desnorta­dos, desmotivados y desheredados). La di­ferencia es que Chapero-Jackson, en lugar de ponerlos a ligar y tontear con las dro­gas (uso el eufemismo y les ahorro la des­cripción detallada) los pone a recitar El Qui­jote y hablar de los trascendentales del ser como si fueran Aristóteles. Eso sí, con una estética rom­pedora y a ritmo de rap. Lo di­cho: triple salto mortal con un par de tira­buzones.

Cuando uno arriesga tanto puede naufragar. Es más, lo raro es que no se la pegue. Y hay momentos en que Verbo casi naufraga, en que casi se la pega, en que el riesgo chi­rría, en que lo artificioso del experimento parece que va a descubrir las vergüenzas de una trama pretenciosa y vacía de sentido. Y, sin embargo, Verbo cae de pié. Y cae de pié, en primer lugar, porque la historia es todo menos vacía de sentido.

Chapero-Jackson ha trabajado a fondo lo que quiere contar, que es, ni más ni menos, una historia de iniciación: el complica­do paso de la adolescencia a la madurez. Y lo hace de manera radicalmente distinta a la mayoría de los productos destinados a ese público. Tuve oportunidad de entrevistar al joven realizador que me confirmó que pien­sa que la mayoría de los adolescentes no se sienten identificados con el retrato que hacen de ellos algunas cintas, escritas siem­pre desde una perspectiva bastante cíni­ca y más propia de los adultos.

“El adolescente es idealista y radical por na­turaleza -afirma el director madrileño- y con mucha frecuencia se interesa por cuestio­nes profundas, por el sentido de la vida, por el bien o el mal de una acción, por el enig­ma de la muerte”. Todo eso está en la pe­lícula de Chapero-Jackson que ha encon­trado en El Quijote un vehículo para trans­mitir el idealismo de su protagonista.

Como no podía ser de otra forma, el crea­dor de la intrigante estética de la trilogía A con­traluz ha vestido ese discurso humanis­ta -que si no fuera porque los tiempos que corren son de un antihumanismo feroz al­guien podría tachar de conservador- con un en­voltorio visual sugerente, atractivo, tur­bio, radical y, otra vez, arriesgado.

El director juega con los espejos, las alcan­tarillas, los vertederos, el Madrid antiguo, los suburbios y los graffitis. Juega con la metáfora cervantina encerrada en un ver­so de hip hop. Convierte a Don Quijote en un rapero que recita oráculos como los grie­gos. Propone una alternativa al modo de enseñar las Humanidades mientras destro­za el ideal clásico de la tradición y el equi­librio. Y, de paso, habla del bien, del mal, de la vida, de la muerte y sobre todo -a algunos, les parecerá incluso reaccionario- de la necesidad del esfuerzo pa­ra salir ade­lante. Por si fuera poco, pone a una adoles­cente a gritar desafiante “devol­vednos la be­lleza”, como si fuera Dostoievski. Y después de todo, cae de pié.

Ana Sánchez de la Nieta