Yo soy el amor: Ambicioso drama a medias…

Ha llegado el momento de que el patriarca de los Recchi, una de las familias industriales más importantes de Italia, pase el control de su emporio a las nuevas generaciones. El testigo recae en su hijo y su nieto, Edoardo (Flavio Parenti). El idealismo de Edoardo, que quiere que la empresa se rija bajo las viejas maneras de su abuelo, choca con el pragmatismo de su padre y sus hermanos, que prefieren venderla a un grupo inglés. Por otra parte, Emma Recchi (Tilda Swinton), la madre, de origen ruso, acuciada por una crisis existencial, tiene un idilio con Antonio, un chef amigo íntimo de Edoardo que además está sujeto a su mecenazgo.

Luca Guadagnino (Melissa P.) ambiciona recrear una tragedia más grande que la vida amparándose en un estilo abiertamente operístico. Y como de grandiosidad se trata, para ello canaliza al Lampedusa de El Gatopardo, sustituyendo a la aristocracia por la alta burguesía italiana, y al Flaubert de Madame Bovary. Todo ello adornado con una dirección y montaje que rivalizarían en recargamiento con la arquitectura francesa del siglo XVIII.

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Yo soy el amor fluctúa entre momentos de quiero y no puedo y algunas escenas de verdadera brillantez, para desembocar en un final que se antoja demasiado cursi e inverosímil. La emoción y el drama que pretende transmitir Guadagnino a través del exceso formal, se quedan cortos por descuidar aspectos narrativos muy obvios, empezando por la composición y el desarrollo de los personajes. Sólo Edoardo se sostiene de principio a fin, con unas motivaciones y una forma de actuar comprensibles. El otro personaje secundario, el de la madre, entra en la historia con gran fuerza, pero, a pesar de la personalidad que le imprime la gran Tilda Swinton, se va desinflando como un globo hasta el punto que su destino apenas despierta interés. Son los secundarios, sin embargo, lo que más sufren. Son simples bocetos o arquetipos sin alma, llegándose a ignorar incluso incomprensiblemente a alguno de ellos al final, a pesar del peso específico que en teoría tenían en la trama.

La dirección y el montaje, por su parte, son tan excesivos y viscerales que prácticamente se pueden dividir al cincuenta por ciento las escenas y planos útiles y de verdadera belleza y los absolutamente innecesarios y de cara a la galería. Entre éstos últimos, destacan unos zooms y contrapicados de vergüenza ajena y unas metáforas visuales en las que se identifican las flores y los insectos con el despertar sexual que van más allá de la cursilería. No obstante, cuando Guadagnino mantiene cierta sobriedad en su estilo, se puede decir que es hasta brillante. Pero esto resume bastante bien lo que es la película: un gran e interesante esfuerzo que se ha quedado a medias, quizá víctima de un ego desmesurado.

Ficha Técnica

  • Italia (Io sono l’amore, 2009)
  • Yorick Le Saux
  • Walter Fasano
  • John Adams
  • Alta Classics
  • 123 minutos
  • Mayores de 18 años (sexo crudo)
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