Yo soy Sam: Mi nombre es Sam

Yo soy Sam tiene un cercano parentesco con las TV Movies, esas películas de sobremesa directamente rodadas para la televisión, basadas normalmente en hechos reales, donde todo el mundo sufre mucho y donde los conflictos familiares llegan a límites insospechados. Y aunque estas películas televisivas tienen mala prensa, lo cierto es que suelen alcanzar con éxito su lacrimógeno cometido. Yo soy Sam parte de ese mismo material sin ningún pudor, es consciente de ello y desde el principio sabe cómo atacar la línea de flotación de la sensibilidad del espectador, llevando a éste a su terreno: el melodrama más descarnado.

Pero la directora Jessie Nelson (Historia de lo nuestro) sabe hacerlo muy bien, matizando las escenas más dramáticas con algún toque de humor, perfilando a los personajes, colocando aquí y allá luminosas canciones de los Beatles que quiten dureza a la trama; pero sobre todo elevando el producto muy por encima del nivel televisivo gracias a un extraordinario esfuerzo interpretativo de sus actores.

Es prodigiosa la interpretación de Sean Penn dando cuerpo y alma a un camarero retrasado mental que un buen día se encuentra siendo padre de una niña. En un personaje así es fácil caer en el ridículo al exagerarlo y llenarlo de innecesarios tics o al no comprender su especial forma de conducirse por el mundo. Sean Penn y la directora han sabido cargar a este Sam de humanidad y dotarle sobre todo de dignidad. Al final va a ser cierto lo que decía Tom Cruise de que Penn era el que tenía más talento de toda aquella generación de actores que surgió del Rebeldes de Coppola.

Pero Sean no está solo, le rodea un buen plantel de secundarios que logran que la lucha de Sam no se convierta en la típica historia maniquea. Está la pequeña Dakota Fanning, que a pesar de su edad consigue hacerse creíble como hija de Sam. Y está sobre todo una Michelle Pfeiffer pletórica, en un momento cumbre de sus posibilidades y registros como actriz, que levanta la estructura compleja de una abogada llena de pliegues.

Sólo pondría un par de peros a la cinta. Uno es su excesivo metraje: quizás debido al cariño que muestra la directora por sus personajes, se esmera en demasía en clarificar otros que aparecen colateralmente. De todas formas, logra con ello lo que Henry James llamaba «la teoría de la iluminación», por la que cada vez que un personaje interactúa con el protagonista ilumina aspectos de la personalidad de éste. Y la otra pega, a mi entender, es la cámara en continuo movimiento. Lástima que muchas de estas películas que tratan de profundizar en la condición humana parezcan tener a un operador de cámara con parkinson; pues en vez de conseguir retratar la realidad la disipan, ya que ese temblequeo nos remite no tanto a la realidad como a la cámara inquieta de un reportero de un noticiario.

Estos movimientos distraen de la historia y aún siendo un efecto muy habitual en nuestra época, seguramente terminará pasando factura. En pocos años se volverán en contra de las películas que los utilizan, que con el tiempo darán la impresión de envejecer mal; como ya ocurrió con todas esos filmes de los años 60 y 70, plagados de planos rodados con rápidos movimientos de zoom. Efecto por cierto también muy televisivo y, si no, acuérdense de Valerio Lazarov y sus famosos ballets.

Ficha Técnica

  • País: EE.UU. (I Am Sam, 2001)
  • Fotografía: Elliot Davis
  • Montaje: Richard Chew
  • Vestuario: Susie DeSanto
  • Música: John Powell
Reseña Panorama
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Juan Velarde
Escritor de relatos de terror y misterio, y guionista de cine y televisión. Admirador de Ford, Kurosawa, Spielberg y Hitchcock, no necesariamente en este orden