El sábado 4 de noviembre a las 19:00 horas en la Fundación Juan March volví a ver una de esas películas que forman parte de las cimas de una cordillera selecta y selectiva de ochomiles. Y claro, recaí en el Mal de Dreyer. Una de sus primeras manifestaciones suele ser la necesidad de compartir algo que se siente en muy pocas películas: se llama communio y es una realidad metafísica que arde dentro, en y después de ver una película así.

El 30 de mayo de 1431 muere una muchacha de 19 años. Se llama Juana. La queman viva acusada de herejía (Revelationum et apparitionum divinorum mendosa confictrix) y de hasta setenta cargos que incluyen la blasfemia y la apostasía.

Las actas del proceso se conservan y sobre ellas trabaja Carl Theodor Dreyer durante un año antes de rodar la película, por encargo de la Société Génerale des Films. El estreno será en abril de 1928 en Dinamarca y en octubre en Francia. Juana había sido beatificada en 1909 por San Pío X y canonizada en 1920 por Benedicto XV.

El master con el corte aprobado por Dreyer, preservado de los tajos de la censura francesa e inglesa, se quemó tras un incendio en los almacenes berlineses de la UFA. Los intentos del director danés por recuperar lo más parecido a la película tal como se proyectó originalmente en Copenhague no dieron un resultado convincente y el director se fue a la tumba con esa pena.

En 1981, en un armario de un sanatorio mental en Oslo apareció una copia original, sin manipulaciones espurias de la película. El director del establecimiento era un amante del buen cine y la copia estaba en perfecto estado.

Podemos ver, vimos en la Juan March, la película que Dreyer rodó durante un año y medio (1926-1927) en un enorme y costoso decorado, construído en una nave aneja a la que Gance usaba para rodar Napoleón en los estudios situados en Boulogne-Billancourt.

La prodigiosa fotografía de Rudolph Maté, el trabajo de Maria Falconetti  y un reparto de actores excepcionalmente dirigidos (por un Dreyer que prohibe el uso del maquillaje), el acierto de la puesta en escena y el vestuario, la inmensa calidad del guion y el montaje hacen de la película uno de los retratos del misticismo más arrebatadores de la historia.

Se pueden comentar mil cosas. Pero hay una definitiva, única y estremecedora. Es el ensayo del punto de vista de Dios que Dreyer, años después, en 1955, sublimó en Ordet: así mira Dios a Juana, que sufre como Job. Muy pocos están en este club selecto de cineastas del misterio de lo divino y lo humano mostrado como epifania: Dreyer, Bresson, Tarkovski, Malick, Green. Sobre el misticismo, dice el propio Dreyer

  • Para Gabriel y Ricardo, que un 4 de noviembre de 2017 -tras una presentación-mitin en la que Dreyer, Juana, la historia, la fe y el lenguaje fílmico importaban un pimiento- descubrieron que el cine es un arte mayor. De todo se aprende.

Esto, chicos, es una introducción a una película inmensa: un poeta llamado Leonard Cohen pone voz al fuego que envidia el sensual orgullo de Juana; la madera que él, fuego devorador y locamente enamorado, va a convertir en ceniza que esparcirá sobre los invitados a la boda…