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Nostalgia de infinito

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Q’orianka Kilcher en un plano de El Nuevo Mundo (The New World, 2005) de Terrence Malick.

Hay películas que tienen nostalgia de infinito. Y directores que, en su trayectoria, en su camino, se preguntan una vez y otra por el sentido. Y lo hacen con un anhelo irrefrenable de trascender, de no conformarse con un puñado de razones gastadas y mezquinas que pueden aquietar durante cinco o diez minutos.

Artistas con obras como un fanal encendido, que atraen como el sol a todas las historias que zumban alrededor como planetas oscuros en la quietud de la noche, hasta posarse y quedar pegadas.

Ese anhelo, la materialización del afán último de todo ser humano que grita o susurra por y para qué puede ser bellísimo, terriblemente hermoso, aunque la película resultante te deje desalado pero no necsariamente desolado, como un corcho que sube y baja en el oleaje.

En el cine siempre estuvieron esos que amaron la metafísica, quizás sin saberlo. Algunos, ciertamente, manifiestan un nivel de consciencia en su discurso que resulta estremecedor. Lo intuyó Schrader en un libro sobre Ozu, Dreyer y Bresson (que dicho sea de paso, me parece una obra en que la impronta calvinista que marcó al autor, coloniza y condiciona poderosamente los juicios del guionista de Taxi Driver sobre esa triada de directores “trascendentales”)

Las preguntas por el sentido de que estemos aquí, libres pero no autónomos, de que amemos y suframos, perdonemos, odiemos, ansiemos volar y tanta otra cosa. A mi, esos directores que buscan, me dan en la cara como un tren de alta velocidad.

Me dejan con un no se qué, con una herida abierta, con un ansía de repetir hasta la quemadura: No es esto, no es esto

Monte Sainte-Victoire, 1890-94, Paul Cézanne, Edimburgo, National Gallery.

Como me deja, un lunes, un cuadro de Cézanne, colgado en un tuit de esos que hacen que no te largues del invento. O un compás del Requiem Alemán, un martes después de salir exhausto de muchas horas de clase. A mitad de semana, porque sí, te asalta, un verso recurrente de Hopkins, al bajar de la moto y quitarte el casco.

Y lo de mi madre. Cada segundo de la vida de mi madre, que ayer no más, con mi padre muerto hace nada, después de 50 años largos de matrimonio, le añora en su primer cumpleaños, dejada ya la casa estremecidamente sosegada. Él, en sus nubes, apartando ángeles, para soplarnos como velas de una tarta. Mejillas de niños rozadas de estrellas.

Ford, Dreyer, Ozu, Chaplin, De Sica, Miyazaki, Bresson, Tati, Rohmer, Malick, Kar Wai amarían a mi madre cuando me dijo, como de paso, sin énfasis, dejando salir el bolero que le suena dentro: Lo echo tanto de menos, de día, de noche…

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Al azar, Baltasar (1966). Robert Bresson.

Yo suelo definir la belleza como la capacidad de convocatoria. Cuando una realidad es capaz de convocar muchas, entonces tiene la belleza” afirmó ese genio llamado Leonardo Polo, convencido de su condición de trascendental metafísico, que el amor engendra en la realidad física y en la esencia personal del ser humano, convirtiéndola en trascendental antropológico, como recuerda Sellés en un librito delicioso.

El mismo Polo que volaba en un curso de doctorado, allá por el 90, recordando que, para Platón, el amor era el afán de engendrar en la belleza.“¿Qué es engendrar en la belleza? ¡Cantar!, ¡cantar! Y ahí está la persona porque el cantono es solo voluntario, ni sólo intelectual. En el canto se produce la reunión del amor y del nous. El canto es perfectamente intelectual, saber cantar es lo más alto”.