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007 en el cine: preparado para la acción


En la última entrega de 007 en el cine, que finalmente se estrenará en noviembre -tenía previsto su llegada a las salas en abril-, el último Bond (Daniel Craig) se despide de su personaje (a la quin­ta va la vencida).

La figura de 007 en el cine ha sido, quizás, el ma­yor invento después de la electrici­dad y aunque algunos piensen que mi afirmación pudiese ser exagerada, otros estarán totalmente de acuerdo en que todos hemos soñado con proceder de forma similar, en algunas circunstancias, tras la lectura o visiona­do del espía más representativo del si­glo XX, James Bond.

Comencemos por un año emblemático, 1917, y un acontecimiento que cons­truiría los cimientos de este per­sonaje. Su autor, Ian Fleming, sufre un duro golpe con la muerte de su pa­dre durante la primera Guerra Mundial, y decide encauzar la vida bajo una senda en la que el sentido patriótico toma protagonismo absoluto. Por ello, en 1921, ingresa en la Academia Mi­litar Real de Sandhurst.

Su formación no solo se centra en lo marcial, sino que como buen caballero (recordemos que ya en el siglo XV, el canon venía marcado por Baltasar de Castiglione y su obra El Cortesano) y, gracias a que su situación socio eco­nómica se lo permite sobradamente, cultiva idiomas y refina su educación en las mejores universidades de Fran­cia, Alemania y Suiza. Todo esto le permite desempeñar labores de traducción en la Sociedad de Naciones (an­tecesora de la ONU).

Más tarde, por su carácter inquieto, se introduce en el mundo del espionaje por un suceso acaecido en Rusia, que es seguido por la Agencia Informativa Reuters, la cual le confía la cober­tura del mismo.

Tras esto no hay marcha atrás y entra en una espiral que lo sumerge en di­versos viajes y desempeños diplomáticos y militares, que le permiten mo­verse en un mundo de estrategias y glamour, llevándolo a países como Por­tugal (y en concreto en el Casino de Estoril), donde nace la idea para su pri­mera obra: Casino Roya­le (1954).

Casino Royale
Casino Royale

A partir de ahí, comienza una saga li­teraria donde el agente 007 será el hi­lo conductor de una serie de episodios, en los que Fleming da rienda suel­ta a su creación, basando los relatos en sus propias experiencias.

Tras Casino Royale surgieron una se­rie de títulos como Vive y deja morir (1955), Moonraker (1956), Diamantes pa­ra la eternidad 1956), Desde Rusia con amor (1957), Dr. No (1958), Gold­finger (1959), Solo para tus ojos -co­lección que incluye varios títulos- (1960), Operación Trueno (1961), El es­pía que me amó (1962), Al servicio de su majestad (1963), Solo se vive dos ve­ces (1964), El hombre de la pistola de oro (1965) y Octopussy -que reúne va­rios títulos en su interior- (1966).

Curiosamente, también es autor de una novela que nada tiene que ver con el mundo del espionaje: Chitty Chitty Bang Bang, también llevada al cine y pro­tagonizada por Dick Van Dyke, una deliciosa película familiar.

Tras la muerte de Ian Fleming, otros autores serán los elegidos para pro­longar la saga. En todos había un de­nominador común: ese prota­go­nis­ta masculino, con un toque machista, cos­mopolita y fetichista, que siem­pre es­taba al tanto de resolver cual­quier enig­ma al servicio de su Majestad.

Lógicamente, esta colección de novelas atrajo a la industria ci­ne­ma­to­gráfica y fue el comienzo de un personaje mítico, tan­to odiado co­mo amado por hombres y mujeres, don­de no solo era importante un buen guion o un gran actor. De hecho, cada nue­va película despertaba el interés del público por descubrir quién firmaría la música o qué diseñador se encargaría del vestuario del famoso espía y el resto de per­sonajes.

Todo esto sin olvidar la importancia de los créditos desde la primera pe­lícula, con esas siluetas femeninas tan sen­suales y llamativas, junto a una gran banda sonora que envolvía la sala e iba adentrando a los especta­do­res en un mundo glamuroso que les ha­cía escapar de lo cotidiano. Y de pron­to surgía la figura de Bond, tan se­guro de sí como distante, con su tra­je impecable, ceñido a un cuer­po ru­do y masculino, capaz de con­ducir cual­quier vehículo que le pu­sie­ran por delante, desde una moto a un tanque… y con licencia para matar.

Seguidamente, el espectador esperaba cada uno de los artefactos que le ha­bían fabricado y, tras su consabido flirteo con la señorita Moneypenny, co­menzaba la aventura.

Más tarde llegaba el momento de la aparición estelar de la chica Bond, un personaje que merecería un artículo aparte. Solo me pararé, por razones ob­vias, a recordar la escena en la que Úr­sula Andress emerge del agua cual si­rena y deja boquiabierto a Bond, y a la sala de cine al completo, recreada años más tarde por Halle Berry en las pla­yas de Cádiz.

En lo referente a cuál es el más acer­tado de los escogidos para desem­pe­ñar el papel de Bond, hay opiniones de todo tipo. Personalmente me que­do con Sean Connery (también Fle­ming sin­tió predilección por el actor) y en un segundo plano con Pierce Bros­nan. Pero el público ha podido en­contrar en cada uno de los actores que han encarnado el papel un carisma diferente (George Lazenby, Ro­ger Moore, Timothy Dalton y Daniel Craig). Unos son más agresivos y otros más románticos, aunque el de­nominador común venga impuesto obli­gatoriamente por guion.

Daniel Craig en Spectre
Daniel Craig en Spectre

Otra baza importante es el antagonista, que suele darse de bruces contra el suelo en su empeño de crear el caos. Entre ellos encontramos desde el más enigmático, líder de Spectre, de quien vemos solo su mano cuando aca­ricia a un felino, a la gran villana May Day, interpretada por Grace Jones en Panorama para matar.

En cuanto a los escenarios donde han tenido lugar los distintos rodajes, se ha podido disfrutar de la belleza de di­versos rincones del mundo. Mención es­pecial para la representación de nues­tro país: en 1981 le tocaba el turno a Madrid en Solo para sus ojos, que cu­riosamente era representada por un pue­blecito griego; así que hubo que es­perar a 1999, con El mundo no es suficiente, para conseguir que las cámaras de la saga tomaran tierras españolas, pero esta vez sin trampa ni car­tón, en Zaragoza, Cuenca y Bilbao, utilizando como telón de fondo el Museo Guggenheim.

Muere otro día
Muere otro día

En Muere otro día, Pierce Brosnan si­mula estar disfrutando de un paisaje cubano en tierras gaditanas, y en 2008 vuelve a aparecer Madrid en los cré­ditos de Quantum of Solace, de la mano de Daniel Craig.

Por último, y como dato curioso, la úl­tima entrega está rodada en parte en Jamaica, donde Bond se ha retirado del servicio activo. Casualmente, fue en esa misma isla donde Fleming engendró un personaje que barruntaba en su cabeza desde hacía tiempo y que llamó 007.

La realidad es que si su creador levantara la cabeza, no sé cómo afronta­ría el hecho de que su discreto y elegante personaje se hubiese convertido en casi una factoría que mueve importantes sumas.

Daniel Craig en Sin tiempo para morir (Bond 25)
Daniel Craig en Sin tiempo para morir (Bond 25)

En esta entrega que está a punto de estrenarse, el último Bond (Daniel Craig) se despide de su personaje (a la quin­ta va la vencida), acompañado de Ana de Armas y Rami Malek, a las ór­denes del director Cary Fukunaga. Así que habrá que esperar pacientemente, saboreando un Vesper Martini, agi­tado, no mezclado.

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