A finales de los años setenta se estrenó detrás de las cámaras un excrítico y guionista con diez años de experiencia en la industria del cine español. En tres años consecutivos, José Luis Garci escribió y dirigió Asignatura pendiente (1977), Solos en la madrugada (1978) y Las verdes praderas (1979), formando su primera etapa como director. Las tres están hermanadas por el contexto social y político en el que se ambientan -el de la Transición española, aunque está mucho más presente en las dos primeras- y también por los problemas y pensamientos que tienen sus personajes, adultos a finales de sus veinte y principios de los treinta años, trabajadores e idealistas a los que la vida parecía prometerles una existencia feliz que no han visto cumplida.

Pese a que sus dos primeras películas forman un díptico más que una trilogía con Las verdes praderas, ésta inicia como las dos películas que la preceden y como empezarán más obras suyas: planos generales y panorámicas con zoom sobre Madrid. En esta ocasión el paisaje no es urbano, sino campestre. Se nos ofrece el escenario en el que se desarrollará la historia: árboles, valles, praderas… Ahí es donde se dirigen José (Alfredo Landa), Conchi (María Casanova) y sus dos niños, a pasar, como acostumbran, un fin de semana en su chalet para desconectar de la vida entre semana en la ciudad.

Las verdes praderas
Las verdes praderas (José Luis Garci, 1979)

Quizás porque Garci no la compromete tanto políticamente con el contexto social de su tiempo, avanza con más libertad y ligereza que sus dos obras anteriores, es más sutil y no tiene prisa por dirigirse a ninguna parte. Escena tras escena, la narrativa de la película no edifica nada evidente, más bien desarrolla conflictos cotidianos que afectan al personaje de Landa, que los acumula en su interior. Esa labor va gestando en su intimidad un pensamiento que terminará por salir de él en una conversación conyugal en el bosque en el último tercio, cuando se nos manifestará de qué va Las verdes praderas.

Los diez o doce últimos minutos de sus tres primeras películas tienen puntos en común, siendo instantes en los que sus personajes se vacían explicando lo que llevan dentro, sus razonamientos, o lo que van a cambiar a partir de ese instante, siempre partiendo de una reflexión sobre su pasado. Los tres finales despliegan una reflexión acerca de lo que sus personajes esperaban de la vida, del futuro, y como éste no solo no se ha prestado a satisfacer sus aspiraciones, sino que además ha empeorado su situación. En Asignatura pendiente, los dos amantes se separan para volver a sus vidas corrientes con sus respectivos cónyuges, vidas de las que se habían refugiado en su furtiva relación. La despedida es clara:

– ¿Y no te da algo de miedo mirar hacia delante?

– Sí, sí… como a todo el mundo me da un poco de miedo pero… es por lo que hay que luchar, es la única solución.

– ¿Para quién, para ti o para mí?

– Para ti… para mí… para los dos… para todos.

Solos en la madrugada podría considerarse casi como una secuela de la película anterior, ya que los protagonistas son un matrimonio que se ha separado hace poco, y la conclusión a la que llega él al final es parecida a la que llegaba el mismo actor en Asignatura pendiente, pues se repite la pareja de protagonistas, José Sacristán y Fiorella Faltoyano:

No soy político, ni sociólogo, pero creo que lo que deberíamos hacer es darnos la libertad los unos a los otros. Aunque sea una libertad condicional, pero el caso es empezar, yo creo que sí podemos hacerlo. No debe preocuparnos si cuesta un poco al principio, porque lo importante es que al final, habremos recuperado la convivencia, el amor, la ilusión… De lo que no cabe duda, y todos lo sabemos, es de que tal y como vivimos estamos fracasando. Vamos a intentar algo nuevo y mejor, vamos a cambiar la vida y vamos a empezar por nosotros… vamos… por nosotros.

Las verdes praderas
Las verdes praderas (José Luis Garci, 1979)

Las verdes praderas nos presenta a un personaje que es un buen profesional, aporta buenas ideas en la empresa en que trabaja e intenta ayudar a los demás, pero que al fin y al cabo, es -y se siente- un mandado entre semana. Cuando llega el viernes, parece que es el momento en el que puede sentirse libre junto a su mujer, pues de lo único de lo que no se arrepiente es de haberse casado con ella, pero ni en los fines de semana puede hacer uso de su libertad, ya que tiene que jugar partidos de tenis, de fútbol, y asistir a cenas con los mismos con los que convive a diario en el trabajo.

El protagonista, llamado José igual que el actor y el personaje de Asignatura aprobada y Solos en la madrugada, y como Garci, es un personaje un tanto idealista. Cuando llegan los minutos finales en los que el director desbloquea los sentimientos de sus personajes, Landa se desahoga con su mujer. Soñó siempre con un futuro feliz, pero su vida ha sido una escalera cuyos peldaños estaban programados de antemano, y él se ha limitado a irlos subiendo: estudiar, trabajar, echarse novia, casarse, tener hijos, ir ascendiendo en el trabajo y los fines de semana dejar la ciudad e ir al chalet. Solo siente que está haciendo algo que no está fijado cuando lee a Nabókov antes de acostarse, y lo único que le hace ilusión es poder ir a ver al Atleti al campo, al que está abonado pese a saber que no va a poder ir porque hasta los fines de semana tiene organizados.

Las verdes praderas
Las verdes praderas (José Luis Garci, 1979)

Estas tres películas ejercen casi como espejo de la generación que creció durante el franquismo, y a los que la muerte del dictador les cogió sobre los treinta años, como es el caso de Garci. El compromiso político va de más a menos en estas tres obras, y la capacidad de su director como planificador, de menos a más. En Asignatura aprobada, cuando los actores hablan, los planos suelen partir de una distancia media, y a medida que la importancia de los diálogos se hace patente, la distancia entre cámara y actores va acortándose hasta llegar a un primer plano. Las tomas suelen ser largas, sin prisa por ser cortadas, aprovechando el recurso del zoom para reencuadrar sobre la misma. En Solos en la madrugada, el formato es panorámico y la puesta en escena más ancha y desahogada, con los planos delimitando más espacio en los que los personajes pueden trazar desplazamientos más generosos. Hay una escena en la que se desarrolla una gala de premios para la radio, y Garci monta muchos planos con tres, cuatro e incluso con una docena de extras, todos ellos colocados perfectamente. Las verdes praderas es, en cambio, la película en la que usa más planos medios, interviniendo menos a la hora de recortar el espacio que hay entre la cámara y los actores para los primeros planos, usando con más naturalidad sus movimientos.

Siguiendo con el trabajo del director, es inconcebible hablar de este autor y no mencionar su cinefilia. Él mismo ha reconocido que Asignatura aprobada puede considerarse como un remake encubierto de Casablanca (1942), mientras que Solos en la madrugada es su particular Historias de la radio (1955). Sus siguientes películas tendrán menos que ver con estos conflictos, aunque no se liberarán de la autoconsciencia del paso del tiempo, el peso del pasado y el tiempo perdido. El crack (1981) y El crack dos (1983), dedicadas a Dashiell Hammett y a Raymond Chandler, son sus incursiones en el cine negro, el legado de las cuales revivirá con su precuela, El crack cero (2019), actualmente en fase de posproducción. Volver a empezar (1982) es una revisión más de las historias de amor que tanto le gustan, con los dos ex amantes en su vejez, y con uno de ellos volviendo a su ciudad después de toda una vida fuera. Pese a empezar con un plano del tren llegando a una estación idéntico al de El hombre tranquilo (1952), tener algunas escenas con los actores secundarios brillantemente dirigidas, y suponer el primer Oscar de la historia para el cine español, es de sus obras menos logradas por su excesivo sentimentalismo.

Sesión continua (1984) es por momentos el filme menos pretencioso y más relajado de sus primeros años como director, quizás porque con ella no pretende reivindicar nada ni dar voz a nadie, es simplemente su homenaje al cine, su «noche americana». Godard empezaba El desprecio (1963) con una frase de Michel Mourlet: «el cine sustituye nuestra mirada por un mundo acorde a nuestros deseos». Diez años más tarde, Truffaut hacía su propio homenaje al séptimo arte con La noche americana (1973), y su resumen era el siguiente: «las películas son más armoniosas que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanzan como trenes en la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine». El protagonista de Sesión continua, Adolfo Marsillach, interpreta a un director de cine, que en un momento dado dice: «Por eso no sabemos contar historias: porque en nuestras vidas no hay historias. En cambio, los John Ford y compañía amaron la vida antes que el cine, que ese ha sido nuestro error: amar el cine y no la vida». Quizás esta última cita valga para resumir lo que Garci piensa del cine, aunque también se podría emplear la frase que Alfredo Landa dice a Miguel Rellán en El crack: «Moro, este oficio se compone de dos cosas: mirar y mirar».

Garci gustará más o menos, pero es un director que no solo sabe mirar, sino que tiene mirada propia. Su puesta en escena -al servicio de la historia y no a su propio lucimiento-, tan clásica en su concepción y ejecución como en su composición, cinéfila en sus movimientos de cámara y en la gestión del espacio; unida al pensamiento que tiene sobre «esa cosa tan manida que llamamos existencia», que diría él, han hecho de sus diecinueve largometrajes, cuatro cortometrajes y una serie de televisión una obra singular y muy cinematográfica, a la que conviene hacer dos cosas: mirar y mirar.

Andreu Arribas