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ARRANCA LA 52 EDICIÓN DEL FESTIVAL INTERNACIONAL DE GIJÓN

«Calvary» fue la película proyectada después de una gala de apertura con Yvonne Blake, Bill Plymptom y Terry Gilliam como protagonistas

Ana Sánchez de la Nieta (Enviada Especial)

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Gijón está orgulloso de su festival de cine y se nota. Se percibe en el ambiente y en la convicción con la que hablan de él. “Esto no es un festival de cine independiente “, contestó ayer en la alfombra roja un Eduardo Noriega que juega en casa y que terminaba sentenciando “es un festivalón, que podría codearse con los grandes”. Al margen de cariños patrios, la realidad es que, sobre el papel hay películas muy interesantes, hay secciones llamativas y ayer en la alfombra roja, además de la cuota de famosos nacionales, liderada como no por José Coronado, que no se pierde una, desfilaron algunos artistas internacionales que hacen que no sobre el adjetivo al Festival de Gijón. Venían a por premio, pero eso es lo que hacen en todos los festivales, da igual que se llame Gijón o Cannes.
La Gala de inauguración, celebrada en el teatro Jovellanos, tuvo mucho nivel en el apartado audiovisual (arrancó con dos magníficos números musicales de Marlango y una gran pantalla permitió hacer todo tipo de juegos de imágenes durante la hora y media que duró la ceremonia). Al guión de la gala habría que darle una vuelta porque resultó sosito. Irene Visedo y Ingrid García Jonsson solo estuvieron correctas. Se les perdona por la juventud pero, lo dicho, no vendría mal trabajar algo más el libreto.


Los momentos fuertes de la Gala los marcaron, como he dicho, los premios. Primero salió la diseñadora de vestuario Yvonne Blake que avisó que, como le imponía hablar en público, se había tomado un vasito de sidra y que, a lo mejor, acababa su discurso cantando Asturias Patria querida. No lo cantó pero todos sabemos que la sidra en Asturias no se pide en vaso sino en botella y la realidad es que se le debió subir un poco porque su discurso terminó en mitin. Habló de las mujeres (el premio era Mujeres de cine), de la desigualdad en el trabajo, de los sueldos inferiores, habló de política, de corrupción, de Letizia, de Cospedal…y, por supuesto, terminó hablando de Podemos.

 

El público se rió mucho porque había cosas que tenían gracia y sobre todo siempre es gracioso ver a toda una señora de la escena cinematográfica hablando como la vecina del quinto cuando se enfada con el portero. Al lado de Yvonne, el resto de los premiados parecían becarios. Y eso que el resto de los premiados eran; el director de animación Bill Plympton (que, por cierto, se llevó el Oscar que tiene para pasearlo por la alfombra roja y Terry Gilliam que, además del premio, agradeció al Festival que, gracias a ese premio, se va a poder distribuir en España The Zero Theorem, su última película que lleva un año dando tumbos y que se había decidido distribuir directamente en DVD. La película podrá verse en Gijón y se estrenará el día 28 de noviembre en 14 ciudades españolas.


Terminada la Gala que, eso si, fue germánica, se proyectó Calvary, la película de inauguración del Festival. Un poderoso drama, con algunos toques de comedia negra, que aborda la situación de un sacerdote irlandés muy entregado a su trabajo pastoral y querido por su comunidad que, sin embargo percibe –de una forma brutal- que los crímenes cometidos por algunos sacerdotes han abierto una enorme sima de desconfianza.

 

La cinta, protagonizada por un soberbio Brendan Gleeson es imperfecta en su narración -muy irregular y con algunas situaciones poco trabajadas- pero sumamente interesante. El modo de contar el calvario del sacerdote protagonista tiene mucha fuerza y el planteamiento –que muestra las heridas que han quedado en las víctimas y también en esos sacerdotes que a pesar de su entrega son acusados por el simple hecho de serlo- es sumamente original: no porque no sea real sino porque el cine hasta ahora nunca –o casi nunca- lo había contado así.