CANNES 2018. Día 2. Que vienen los rusos

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Crónica de nuestro enviado especial a la 71ª edición del Festival de Cannes, Fernando Hernández-Barral.

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Leto (Verano) es la segunda película del cineasta ruso Kirill Serebrennikov -en arresto domiciliario en Rusia, no ha podido asistir al Festival- y demuestra una vez más el estado de gracia de la cinematografía de los países del Este. Si el año pasado Zyagintsev agitó el Festival con su Loveless, este curso el joven airado se coloca como el primer aspirante serio al Gran Premio.

El filme tiene a su favor un claro mensaje; los hechos narrados tuvieron lugar hace cuatro décadas, pero las circunstancias del país, Rusia, no han cambiado mucho. Leto es un filme oportuno y Cannes, que tiene como siempre una subterránea agenda política, sabe explotarlo. Hace una semana se produjeron miles de detenciones en protesta por la enésima victoria electoral de Vladimir Putin. Una lectura fácil asimila a los héroes de la película, los componentes de una nueva ola rocanrolera a principios de los soviéticos ochenta, a Navalni y los -pocos- opositores que en la actualidad se enfrentan al reinado eterno del “nuevo zar”.

No obstante, aunque Leto funciona como parábola, es cine del bueno: una película muy divertida y chispeante con ecos de La, La, Land que logra la cuadratura del círculo: también es un melodrama enraizado en uno de los pasajes más brillantes del primer David Lean. Un guión redondo cuyo autor ha de ser liberado con urgencia; el cine mundial necesita su talento.

Además la película está rodada en un brillante blanco y negro panorámico, y los números musicales tienen la fuerza de una opción estética chispeante. Quedan planos para la antología: una secuencia playera con ecos de la Dolce Vita, una cabina de teléfonos bajo la lluvia, la profundidad de campo cuyo primer término siempre desmiente el telediario que al fondo canta las alabanzas del sistema.

Leto. Kirill Serebrennikov

Wildlife es otro tipo de filme, más calculado, opera prima del actor Paul Dano que acompañado de su fiel escudera Zoe Kazan, adapta una buena novela de Richard Ford. Se trata de un melodrama familiar con dos actores con gancho –Jake Gylenhall y Carey Mulligan– que se cuenta a través de la mirada de un hijo adolescente, más maduro que sus progenitores. Se nota que al director el tema le toca muy hondo, y hay sutileza y cariño para que el filme no hable nunca demasiado alto. Los paisajes de Montana redondean y dan altura a un relato en el cual el simbolismo nunca acaba de cuajar si bien las interpretaciones son magníficas y el tono general muy correcto. A Dano le ha salido bien el envite porque cuenta con una gran guionista, Kazan ya ha dado muestras de talento en otras ocasiones: se trata de contar bien una historia, ni más ni menos.

Wildlife. Paul Dano

Les confins du monde de Guillaume Nicloux es potente cine bélico y de aventuras. Muy crudo en su exposición del personaje compuesto por Gaspard Ulliel que sufre su particular descenso a los infiernos en el marco de la Guerra de Indochina. Se diría que las escaramuzas, sangrientas, son una excusa para un conflicto clásico bien contado con ecos de San Agustín -el protagonista entre matanza y matanza lee Las Confesiones-. Al final el dilema es de calado. El rodaje en localizaciones naturales remite al padre espiritual de la criatura, Pierre Schoendoerffer, el cineasta francés que hasta el momento había conseguido trasladar mejor el sudor y la sangre de la jungla a la gran pantalla.

Le confins du monde. Guillaume Nicloux