CANNES 2018. Día 3. Amor fou

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Cold war, es el título de la nueva película de Pawel Pawlikowski. Cuenta la historia de amor de una pareja polaca que no sólo ha de pelear contra las idas y venidas del sentimiento; también ha de luchar contra los obstáculos que el sistema comunista pone en el camino de los amantes. El filme es elíptico –apenas hora y media para veinte años de la historia de Europa- y se beneficia de una peripecia  muy cinematográfica: el muro de Berlín, la Stasi, los agentes dobles, siempre han funcionado en la pantalla.

Cold War. Pawel Pawlikowski

Sin duda, el aliento es clásico. Pawlikowski ha visto mucho cine, se nota en su elección de ambientes y encuadres. La peculiar patina de Ida (el joven operador de aquella vuelve al formato cuadrado, un peculiar Ozu a la inversa), se vuelve más expresionista. De nuevo en un elegante blanco y negro también destaca el exquisito diseño de sonido. Los protagonistas de Guerra Fría tienen que ver con la música y por tanto la exuberancia de la banda sonora está plenamente justificada.

La cinta, según ha desvelado el realizador, conecta con la historia de amor de sus padres. Es un relato nihilista aunque con hechuras de melodrama. Después del Oscar que recibió por Ida y antes de la esperadísima adaptación de Limonov cabía esperar una obra de transición entre dos piezas importantes. Pawlikowski no ha escuchado los cantos de sirena de la industria y ha preferido en cambio rodar una historia puramente polaca.

La sueca Grans compite sin duda por ser la cinta más bizarra de todo el certamen –localizada en la sección paralela A Certain Regard-. El filme sueco, basado en un relato del mismo autor de la muy exitosa Déjame entrar repite la fórmula de aquella, tema fantástico tratado con el máximo realismo. Sin embargo, además de una cierta sensación de deja vú, hay un guión más “diseñado” y una dirección menos afortunada que la Thomas Alfredson. La cinta triunfará en Sitges y en Festivales de corte fantástico.

La ceniza es el blanco más puro. Jia Zhangke.

No hay nadie que titule sus películas con Jia Zhangke: La ceniza es el blanco más puro, es el último filme del maestro chino que se inicia como un relato de triadas en la línea de los clásicos hongkoneses de Jonnie To o John Woo. Inesperádamente la historia cambia su rumbo, y la mirada se vuelve femenina. El guion es una genialidad porque el tono se mantiene, seco, áspero, elíptico como en una cinta de gángsteres y sin embargo la historia es otra, mucho más densa.

El fondo, esto no es nuevo en Jia Zhangke, no es otro que el Gran Salto Adelante, no el de Mao sino el de una China que ha mutado en apenas dos décadas. La peripecia de Ash is the purest white es una epopeya, el cambio social de un país a través de una experiencia límite. Hay cárcel, mesas de juego, pistolas… pero todo eso es lo de menos.

Zhangke sortea el manierismo pegándose a los ojos y el paseo de una actriz sobresaliente, Zao Thao se ha ganado ser una seria pretendiente al premio a la mejor interpretación.