CANNES 2018. Día 4. Una conferencia de prensa por facetime

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Jean Luc Godard llegó, vio y venció. Su Livre des images continúa en la senda de sus Histories du cinema sumando el aroma de una posible despedida. La última película de Godard siempre es la penúltima; desde los años setenta el propio cineasta suizo viene considerándose a sí mismo más como un creador audiovisual. Su última propuesta, un recorrido por cientos de imágenes de la historia del cine capturadas con su teléfono móvil mientras su voz desgrana una especie de mantra quebrado se ha convertido en la más firme candidata a la Palma de Oro.

Quizá no se trate de un filme al uso, se diría más cercano al videoarte, sin embargo la libre asociación de ideas, su peculiar tratamiento de la forma hacen del visionado una experiencia absolutamente catártica. Que un director con más de sesenta años de carrera (Godard tiene ochenta y siete años), sea aún hoy el más moderno de los modernos es emocionante; en la película se desgranan sus filias y fobias: el inicio cahierista, el apogeo de los cines europeos, la quiebra política, … Godard invoca una peculiar historia del cine, no tanto causal como una acumulativa. Al final sólo queda del cine “el sueño, del sueño”, una especie de imagen de vigilia.

Pasan todos los que son: Buster, Ford, Federico, Luís, … pero también Michael Bay. No hay series, el demonio sigue siendo la televisión. Se trata de una ordalía por un mundo que viene. El director suizo ha reparado en la clave del consumo de imágenes en la era de Youtube, la búsqueda de la reminiscencia es inmediata, sin pasar por la mediación de una película construida como relato.

La cuestión es trascendental, todo lo contrario a lo que opina Martin Scorsese, también presente en el Festival, que aboga por seguir formando a los públicospara que disfruten del legado de los grandes cineastas. El Certamen dentro de la sección Cannes Clasics también muestra varias cintas perfectamente restauradas (Ozu, Emilio Fernández, Wilder) que visibilizan esa voluntad de defender la tradición.

Three faces de Jafar Panahi también juega en la arena de la cuestión política, aunque en esta ocasión se trata un realizador ausente, su país le mantiene la prohibición de viajar fuera de Irán y no ha podido presentar su película. El filme tiene ecos de Rossellini y el propio Godard, está muy bien interpretado, equilibra la ironía pero es difícilmente premiable. Pertenece al terreno híbrido que realizadores como Moretti o Kiarostami recorrieron en los años noventa.

Quizás lo más original la ausencia absoluta de autocompasión o queja en el tono de Panahi. El humor y la ironía dotan de sus mejores momentos al filme, el discurso se impone de una manera intrascendente y la sencillez formal equilibra el conjunto. Lo que Panahi hace parece fácil, pero es complicadísimo. Hace cine sin medios, libertad o audiencia. Cabe preguntarse de lo que sería capaz el realizador iraní en otras circunstancias.

The spy go North es una epopeya coreana pensada para reventar las taquillas. La película está muy bien facturada, es entrenamiento con poso: el personaje protagonista, un agente doble en la época dura de “las dos Coreas” es una auténtica creación. Resulta curioso como los cines asiáticos han asumido por completo lo mejor de la narrativa fílmica norteamericana. El filme cuenta una historia con minúsculas en el marco de una gran “Historia”. La cinta perfecta para que Trump prepare su futura reunión con el dictador coreano.