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CANNES 2018. Día 6. El sueño de la razón

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The house that Jack built, es lo último de Lars Von Trier. El niño malo del cine europeo no ha defraudado: una centena de personas abandonó la premiere espantada por el sadismo del filme. Sin embargo, más allá del escándalo convenientemente publicitado, el director danés construye una película interesante que consigue dar una vuelta de tuerca al manido género de los asesinos en serie.

Acierta Von Trier con el tono. Su película es una farsa con elemento satíricos que en ningún momento decae a pesar de las dos horas y media de duración. La estructura del guión es impecable y con el concurso de Bruno Ganz fluye como una suerte de diálogo socrático de perversa malevolencia.

El fondo del asunto al menos no es tan ambiguo como en otras ocasiones.

Von Trier enuncia la teoría –nada original- de que los mayores asesinos en serie del siglo XX han sido elegidos por el pueblo. A dicho punto de vista suma una suerte de autocrítica. Un cine de la perversidad –del cual sin duda, él mismo ha sido valedor- ha engendrado una suerte de culto a la imagen diabólica del asesino en serie. El Jack del título no es tanto un serial killer similar a Ted Bundy o Zodiac, sino un producto cultural, un engendro producido por una industria de las imágenes en descomposición. El director de Anticristo bebe de Frenesí, una de las obras menos valoradas de Hitchcock y entrega un relato sucio en el cual la muerte que Jack trata de convertir en una obra de arte deviene en puro narcisismo. No hay una glorificación del asesinato sino más bien un complejo proceso de deconstrucción del género.

El director –al parecer ahora sobrio tras años de consumo de estupefacientes y alcohol- parece haber tomado conciencia de su propia condición dentro del cine europeo. Von Trier, que empezó como la gran esperanza del Cine Europeo se ha convertido en un clásico ocurriéndole por añadidura lo que a otras vacas sagradas: su papel dentro del panorama actual se ha convertido en secundario, los Dolan, Mungiu o Pawlikowski le han desplazado.

Von Trier al menos ha recuperado la inspiración para lo construcción de imágenes que hibridan géneros y formatos. La forma siempre fue el fuerte del director danés: por eso los asesinatos han de ser considerados en The house… como naturalezas muertas, lejos de escándalos farisaicos y polémicas ya superadas.

En el apartado artístico un actor tradicionalmente arrinconado como Matt Dillon se postula como candidato para el premio de interpretación. Su composición es excelente, muy difícil de modular, él lleva encima el peso del filme y afortunadamente supera con nota el envite. Quizás sea el comienzo de una segunda vida artística para el actor. Von Trier insufló vida a las carreras de Kidman y Dafoe, tal vez haya llegado el turno de Matt.