Es difícil hablar de Chaplin como un «olvidado» cuando su personaje, Charlot, es universalmente conocido y utilizado constantemente como instrumento de la publicidad o imagen del cine. Y tal vez ese sea el error, que ha quedado limitado a una imagen; una sencilla imagen de los comienzos del cine mudo, asociados a los gags de persecuciones y golpes, junto a una idea vagamente bohemia del vagabundo.
Pero Chaplin es mucho más que eso. De entrada, su imagen estaba plagada de simbología. Según él mismo, su bigote (clara imitación de Hitler) era el símbolo de la vanidad; sus pantalones deformados, la caricatura de nuestra ridiculez; y su bastón, la contradicción e ironía que jugaba con una sociedad en la que se asociaba el bastón al dandy.

Olvidado por las televisiones

En cuanto a su cine, -el que lo hizo realmente grande con títulos como El gran dictador, Candilejas, Tiempos modernos, El chico o La quimera del oro, entre otros-, es el auténtico olvidado, fundamentalmente por las televisiones. Y es que deberíamos recuperar periódicamente un cine que trasciende a la comedia, abarcando la política, la crítica social, la sátira más cruel, la ironía más fina o la ternura más sencilla; reflejando los problemas de una sociedad enferma que él padeció y llevó al cine con temas como el nazismo, la «caza de brujas» o la intolerancia de una sociedad americana falsa e injusta con la que chocó una y otra vez, hasta llegar a la persecución y el exilio.
Todo porque Chaplin no respetaba algunos valores intocables como el capitalismo o la guerra; y además su personaje, aunque desprende un mensaje general de esperanza y optimismo, es un perdedor, un perdedor en un país de triunfadores de ese «sueño americano» del que el propio Chaplin fuera partícipe, aunque nunca comulgara con él.

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Pepe Segura

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