· En Irán se hace cine desde hace muchos años. Persia se incorporó con bastante agilidad al recién nacido espectáculo.

El cine iraní posterior a la revolución islámica consi­guió, contra todo pronóstico, dejarse ver fuera de sus fron­teras a finales de los años 80. Por aquel entonces, Occi­dente conoció a Kiarostami y las películas iraníes es­calaron posiciones en los palmarés de los grandes festivales. A partir de ese momento, los directores de ci­ne de Irán, al menos algunos de ellos, comenzaron a con­seguir financiación internacional para sus filmes, lo que les permitió hacer cine con más libertad.

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Las razones por las que llegó a producirse ese pequeño milagro son de índole muy diversa y obligan a un somero repaso de la historia del cine en la actual Re­pública Islámica.

En Irán se hace cine desde hace muchos años. Persia se incorporó con bastante agilidad al recién nacido espectáculo. Mozaffareddín Shah Qayar, sha reinante en 1900, ávido de refinamientos y novedades, llevó el cinematógrafo a Irán y facilitó la distribución y producción de películas durante las primeras décadas del si­glo.

Durante los años 40 y 50, bajo la dinastía Palevih, afi­cionada al papel couché y a todo lo que la hiciera lu­­cir con esplendor, se desarrolló la industria y la pro­ducción creció enormemente; el cine se convirtió en un espectáculo de masas. Son los años del denominado ci­ne farsi juzgado posteriormente como invasivo, colo­ni­zador y ajeno a las tradiciones culturales de Irán.

Como reacción a la cinematografía farsi surgió espontáneamente en los 60 un grupo de jóvenes directo­res que hacían un cine diferente. Gav, la cinta de Da­riush Mehrju, que contaba la vida de un campesino y su vaca, marcó un hito y es la película icónica del denominado motefavet (cine diferente), el cine de la mo­dernidad iraní. Con la nouvelle vague y el neorrealismo italiano de fondo, los directores del motefavet in­trodujeron el cine de autor en el país consiguiendo aden­­trarse por primera vez en temáticas y estilos espe­cí­­ficamente iraníes.

Cuando en 1979 se instauró la República Islámica, el Ayatolá Jomeini se encargó de desmantelar cualquier tipo de industria cultural sujeta a influencias  ex­ternas. Para entender esta etapa de la historia reciente de Irán, merece la pena ver Persépolis (Vincent Paronnaud), la película de animación basada en la no­vela gráfica de la iraní Marjane Satrapi, que fue pre­mio del jurado en Cannes en 2007.

La llegada de los islamistas al poder desarrolló un ci­ne islámico con férreas normas de censura, pero los di­rectores del motefavet encontraron su lugar en el pa­norama postrevolucionario. Para ello fue clave la figura del entonces Ministro de Cultura Muhammad Jatami, que si bien buscó desarrollar un cine nacional con­forme a su visión ideológica, facilitó enormente la fi­nanciación del cine iraní.

¿Por qué los censores de la revolución cultural islámica aprueban y estimulan en los 80 que las pro­ducciones iraníes entren en el circuito de festivales in­ternacionales? Sin duda las políticas islámicas de pro­moción del cine distan de las razones de los jurados de los festivales para multipremiar el cine iraní, pero en cualquier caso islamistas y jurados hicieron emerger en Occidente una de las cinematografías periféricas más interesantes del momento.

A pesar de eso, el número de películas iraníes que se estrena en España en la actualidad es muy reducido y los espectadores que acuden a las salas, escasos. En de­finitiva, el cine iraní sigue siendo desconocido.

Un repaso a lo más destacado

Vamos a repasar algunas de las películas más valiosas que se han producido en Irán en las últimas décadas procurando ceñirnos a películas accesibles en ca­tálogos on line, videoclubes o videotecas. Las cintas se­leccionadas pueden ser del gusto del espectador general, no solo del cinéfilo, se trata de películas de rit­mo lento y contemplativo, pero que se ven con agrado y facilidad.

Abbas Kiarostami es ya un clásico de la cinematografía iraní que no necesita esfuerzo divulgativo para ser reconocido. Por otra parte es probable que, en contra del criterio de selección que acabamos de señalar, Kia­rostami sea el más arduo de todos los cineastas iraníes actuales. Siempre inclinado hacia la poéti­ca, lle­no de desarrollos metafóricos sutiles y de pa­rá­bo­las, no es digerible para todos. No obstan­te, sus cintas se ven desde hace más de dos décadas en Occi­dente y llenan las salas de espectadores aficionados al cine de autor.

Un buen acceso para quien todavía no se haya acercado al cine de Kiarostami puede ser ¿Dónde está la ca­sa de mi amigo? (1987), una de sus primeras pelícu­las y, como veremos, neta representante del tipo de ci­ne del que hablamos. La infancia es casi el tema exclusivo del cine iraní, buscado como recurso ante la im­posibilidad de explorar otras temáticas como el amor o la mujer por las prohibiciones de la censura.

Con algo más de esfuerzo, se ve la magnífica El sa­bor de las cerezas (1997), que mereció la Palma de Oro de ese año. La película interesa desde muchos puntos de vista. Trata una temática como la del suicidio desde la perspectiva oriental, diferente a cualquier acercamiento al tema que se haya hecho en Occidente.

El final, con una secuencia de cine dentro del cine, es paradigmático de Kiarostami y de otros directores ira­níes. Hacer cine en Irán es complicarse la vida. Los ci­neastas iraníes reflejan en sus películas esa especie de compromiso existencial con una profesión que aman y por la que padecen, por eso el tema metacine­ma­tográfico es recurrente.

Otro gran clásico iraní, a la altura de Kiarostami aun­­que menos reconocido internacionalmente, es Moh­­sen Makhmalbaf. Probablemente el más esteta y el más comprometido de todos ellos. El silencio (1998), una película sobre la ceguera llena de aliento poé­tico, y Kandahar (2001), que habla del régimen talibán en el vecino Afganistán, dan buena prueba de ello. Antes de adentrarse en el cine de Makhmalbaf, me­rece la pe­na documentarse sobre su biografía: sus orí­genes, la lucha personal que ha mantenido por la libertad en su país y su amor al cine, hacen mucho más valiosas sus producciones.

Makhmalbaf cuenta ade­más con dos hijas que han seguido sus pasos, Samira y Hana, incorporadas ya con nombre propio a la di­rección cine­ma­tográfica.

De Panahi a Farhadi

El cine de Jafar Panahi reúne todas las característi­cas del nuevo cine iraní, sus películas son cuasi documentales, la trama no tiene la menor importancia pero sir­ve como pretexto para mostrar la gente, las tradicio­nes, la vida. Rodadas en exteriores, con actores no profesionales, niños en su gran mayoría, destilan el en­canto de una sociedad en la que la adversidad diaria ha­ce más cercanas a las personas.

Panahi presta especial atención a la mujer a través de sus pequeñas protagonistas femeninas, tan rotundas y firmes que, después de verlas desenvolverse, na­die pondrá en duda el lugar que la mujer iraní tiene ca­pacidad de desempeñar. Imprescindible ver El globo blan­co (1995), premiada con la cámara de Oro en Ca­nnes, y El espejo (1997), dos cintas sencillísimas y deli­ciosas.

La actitud beligerante de Panahi, que en el año 2000 filmó El círculo, abordando de manera directa la si­tuación de la mujer en el país, le ha traído problemas: tiene una condena de seis años de prisión y vein­te de inhabilitación para hacer cine.

Otro de los directores más reconocidos del cine iraní es Majid Majidi, de su filmografía escogeríamos Niños del cielo (1997), que fue la primera película iraní que al­canzó la nominación a los Oscar como mejor película ex­tranjera. Se trata de nuevo de una temática similar en torno a los niños y a las dificultades de la vida ordi­na­ria para la población.

Bahman Ghobadi es otro director interesante, su cin­ta Las tortugas también vuelan (2004) se cen­tra de nue­vo en el tema de la infancia, pero en esta oca­sión con una dureza inusual en el resto de los cineastas.

Y por último, entre la hornada más reciente de reali­za­dores, merece la pena destacar a Asghar Farhadi, que aún tiene una filmografía corta pero en la que no ha errado el tiro ni una sola vez. A propósito de Elly (2009), la oscarizada Nader y Simin, una separación (2011) y la reciente El pasado (2013) son tres películas muy notables que además rompen con el estilo man­tenido por los directores anteriores. Farhadi aban­dona la temática casi unidireccional de la infancia y se centra en los problemas de la clase media con una vi­sión muy interesante. Sin perder la raíz cultural de la que procede ni desprenderse en absoluto de la problemática de la sociedad iraní hace, también técnicamente, un cine mucho más occidental.

Hasta aquí un elenco que pretende introducir al espectador general en una cinematografía valiosa y poco co­nocida. Si además se considera que, dada su proyección internacional, el cine es en la actualidad el lugar de la crítica política en Irán y uno de los canales para acercarse sin prejuicios a la cultura islámica desde Occidente, cualquier esfuerzo de aproximación merece do­blemente la pena.