Los obreros, el sindicalismo y las luchas de clases unen Gloria Mundi, film del francés Robert Guédiguian, y Martin Eden, de Pietro Marcello, aunque ésta última la supera en densidad humana, belleza y originalidad. Es, sin duda, de lo mejor que hemos visto hasta ahora en esta edición 2019 del SEFF.

El director italiano Pietro Marcello lleva el arquetipo del personaje de la novela de Jack London al Nápoles de una época más reciente. Y el cambio de ubicación le sienta muy bien.

Al igual que en la obra original, el protagonista es el marinero buscavidas que entra en contacto con un mundo de riqueza y cultura y que aspira a las más altas cumbres de la literatura para ser merecedor del amor de una mujer. Solo que aquí Ruth Morse es Elena Orsini y el contexto, mediterráneo y más apasionado, también con respecto al catálogo de ideas del siglo XX que muestra -del socialismo al fascismo- y que en Italia reviste un carácter específico.

La narrativa es audaz, con insertos de imágenes antiguas de 16 milímetros, entre ficción y realidad, y la interpretación de Luca Marinelli (Copa Volpi en Venecia por su papel) transmite de manera muy convincente el complejo cóctel de fortaleza física, carencias intelectuales, grandes deseos y vulnerabilidad interior del personaje. Si algo se le puede reprochar a la película es una cierta dificultad para concluir.

En Gloria Mundi, Guédiguian sigue la tónica social, que ya abordó en Las nieves del Kilimanjaro con más acierto. Gloria es la niña que acaba de tener Mathilda, y que vuelve a traer a su vida al abuelo de la niña, Daniel, que acaba de salir de prisión. Daniel se encuentra una familia reconstruida amenazada por la precariedad y el desempleo en la que no parece haber lugar para él.

El cineasta galo, de nuevo en el SEFF, reparte estopa a diestro y siniestro. Critica la Francia capitalista de Macron pero también pone de relieve que entre la clase obrera hay guetos y diferencias, intereses contrapuestos, incoherencias y miserias humanas. La desgracia se ceba en los pobres con más virulencia pero también lo hace el victimismo y la inacción. Y hay que agradecerle la riqueza de la gama de grises.

Sin embargo la trama personal se le va de las manos en excesos burdos y poco creíbles que buscan provocar el humor pero dejan solo una mueca. La bondad y entrega del personaje de Daniel, que parece salido de un filme de Kaurismaki, trata de redimir el conjunto pero contrasta excesivamente con él.

SEFF. Gamas de grises

Los nórdicos son grandes expertos en mostrar un histograma equilibrado y lleno de matices. Un ejemplo es Sons of Denmark, del director novel Ulaa Salim. Atentos a su futura trayectoria porque promete con trazas del cine de Scorsese y Audiard.

Estamos en Dinamarca, en 2015. El ultranacionalista Martin Nordahl arrasa en las encuestas electorales, un año después de un ataque terrorista islámico en el metro de Copenhague. Sus discursos inflaman a los Sons of Denmark, organización violenta con ganas de ‘limpiar’ el país de inmigrantes. En el otro bando, los oponentes islamistas preparan un atentado contra Nordahl. En este fuego cruzado entra Malik, policía de origen árabe que ha de infiltrarse en el grupo del atentado.

La buena articulación del guion, con un suspense adecuadamente dosificado, bien rematado, y los matices interpretativos de los personajes son marca de la casa nórdica. Es admirable la sutileza del cine escandinavo para mostrar la complejidad del comportamiento humano, tanto individual y colectivo. Sin trazos gruesos, sin didactismos.

SEFF. La realidad como materia creativa

Enlazando con la temática de la creación artística, hemos podido ver en el SEFF tres películas estos días: Tommaso, De repente el paraíso y El reflejo de Sibyl. Una italiana, otra coproducción de Francia, Alemania, Canadá, Turquía, Qatar y la tercera franco-belga. En las tres, la realidad se convierte en carne de ficción.

Abel Ferrara vuelve a emplear el rostro de Willen Dafoe sobre el que pintó su retrato de los últimos días de Pasolini. Aquí muestra su posible autorretrato a través de la historia de un director de cine italoamericano, que vive en Roma con su joven mujer y su hija de tres años (las de Ferrara en la vida real). El filme transita confusamente entre las adicciones, la terapia, los demonios personales en un ejercicio de autoexorcismo narcisista, desquiciado -y desquiciante- para el espectador.

Elia Suleiman en De repente, el paraíso (2019)
Elia Suleiman en De repente, el paraíso (2019)

El palestino Elia Suleiman también se inserta en la narración en De repente, el paraíso, pero en este caso no bajo la piel de un actor sino en cuerpo mortal. Su presencia es estoica, perpleja y burlona, como si fuera Buster Keaton o Jacques Tati de viaje entre su Nazareth natal y Nueva York y París, donde busca financiación para esta película, y convirtiera el paraíso prometido de Oriente y el prometedor de Occidente en un plató lleno de contrastes ridículos del que él mismo es a la vez narrador y espectador. Interesante, divertida. Merece la pena asistir al teatro del mundo que Suleiman nos cuenta.

El reflejo de Sybil, de Justine Triet (La batalla de Solferino), sigue la temática pero en este caso todo es ficción. Virginie Efira (Los casos de Victoria) es Sibyl, psicoanalista que decide retornar a su oficio primigenio, la escritura. El detonante de esta historia es Margot (Adèle Exarchopoulos), alteradísima actriz a la que Sibyl toma como paciente de manera excepcional.

La vida de Margot se convierte en el argumento de la novela de Sibyl y ambas forman un dueto que mezcla de manera extremadamente insana el psicoanálisis, los líos sentimentales, la ficción y el cine. Bien contada e interpretada con Gaspard Ulliel (Solo el fin del mundo) y Sandra Hüller (Toni Erdmann), además de los citados, en el reparto.

SEFF. Bad poems. ¿Hablamos de amor? Sí, pero con una historia inusual

El segundo largometraje de Gábor Reisz, ganador de los Premios del Jurado y del Público en Turín, nos presenta a Tamás, un chico húngaro de 33 años que acaba de perder a su novia tras una ruptura en la ciudad de París. Desolado, decide regresar a su país natal. Una vez allí, no deja de plantearse qué pudo salir mal.

Podríamos pensar que el director húngaro nos ofrece una cinta dramática. Sin embargo, y en ello radica parte de su originalidad, la comedia también está presente, hasta el punto de provocar risas en un espectador con un nudo de tristeza en la garganta.

Esta no es una historia exclusivamente de amor, sino también de cómo los recuerdos negativos (rodados magistralmente mediante numerosos flashbacks a modo de tres alter ego del protagonista) nos pueden anclar a un dramatismo y a una autorreferencialidad poco vitalista y negativa que desembocan en una vida de hastío y pesadumbre.

Aunque Bad Poems se desinfla a lo largo de su segunda mitad, no es un simple y trillado producto de cine de amor en crisis, o frustración de metas y sueños adolescentes. Gracias a un desbordante ingenio, sensibilidad por los personajes, y «un conjunto de malos poemas», se logra transmitir un halo de esperanza que nos recuerda que después de la tempestad, viene la calma.

SEFF. The Prince’s voyage. Simios de diferentes generaciones, lugares y civilizaciones, pero todos simios

La última fábula reflexiva de los directores franceses Jean-François Laguione y Xavier Picard nos ha cautivado. Laurent es un príncipe mono que encalla en tierras desconocidas. Tras ser rescatado por el amable Tom, que lo lleva junto a sus padres, dos científicos experimentan con él como con un raro espécimen.

The Prince's voyage (Jean-François Laguionie, Xavier Picard, 2019)
The Prince’s voyage (Jean-François Laguionie, Xavier Picard, 2019)

Laguione es reconocido como el Miyazaki europeo, gracias a la belleza y atención al detalle de sus imágenes, en consonancia con una historia filosófica madurada y lúcida. Es innegable que estamos ante otra producción destacable en la carrera de los directores franceses, que nos recuerda a las más célebres obras del director de animación nipón.

The Prince’s voyage es una aventura animada que se eleva con buen ritmo gracias a una historia que promueve la amistad por encima de cualquier intolerancia. Todo ello tratado desde una mirada crítica que llama a todas las generaciones a reflexionar sobre cómo lo que nos une es mayor que lo que nos separa. La belleza de sus imágenes y del conjunto de recursos narrativos nos dejaron con ganas de más.

Cristina Abad y Mario Escalona