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Crónica del SEFF’17. Destellos de verdad y un par de diamantes: Les Gardiennes y El mar nos mira de lejos

El autor, de Manuel Martín Cuenca, también destaca en este arranque del SEFF’17. Aunque excesiva y burda en ocasiones, es una cinta inteligente y muy divertida que te mantiene pegado a la pantalla.

Tierra firme fue la película que inauguró el SEFF’17, con una maravillosa secuencia de apertura y títulos de crédito de tipografía vintage muy prometedora. Carlos Marques-Marcet (10.000 kilómetros) otorga un aire de comedia romántica a este alambicado drama de amor lésbico entre dos mujeres (Natalia Tena y Oona Chaplin), con distinta sensibilidad por la maternidad, y un voluntario (David Verdaguer) dispuesto a cumplir, que acaba implicándose demasiado con la perspectiva de ser padre. Todo muy hipster, a bordo de un barco por el Regent’s Canal.

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Tiene una bonita fotografía y música pero problemas de tono, con detalles bastante chuscos para un tema tan serio. Y también de guion, con un clímax que se prolonga en exceso y varios finales concatenados. Lo mejor, cierta mirada honesta sobre el individualismo egoísta y la necesidad humana de establecer vínculos duraderos. Bueno, y Geraldine Chaplin en el entierro del gato, que está genial.

SEFF'17
Tierra firme, de Carlos Marques-Marcet

Di Caprio en los montes asturianos

Bajo la piel del lobo, dirigida por Samu Fuentes, podía haber sido una película solvente con un buen guion, pero lo poco que ocurre no conduce a nada. La fotografía es espléndida en exteriores, pero sobre todo en interiores con un cuidadoso uso del claroscuro. Mario Casas se encuentra ante un reto enorme pero difícil de alcanzar, cuando casi todo tu parlamento se reduce a resoplar y gruñir. Su empeño se debate entre Leonardo Di Caprio en El Renacido, cambiando oso por lobo, y el ogro de los cuentos, aunque mucho menos infantil. Irene Escolar, siempre inmensa, hace lo que puede, que ya es bastante.

Y John Wayne en Bulgaria

Western, de la directora alemana Valeska Grisebach, me interesó. Un grupo de obreros alemanes levanta una central hidráulica en Bulgaria, cerca de la frontera con Grecia. En medio de los conflictos con los locales por el uso del agua y las bravatas de algunos obreros, el capataz Meinhard, como moderno cowboy en el lejano Este europeo, busca su lugar en el mundo e intenta que se haga justicia. De ritmo lento y recursos narrativos comedidos y elegantes. Una lúcida mirada femenina a un universo masculino.

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Western, de Valeska Grisebach

Otra mirada de mujer sobre el desarraigo, la de la argentina Lucrecia Martel con Zama, basada en la obra de Antonio di Benedetto, que narra la historia de Don Diego de Zama, oficial español del siglo XVII asentado en Asunción que aguarda su transferencia a Buenos Aires. Lenta, hipnótica, transmite bien ese estado de limbo existencial que se alcanza cuando se pasa de la esperanza al abandono, como el pez que decide dejar de luchar contracorriente, aunque en el camino se pierde el espectador que queda con la duda de si la metáfora no será una excusa.

Personajes que buscan a su autor… o huyen de él

Para desengrasar y aliviar un poco, dos comedias reseñables y españolas que giran en torno a la creación artística. Algo muy gordo, lúcida reflexión de Carlos Padial sobre el proceso fílmico, con Berto Romero como protagonista y coguionista. Un juego de espejos donde los personajes de una película fallida por improvisación y falta de guion cuentan, con aire documental, cómo tuvieron que buscarse la vida al estilo de los personajes de Pirandello para rodarla, de manera que el making of acaba quizá por ser la película. Para rizar el rizo, Padial ideó esta locura en el rodaje del making of de Un monstruo viene a verme.

Y El autor, largometraje de Manuel Martín Cuenca sobre la primera novela de Javier Cercas, también indaga en el proceso creativo, en este caso de Álvaro (Javier Gutiérrez), un abogado que trabaja en una notaría cuyo sueño es convertirse en escritor. Sin talento ni imaginación, y animado por su profesor de escritura literaria (Antonio de la Torre), decide nutrir su novela de la realidad que le ofrece su bloque de vecinos, forzando los acontecimientos para exprimir todo su interés. Perversa y sorprendente en los giros y evoluciones y con un final delirante. Excesiva y burda en ocasiones, pero inteligente y muy divertida. Me mantuvo pegada a la pantalla.

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El autor, de Manuel Martín Cuenca

Antes de contar lo que más me ha gustado, tres apuntes brevísimos de este comienzo del SEFF’17.

1- 9 dedos, ejercicio intelectualoide de distopía ecologista con una envoltura muy atractiva de expresionismo alemán de múltiples referencias cinematográficas. Acabé más perdida que el barco del filme en el campo magnético de Nowhereland, la isla de deshechos, símbolo de la nada en la que naufraga la película.

2- Niñato, que tiene unos personajes entrañables que se desenvuelven con asombrosa naturalidad, pero carece de historia y el sonido es muy deficiente.

Y 3, Happy End, lo último de Haneke. Si Östlund pone contra las cuerdas a sus personajes, Haneke los manipula y después les ata la cuerda al cuello y tira hasta ahogarlos. Hay una mirada de desprecio al ser humano que hiela la sangre. Lo que hace con el personaje de la niña es sencillamente enfermizo, por mucho que sea detestable la hipocresía que le rodea.

Las perlas

Dos películas me han gustado mucho hasta ahora. El largometraje de ficción Les Gardiennes, de Xavier Beauvois (De dioses y hombres), y el documental El mar nos mira de lejos, de Manuel Muñoz. Ambas están rodadas con extraordinaria delicadeza, dejando respirar a los planos. Y en ellas el paisaje, con su aparente rutina, es el personaje principal que cambia la vida de la gente.

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Les Gardiennes, de Xavier Beauvois

Si antes hablábamos de miradas femeninas sobre universos masculinos, aquí tenemos que decir lo contrario. Beauvois dirige una mirada azul -esos ropajes y marcos de las puertas y ventanas- sobre las mujeres que quedan en los pueblos cuando los hombres se dedican a la acción bélica en la I Guerra Mundial.

Todo un tributo a quien sostiene en sus brazos tanta vida donde parece no haber nada en tres retratos maravillosos sobre fondo de Corot y Millet. Emociona y convence más lo que no se cuenta que lo que se cuenta, como la escena del encuentro amoroso en el dolmen. Para que aprendan quienes piensan que la verosimilitud se mide por las veces que vemos a los protagonistas dedicados a intimidades fisiológicas varias.

El mar nos mira de lejos narra la vida de los pescadores de las costas de Doñana. Manuel Muñoz es editor y fotógrafo, y andaluz, y eso se nota. Hay mucho amor por la luz y por el tiempo. También aquí hay guardianes, como en la de Beauvois, pero estos son de otra temporalidad. Conviviendo con ellos de forma concentrada y atenta, el director y su equipo han encontrado lo que buscaban. Una película que pone en relación un tempo mítico -el de los primeros moradores de la antigua Tartessos- con las historias concretas de los lugareños. El tiempo y la luz son la sustancia de esta película, como lo son de la fotografía y de la vida. Estoy segura de que Beauvois diría algo parecido.

Cristina Abad
Cristina Abad
Periodista. Máster en Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla