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Cuando la ficción se hace realidad

Los recientes sucesos acaecidos en la Semana Santa sevillana nos hacen replantearnos la influencia que tiene el cine en la sociedad y, por tanto, la responsabilidad de los que están al mando de las películas. Porque Nadie conoce a nadie, alguna o mucha influencia habrá tenido en todo este jaleo.
Indudablemente, ni el productor Antonio Pérez (chapó por Solas), ni el director, Mateo Gil, ni el escritor-guionista Juan Bonilla han pretendido que Nadie conoce a nadie provoque un alboroto. Demasiado para una campaña de marketing. Nadie les puede pedir responsabilidades penales o civiles. Pero sí, quizás, algunas de índole social, antiguallas antaño llamadas morales o éticas. No sé.
El cine es un medio que llega a gran cantidad de público y educa, sugiere, engatusa. Crea formas y hábitos sociales, trasmite ideas, sirve para reforzar la imagen de una marca comercial, para publicitarla. Su repercusión y poder de seducción no tiene límites. Para bien o para mal, y de forma más o menos consciente, el espectador se empapa de los mensajes que emanan de la película. Mensajes emitidos de forma más o menos intencionada por los que hacen los filmes.

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En un reciente libro sobre el productor David Puttnam (Los gritos del silencio, La misión) éste explica el efecto de una de sus producciones, Expreso de medianoche: “Ví la película en un cine lleno a rebosar. Hay una escena en la cual Billy Hayes le arranca la lengua a un carcelero. Cuando hicimos la película nos parecía una forma poderosa de ilustrar lo bajo que puede caer el espíritu humano en estas condiciones. Pero en el cine provocó un efecto imprevisto, al menos para mí. Algunos estaban tan influenciados por el cliché del ‘ojo por ojo y diente por diente’ que se pusieron en pie, gritando y aplaudiendo. Me quedé horrorizado”.

A vueltas con todo esto, y dejando claro que la película muestra imágenes modernas (zona Cartuja) y encantadoras (barrio de Santa Cruz) de Sevilla, no está de más recordar que Nadie conoce a nadie maneja determinados clichés sobre la Semana Santa sevillana, que no sólo no se ajustan a la realidad sino que la retuercen de forma inmisericorde. Re­cuérdese estas dos escenas:

1. El padres de Sapo le pega y maltrata cuando era niño.
2. Hace el amor con su mujer.

En ambos casos el padre realiza estas acciones con el capirote puesto y vestido de nazareno. ¿No es esto ridículo? ¿A qué viene tanto derroche de sensibilidad, así, sin anestesia?

En fin, para eruditos y profanos de este Séptimo arte valgan estas palabras de David Puttnam: “La industria del cine es un medio muy poderoso en términos de influir en el modo de pensar de la gente, y lo digo en sentido positivo y humano, no meramente político. Con una película pueden elevarse las aspiraciones de la gente respecto a su propia vida, sus energías y su actitud vital”.

Juan Pedro Delgado

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Juan Pedro Delgado
Periodista y editor. Escritor