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De Goyas, parches y miradas

Vamos a llegar al 2000 metidos hasta las cejas en la cultura del premio, de la taquilla, de la exclusiva, de la primicia, del escándalo, del show. Y ello porque el imperio de la comunicación, ese goyesco Saturno, necesita mucho material fungible para seguir en pie, con los pies bien metidos en el barro.

Se entregaron los Goya, y los Globos de Oro, y vienen los Oscar. En general, lo de los premios es un modo respetable de lograr dos objetivos: la promoción comercial de unos productos y la justificación y el prestigio de las corporaciones que los otorgan, que dicho sea de paso, hacen poco más en el resto del año. En la XIII edición de los premios de la Academia de Cine español (simplifico el rimbombante nombre de la Academia, que provoca sonrojo en más de uno) hemos asistido a una nueva muestra de lo que es capaz de admitir nuestra España cañí, rencorosa y cainita.

El show nuestro de cada día

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Esta vez le tocó a Garci, que creo ha hecho bastante por la cosa del cine. Y no pienso solo en sus películas (las hay mejores y peores), sino en su contribución a dignificar la reflexión sobre el arte cinematográfico a través de sus programas de televisión y radio, o de la revista Nickel Odeon. A Garci no se le pedona que triunfe sin meterse con nadie, no se le perdona su repugna por la estridencia, no se le perdona su pretensión de acercarse al clasicismo en un mundillo donde no ir de posmoderno es un pecado imperdonable. Hubo puñaladas, venganzas, tonadilleras, torrentes, salidas de tono -a veces de vergüenza ajena… pobres Almodóvar y María Barranco-. Al que escribe -y creo que al que lee Fila Siete- estos rollos le dejan frío. Nos interesan otros rollos, impregnados de talento, inteligencia y actualidad como El abuelo.
Una institución de las Artes y de la Cinematografía, que con su pretencioso nombre ignora películas como A los que aman de Coixet, tiene bastante de hipermercado y poco de Academia. Me identifico y desconcierto, a la vez, con el premio a El boxeador de Jim Sheridan, una dignísima obra del irlandés: un rasero para el cine europeo, otro para el español. Me alegro por Barrio, aunque sigo pensando que a Fernando León le falta hondura en su mirada.

Efemérides para una moraleja

En el 99 Bogart, que empezó en el cine con 37 años y tuvo la suerte de calzarse bastantes guiones de ensueño, hubiera llegado a la centena. Hace 50 años de Carta a tres esposas de Mankiewicz, un soberbio guionista y buen director, que tendría que ser defendido de los Cazadores de brujas por el “fascista” John Ford. En 1949 Ford impregnaba el sabor de su mirada en la labor de un equipo técnico excepcional. La película se llama She wore a yellow ribbon (La Legión invencible, por esa puñetera manía hispana de cambiar los títulos) y encierra la mejor interpretación de John Wayne, a juicio del propio actor.

Los premios Goya son una buena ocasión para comprobar que el cine español no tiene problemas técnicos (su nivel fotográfico, de dirección artística, de música, de interpretaciones, es notable). Lo que faltan son más historias, guiones que las hagan atractivas y directores con mirada. Nos sobran excelentes técnicos, frecuentemente al servicio de historietas de tres al cuarto. Quizás a algún productor, director, crítico o espectador les resultaría rentable ver sin prejuicios alguna película del viejo irlandés del parche o darle un repasito a All about Eve, del caústico Leo Mankiewicz y la inmarcesible Bette Davis. Igual se les pega algo.

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor