Inicio Noticias Actualidad del Cine El turco Ceylan se lleva la Palma de Oro

El turco Ceylan se lleva la Palma de Oro

El Palmarés del 67° Festival de Cannes comentado por nuestro enviado especial Fernando Hdez. Barral.

- Anuncio -

Jane Campion acaba de anunciar la Palma de Oro de este Cannes 2014 concedida a Winter Sleep del director turco Nuri Bilge Ceylan, sin duda la película más brillante de la Sección Oficial, clásica y contenida. Había otras posibilidades quizás más rompedoras pero la fuerza de la historia de sentimientos reprimidos que plantea el director turco es incontestable. Su calidad está muy por encima del resto de aspirantes.

El jurado, compuesto por pesos pesados del cine independiente –William Dafoe, Sofia Coppola, Gael García-Bernal– parecía predestinado a premiar alguna rareza. Nada más lejos de la realidad,  la película ganadora aúna lo mejor de uno y otro lado, de un cine a caballo entre Asia y Europa. Ceylan se consagra al fin tras sus magistrales Tres Monos y Viaje a Anatolia.

Nos agrada sobremanera el galardón a mejor director para Benett Miller. Premio acertadísimo para una apuesta superlativa que saca lo mejor de dos actores en roles inesperados, Chaning Tatumm y Steve Carell. Nunca olvidaremos las lágrimas del director americano en la rueda de prensa al recordar sus inicios junto al malogrado Philip Seymour-Hoffman.

El resto de premios ha sido bastante previsible, los premios se reparten entre: el actor Timothy Spall por Mr.Turner, Juliane Moore por Map to the Stars –mala cinta que sólo sostiene ella-, galardones del jurado para Dolan –el niño mimado- y Godard –el anciano venerable.

Le Maraviglie de Alice Rohrwacher ha ganado el Gran Prix, es una cinta muy de festival, de tempo bien definido en la línea de Kiarostami o Erice. Gustó pero no entusiasmó.

En la prestigiosa sección paralela Un Certain Regard destaca el premio a todo el reparto de la estupenda Party Girl que se ha llevado con justicia la Camera d’or. Año tras año Una Certain … se ha ido consagrando como la cara b del Festival, semillero de futuros aspirantes a las grandes ligas del Cine Mundial. Este año su programación recogió la polémica-escándalo del Certamen, la muy esperada Lost River de Ryan Gosling que se llevó los abucheos de la prensa. También hubo sitio para muy buenas películas, como Jauja, un curioso film de Vigo Mortensen añejo y houstoniano, y otra cinta de aventuras –ésta sí reconocida en el palmarés con el premio al mejor actor- la australiana Charlie’s Country que confirma que el buen cine –por encima de géneros y modas- a veces también se lleva su recompensa.

El Jurado Ecuménico premió la obra de Wim Wenders –treinta años después de su París, Texas– acerca de la obra del fotógrafo Sebastiaó Salgado, mientras que reconoció a Jaime Rosales los valores de su Hermosa Juventud.

«Winter Sleep», de Nuri Bilge Ceylan

Los verdaderos amos de Cannes

El Festival de Cine de Cannes es un evento de proporciones bíblicas con más de doscientos mil visitantes a lo largo del fin de semana. Aquí están todos los que son: cualquier productor, guionista, director o actor que busque su lugar en el sol de la industria desembarca en La Croissette.

Entre la multitud hay cuatro mil quinientos periodistas acreditados. Muchos de ellos trabajan para medios de información general. Las alfombras rojas, las fiestas benéficas, los posados, son el pan de cada día de telediarios y programas en todo el mundo. Cannes produce un enorme flujo informativo que se concentra en el primer fin de semana, cuando la feria del cine –“el mercado”- acoge a todo aquel que quiera producir, financiar o distribuir una película.

En el mercado la multitud corre de un lado a otro. Se ven películas como en una lonja de pescado. Se entra, se prueba el genero durante unos diez minutos –da igual si es una de Nicholas Cage o de Apichatpong Weerasethakul-. Los distribuidores deciden en cuestión de minutos, se fían de su intuición y comparten la información del último descubrimiento con los colegas de otros países, nunca con la competencia nacional.

En el mercado hay un adagio que siempre se repite: “nadie sabe nada”. El precio de una película es un misterio, puedes comprar caro y salir ganando o perdiendo, no hay reglas. Tus aciertos te mantendrán en el puesto pero nunca tendrás la seguridad de haber alcanzado la fórmula mágica.

Sin embargo en Cannes hay una raza protegida y en peligro de extinción que tiene sus propias reglas. Su poder es mucho mayor que el de los agentes millonarios que pueblan las suites del Martínez o el Carlton.

No van a fiestas. No compran películas. Son ajenos al mercado, a la lonja. Cuando las starlettes abandonan el Club Nikki con los tacones colgando del hombro puedes verles abandonando los hostales baratos. Los termos de café y la bollería francesa envuelta en papel de estraza son sus complementos.

Van a la contra. Ven la película antes que nadie, la saborean sin intermediarios. Nos lo decía Bertrand Bonello acerca de la polémica que ha rodeado su Saint-Laurent, “No sé de que se quejan, no han visto la película. Ustedes son los primeros”

Dandys y atildados, académicos de pelo grasiento, gafapastas orgullosos, siempre ojerosos nunca se duermen en una proyección. Son los críticos, los auténticos amos de Cannes. Apenas una centena ocupan el patio en la sesión de las ocho treinta de la mañana.

El Cine Lumiere con más de dos mil butacas lleno de periodistas asemeja entonces la Plaza de las Ventas, cómo en el coso taurino la opinión de unos pocos condiciona la del resto. Son apenas cien o doscientos tipos aquellos que definen el destino de una película. La energía es especial y se irradia por toda la sala. A lo largo de la proyección sientes su fuerza, hay un aire, un calor especial en el primer pase de prensa del Festival de Cannes. La película que ha sido trabajada durante años se podría decir que no vive hasta entonces. Es un ser frágil. La crítica internacional –hablamos de Cahiers, Film Comment, Sight and Sound, Les Inrockuptibles– espera con ansia y esperanza el advenimiento de un nuevo Almodóvar o Truffaut. Saben que cada vez es más difícil. Con los jóvenes hay piedad, con los veteranos ni un miramiento.

Termina la proyección. Sale el nombre del director. El aplauso que sigue no es significativo. Para desactivar el poder de la crítica, hay infiltrados. Puede haber aplausos y sin embargo fracaso. La verdadera medida del éxito, el instante decisivo es un murmullo, una especie de sordo comentario que empieza a pasear en inglés y francés por las primeras filas del Gran Teatro Lumiere.

Media hora después las agencias de todo el mundo se harán eco. Justin Chang, Todd Mcarthy, Michel Ciment, Peter Travers y otros monstruos sagrados habrán hablado. Son el Tendido Siete del Cine Mundial. Despiadados e insobornables. Son los críticos.

Los Dardenne otra vez a por el premio gordo con una gran película

Los hermanos Dardenne tienen ya dos Palmas de Oro y puede que con esta película ganen la tercera. Deux jours, une nuit es la obra más redonda en lo que llevamos de festival, emotiva y honesta.

A cada cual lo suyo, el concurso de una actriz del circuito comercial ha sentado bien a la pareja de belgas: Marion Cotillard es sinónimo de elegancia, pero cuando ves su frágil caminar en esta película tu corazón se encoge.

Menos es más. Apenas 90 minutos bastan para contar una historia que no por simple es menos eficaz. Lo fácil, sin embargo, es muy difícil. Nada se improvisa, hay meses de ensayos tras cada secuencia.

“Los actores –revelan los hermanos– trabajan en las localizaciones reales para encontrar el movimiento exacto”. Una sutileza tan difícil de conseguir, revelada por ejemplo en un gesto entre la pareja protagonista, eleva esta película por encima de otras vistas en la 67 edición del Festival.

Preguntamos a los directores por el guión. En su generosa respuesta hay mucha humildad: “trabajamos diez años en la historia, no sabíamos cómo acabarla. Al final lo solucionamos cambiando el punto de vista. Sandra –el personaje de Marion Cotillard– busca la solidaridad, tuvimos que ponerla en los zapatos de sus compañeros”. Asombroso.

Wanda traerá la película a España en otoño. A todos aquellos que conocen la obra de los Dardenne puede que la cinta les sorprenda: hay mucha esperanza en ella. También crítica social y alegoría, pero, por encima de todo, un personaje protagonista que no podrás quitar de tu cabeza. 

Todavía quedan tres días de sección oficial. Dolan, Hazanavicius y compañía buscaran su lugar en el sol. Por ahora las apuestas dan como triunfador al turco Nuri Bilge Ceylan, un fijo del festival, ganador en Cannes de casi todo lo ganable. Veremos.   

Foxcatcher es como el reverso tenebroso de Moneyball

“No cuento historias, las observo. Ese es mi estilo” Así de contundente se mostraba Benneth Miller esta mañana al hablarnos de su película, un relato basado en hechos reales y con una interpretación –la de Steve Carell– con asiento reservado en la ceremonia de los Oscar 2015.

Película fría y reposada que, sin embargo, contiene cine enérgico y poderoso. Los temas -la mercantilización del talento, la decadencia de una clase social- y el drama –fraterno y filial- son brillantemente desarrollados por un guión de estructura ascendente.

Foxcatcher combina elementos de las dos películas anteriores de Miller. Por un lado hay ecos de Capote (2005) en el personaje de Carell, por otro una revisión de esa película antideportiva que era Moneyball (2011). El film presentado hoy es el reverso tenebroso de aquella. En la historia de John Dupont y de los hermanos Schultz el mito americano de sueño y conquista deviene en pesadilla.

Quizás sea Foxcatcher la película que más ha gustado en lo que llevamos de festival. Miller se ha arriesga y consigue con su magistral dirección de actores que la inclusión de Channing Tatum y Carell en un proyecto ajeno a la carrera de ambos se salde de manera positiva. Del primero ya teníamos noticia; había estado magnífico con Dito Montiel (Fighting) y Soderberg (Efectos secundarios). Del segundo no esperábamos semejante recital. Miller opina que cómicos como Carell “siempre tienen un lado oscuro”, mientras que el protagonista de Pequeña Miss Sunshine y Superagente 86 admite que su personaje ha crecido gracias a los ensayos y a la caracterización de los maquilladores.

La película está muy cuidada y remite a otras de Megan Ellison, la joven productora filántropa que está salvando el cine americano. Su empresa, Annapurna, tiene un criterio muy marcado –historias adultas, dramas basados en hechos reales- y conjuga con ritmo nuevo temas de siempre en el cine USA.  El crédito de este Foxcatcher, apasionante y poliédrico, pertenece a una nueva generación de creadores con una fe inquebrantable en el poder de las historias.

Tommy Lee  Jones va al Oeste

Western dirigido por un actor asociado al género (The Missing, Three Burials of Melchiades Estrada) que funciona más como una pieza de cámara que como artefacto épico. Con un abrupto guión sabotea sin piedad los lugares comunes; la peculiar caravana de mujeres enfermas que vuelve al Este y que escolta el outsider interpretado por el actor-director, supone una desautomatización ya de partida. El desarrollo de la relación entre dicho personaje y su patrona, una Hilary Swank espléndida, es anticonvencional.

El héroe de acción ha transmutado en un realizador austero y eficaz, en la línea de otros directores no-artistas de innegable cualidad lírica. “La película dice todo por sí misma, no hace falta explicarla”, así ha despachado Jones las preguntas de algunos compañeros.

Por eso, en la rueda de prensa, le hemos planteado una cuestión indirecta, acerca de la banda sonora, y ha caído en la trampa:al director texano se le ha cambiado el gesto y ha comenzado a describir cómo las baladas que jalonan su film son la verdadera voz de sus personajes, y cómo la partitura de Marco Beltrami –el compositor- se apoya en una original máquina de aire que recrea el viento enloquecedor de la pradera de Nebraska y que ha sido construida expresamente para la película… Algo muy sofisticado para alguien a quién no le interesa el arte.

The homesman puede desconcertar en un primer momento porque no es un western crepuscular –“no sé que quiere decir eso”-, ha manifestado el director, ni una historia de género. ¿Se halla en la tierra de nadie de un cine completamente personal?

El francés Bonello presenta un interesante biopic sobre Yves Saint Laurent.

Un biopic inteligente que se centra en un periodo de la vida (1965-1976) del genial diseñador Yves Saint Laurent. Se relatan por tanto los años de gloria del personaje pero también de decadencia “decadentes en el mejor sentido de la palabra, porque se han ido y ya no volverán” –apunta Bonello-. Decadentes añadimos, porque al mítico Yves también se le muestra como adicto mezquino y autodestructivo.

La película no trataría –según el director- de explicar a Saint Laurent sino más bien, con los datos conocidos, poner en una balanza los logros y los fracasos, las luces y las sombras.

Por un lado se nos presenta la parte más creativa de la figura retratada. Por eso lo mejor de la película son las escenas en las cuales Saint Laurent se presenta cómo el Pigmalion de toda una generación de mujeres. Su imaginativa combinación de materiales, texturas y diseños establecen un nuevo código de la elegancia que llega hasta nuestros días.

La complacencia en el retrato sin embargo acaba pronto. La película se posiciona y juzga. Según Bonello el diseñador abrazó la sombra. Así nos lo ha reconocido el director (en un aparte, porque ante nuestra pregunta más directa en la rueda de prensa se ha cuidado mucho de responder directamente, hay un líbelo de la pareja de Saint Laurent de por medio).

La película es más morbosa que sórdida, la reconstrucción de la época perfecta y los actores brillan en su impostura. Hay una distancia muy calculada en los movimientos de cámara, las emociones se traducen en travelling y zoom en el vacío que nos hablan de compulsiones más que de amor o ternura. Bonello es un moralista reaccionario camuflado de moderno, una rara avis empeñada en la demolición de la memoria sesgada de una época. La cuadratura del círculo es posible tal vez porque la operación de revisionismo histórico viene avalada por un paria de la intelectualidad, el ínclito Luc Besson

Con la argentina «Relatos salvajes», España hace acto de presencia como coproductora

La aportación española -en coproducción con Argentina-  a la Sección Oficial de Cannes 2014  es un film episódico, fresco y satírico. Damián Szifron -director proveniente de la televisión y la publicidad- se muestra como un realizador consolidado con estos Relatos Salvajes en la línea de Roald Dahl.  La habilidad de la puesta en escena –magistral en dos de las narraciones- confirma al autor de Tiempo de valientes, taquillera comedia de 2005.

Cómo ha apuntado Leonardo Sbaraglia: “Damián es un director que busca el diálogo con el espectador momento a momento” “Queríamos trabajar con Damián, su película anterior nos pareció brillante”, apunta Agustín Almodóvar, productor de la misma; no en vano su hermano Pedro –presente hoy en Cannes- rodó en el pasado grandes películas en el registro de comedia negra que maneja Szifron. El argentino no podría haber elegido mejor padrino.

Más allá de su calidad comercial, Relatos arroja un saldo muy positivo: es una cinta de original hondura. Como nos reconoció su productor, Hugo Sigman: “posee una cualidad terapeútica, catártica. No habla de Argentina, trata temas universales”. Ciertamente hay que tener estómago para soportar algunas de sus imágenes pero el trance vale la pena. “Hay gente que sufre injusticias y es pisoteada por el estado, maltratada y llevada al límite de su aguante” –continúa Sigman– “hemos querido ir hasta el final con ellos”.

El origen de la violencia, la alienación del urbanita moderno que tan bien reflejaran Joel Schumacher en Un día de furia (1993) y Jonathan Demme en Algo Salvaje (1986), tienen en esta cinta una brillante heredera. Bienvenido sea este preciso humanista porteño.

Atom Egoyan vuelve a Cannes con una oscura historia de temática muy doloroso

Quince años después de ganar el Fipresci –The Sweet Hereafter, 1997- el cineasta canadiense-armeno regresa a la Sección Oficial con una historia de perspectiva múltiple, The Captive.

“Veo la película como una narración con la forma del relato corto, una suma de novelette que no pierde la unidad gracias a la potencia de los actores, por eso elijo intérpretes fuertes” –nos ha contado en un encuentro casual-. Efectivamente en el apartado artístico es dónde brilla más el realizador, sacando lo mejor de Ryan Reynolds y Scott Speedman, dos actores habitualmente infrautilizados.

La película narra una historia ya vista: la desaparición de una niña y posterior investigación –policial, paterna- con el tema de la pedofilia y las redes sociales cómo fondo del relato. Sin embargo, Egoyan es más ambicioso que otro acercamiento canadiense al tema –Prisoners, Villeneuve, 2013- y ya desde el inicio desactiva el suspense en cuanto a la identidad de los captores. The Captive transcurre por las carreteras nevadas de Ontario y el paisaje glacial de la ciudad de Niágara; su relato es un estudio detallado de las emociones que rodean el rapto. No hay concesiones al morbo ni al espectáculo –tan sólo una tímida persecución-.

Es una película ambiciosa. Hay imágenes poderosas en ella. En algunos momentos volvemos a vislumbrar al mejor Egoyan, aquel que hace veinte años y en este mismo lugar deslumbró con Exótica. Pero el poso es más amargo. En aquella película Elias Koteas era un peculiar dj taciturno que se conformaba con mirar; ahora los “mirones” se han convertido en monstruos.

Mr. Turner dirigida por Mike Leigh e interpretada por Timothy Spall, compite por la Palma de Oro

Timothy Spall es un serio candidato al Premio de la interpretación de este Festival de Cannes 2014. Su voluntarioso retrato del pintor británico Turner es un auténtico tour de force que tuvo que preparar a conciencia; “ensayé seis meses y aprendí a pintar a lo largo de dos años”. Para Spall, Mr Turner es una película acerca de “lo sublime: la tensión de un ser humano perdido en el horror de la naturaleza”.

La cinta de Leigh fotografiada por Dick Pope se adentra en los dominios del romanticismo, entre Goethe y Caspar David Friedich. Lo cual nos hace preguntarnos: ¿es Mike Leigh el director ideal?

Leigh famoso por su capacidad para dirigir actores parece perdido, Mr Turner es en cierta medida una película esquizofrénica: el método Leigh, basado en la improvisación y la ausencia de un guión convencional choca en este caso con la corrección de una película de época de singular belleza proporcionada por la maravillosa fotografía de Pope. «Hemos rodado en Cornwall, iluminados por la mejor luz de Inglaterra” nos acaban de contar en el encuentro con la prensa.

Fernando Hdez Barral

Mike Leigh y sus actores en Cannes
© FDC / G. Lassus-Dessus