Festival de Sevilla 2020. Viajes lejanos y mirada social a través de la historia (crónica domingo 8, lunes 9 y martes 10)

SEFF. Historias reales. Documentales extraordinarios

Sabemos que en un festival nos podemos encontrar un sinfín de historias contadas con ritmos y estilos variopintos. Algunas de ellas llegando a ser extraordinarias, como es el caso de la nueva obra del realizador español, Pablo Maqueda, quien, sin guion y con mano firme en la dirección, rinde tributo al veterano cineasta Werner Herzog (Aguirre, la cólera de Dios, Fitzcarraldo, La cueva de los sueños olvidados).

Atrapado por la lectura del diario más personal del cineasta alemán, Del caminar sobre el hielo, Maqueda, con cámara al hombro y al igual que el clásico realizador, se atavía de escasos objetos, en los que destaca unas botas para seguir las huellas imborrables del viaje que realizó Herzog a pie en 1974. El director de Nosferatu, vampiro de la noche, como acto de fe, pensó este peregrinaje desde su tierra natal -Münich- a París, lo que lograría influir en la recuperación de su amiga y cofundadora de la cinemateca francesa, Lotte Eisner, quien se encontraba gravemente enferma. Caprichos o no del destino, Eisner vivió 10 años más.

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Dear Werner se presentó el pasado domingo como parte del proyecto de cine en vivo, presentando al compositor madrileño, José Venditti, y la música de la cinta en directo. Un sonido envolvente, unas piezas musicales cautivadoras -que recuerdan a la música diegética de Hildur Gudnadóttir (Joker, Chernobyl)- inundaron la sala durante 90 minutos. Si es lo que pretendían, objetivo conseguido, pues los espectadores con cada acorde viajamos al frío invierno de la selva negra, gracias al saxo, instrumentos de percusión y mesa de mezcla.

Maqueda narra su historia con la voz en off del propio Werner y de él mismo. Gracias al correcto uso de la cámara subjetiva, logra con maestría introducirnos en el universo del veterano alemán y el cine que representa. Un proyecto que aboga a la superación de aquellas barreras vitales difíciles de superar. No todos los espectadores saldrán conociendo a Herzog, pero sí muchos lograrán disfrutar de este apasionante viaje. 

En la sección del festival Panorama Andaluz, la joven directora Laura Hojman ahonda en la personalidad y vida de Antonio Machado, días azules, documental guiado por la lente fotográfica de Jesús Perujo. Ambos vuelven a trabajar juntos (tras su ópera prima, Tierras solares -sobre la figura de Rubén Darío-, en 2018) en este proyecto creado en conmemoración del 80 aniversario del fallecimiento del poeta.

Un detallado acercamiento a la vida personal, política y literaria de esta figura, sevillano de nacimiento, e hijo del pueblo español y mayor símbolo del exilio tras la Guerra Civil. Presentan un Machado colmado de matices cuyo carácter político y cívico permitió diferenciarse de sus camaradas poetas para desarrollar una carrera dedicada a la enseñanza y a la mejora social a través de la educación y la cultura.

La narrativa de este documental se entrelaza con el testimonio de importantes personajes actuales entre los que destacan Antonio Muñoz Molina, Alfonso Guerra y la gran poeta Francisca Aguirre, fallecida unas pocas semanas después del rodaje. Hojman consigue emocionarnos a través de sus imágenes, con una delicada composición que se perpetúa en simbiosis con los versos del artista y música de Jorge Marín.

Festival de Sevilla 2020. Sobre la verdad y la esperanza

Continuamos la jornada del lunes con el género documentalístico, y es que no podíamos dejar pasar la oportunidad de disfrutar de Gianfranco Rosi, destacado cineasta europeo que, tras ganar el Oso de Berlín y el León de Oro, ha demostrado tener un control magistral e íntimo sobre este género. En Notturno presenta una cinta que retrata la cotidianidad y crudeza de un pueblo exhausto, sofocado por la pobreza, la guerra y la inestabilidad política.

Rosi tarda tres años en terminar esta cinta soberbia. Con un diálogo casi inexistente, nos encontramos ante un documental contemplativo, compuesto por una fotografía magnífica y una congoja narrativa que se mantiene intacta a lo largo de casi cien minutos de metraje. Existe un silencio a lo largo de la película que solo es interrumpido por los devastadores relatos de niños, madres y pacientes de instituciones psiquiátricas. Una acertada combinación que invita a la reflexión y acerca al espectador a una realidad anónima.

El galardonado por el Gran Premio del Jurado por Siberia (1978), Andréi Konchalovsky, nos trae un drama inspirado en hechos reales, en el que su protagonista, una inmensa Yuliya Vysotskaya (con la que ya trabajó en Paraíso), militante del Partido Comunista, comenzará a cambiar sus férreos ideales marxistas tras los asesinatos de 26 civiles que se perpetraron en la Unión Soviética, en junio de 1962, mientras se manifestaban en la ciudad de Novorcheskak como protesta por la subida de precios y desabastecimiento en una fábrica de motores.

Una vez más, el octogenario realizador reparte estopa, pero con delicadeza, con un estilo visual soberbio, hacia un gobierno que predica una nueva libertad en la teoría, pero que en la práctica, obliga y oprime a un pueblo a aceptar una vida sumida en la falacia y la propaganda política.

Queridos camaradas, Andréi Konchalovski (2020)
Queridos camaradas, Andréi Konchalovski (2020)

La narrativa es audaz, con un guion en ocasiones algo plano, marcado por una atmósfera rusa que nos recuerda a la reciente y enorme miniserie Chernobyl (Craig Mazin). Konchalovsky personifica sus inquietudes, y recurre a la oración y a la imagen de la Virgen para otorgar esperanza a unos personajes embargados por la desesperación y la confusión, y en detrimento de la utilización despótica del poder estatal.

La cuestión soviética también es traída al festival en forma de animación con la obra de Ilze Burkovska-Jacobsen (Dresses, mothers, daughters, 2010), quien es capaz de narrar con valentía su propia niñez. Para ello, combina animación con imágenes de archivo y pasajes documentales. Una infancia marcada por la pérdida de su padre, la depresión de su madre y la dureza de una Letonia indefensa subyugada al régimen comunista.

My Favourite War relata el despertar de la consciencia de un pueblo, a pesar del continuo enjuague político, mentiras gubernamentales y manipulación de la información, a través de la maduración personal de la propia Ilze. El filme está lleno de matices, conseguidos gracias al ilustrador noruego Svein Nyhus, quien da forma a los recuerdos de la directora, apoyándose en una gama de cálidos colores tierra. 

Festival de Sevilla 2020. Del espacio al lejano oeste

Teniendo en cuenta las nuevas medidas restrictivas por la pandemia, llegamos al martes con dificultades para dar un nuevo salto al espacio.

Por agosto del pasado año, 337 apartamentos de Gagarine (un barrio de la periferia de París) fueron demolidos por su insalubre situación. Fisuras, electricidad y otras instalaciones estaban obsoletas, por lo que un comité de expertos decidió derribarlos. Este es el escenario real que utilizan los franceses Fanny Liatard y Jérémy Trouilh para situar a su protagonista, Youri, sin familia, sobreviviendo en solitario en los descomunales edificios a modo de resistencia ante un inminente derribo. Soñador y apasionado por la astronomía, transforma una de las dependencias en una particular estación espacial, donde procurará sobrevivir y eludir la cruda realidad mediante viajes imaginarios al espacio.

Parte del metraje recuerda a la fantástica Alphaville, de Godard, mientras que algunos planos nos traen reminiscencia del cine de Kubrick y su 2001: Una odisea del espacio, o de Cuarón y su hipnotizante Gravity. Algunas partituras de la cinta también beben de la influencia de algunas claves musicales de Zimmer en Interestellar.

Hay talento en esta original historia, cuyo núcleo se compone de un onirismo donde la realidad física se torna más liviana y apacible gracias a los sueños y la imaginación de su protagonista. Sin embargo, la trama se desinfla cuando los directores se aferran más a una visión alucinatoria que a la narrativa original, y psicología del mensaje de libertad y pertenencia a nuestros orígenes. Querer contar tanto, en tan poco tiempo, puede acabar en una amalgama de clichés.

Sin embargo, también es de elogiar la astucia con la que el director recoge la dimensión visual de la historia, así como el análisis de psicología grupal («somos vecinos de la misma luna»), que otorga ritmo e interés, gracias a algunas imágenes insertadas (magnífica escena de la terraza nevada, que recuerda a la superficie lunar), y a un pulido diseño de producción.

Los franceses son cada vez más reconocidos por ser una fábrica imparable de filmes de animación, y si ya le sumamos contenidos de reivindicación social, es muy probable que copen las estadísticas en Europa.

Estamos en 1863, donde una niña inspirada en el fascinante personaje real de Martha Jane (Calamity Jane), participa en un convoy por el oeste de los Estados Unidos. Un día, y tras algunas riñas, decide abrirse paso en un mundo de hombres. Para ello, tendrá que demostrar a su pueblo su valía, enfrentándose a una serie de contratiempos.

Calamity (Rémi Chayé, 2020)
Calamity (Rémi Chayé, 2020)

Respaldada con el prestigioso Cristal al Mejor largometraje (Annecy, 2020), esta road trip movie presume de una efusión lírica que ya demostró su director, Rémi Chayé, en la maravillosa El techo del mundo (2015). Temas como el relativismo social y otros universales como la justicia, la amistad y la esperanza, se tratan con respeto.

Cuenta con una paleta de colores pasteles, con trazos  aparentemente sencillos, que encumbra el conjunto de la obra. Su narrativa, de estética de cómic francobelga, la hace reconocible, con un tratamiento de la naturaleza y los paisajes que evoca al más puro estilo westerniano de los maestros Sergio Leone o John Ford. La música hace crecer la escena, tornándose épica y decorando unas trepidantes escenas de acción. Unas aventuras que transforman al personaje de ser una «Calamity» a heroína por méritos propios.

Mario Escalona
Marina Zárate