Gary Cooper nació hace cien años y si no hubiera sido por un accidente de tráfico habría sido dibujante de cómics. Aquel accidente le hizo pasar días enteros montando a caballo, lo cual le serviría no poco en el futuro y gracias a ello se convirtió en extra en olvidadas y mudas películas del Oeste.

Su verdadero nombre era Frank Cooper, pero tuvo que cambiarlo por coincidir con el de un famoso delincuente condenado a la silla eléctrica.

Nadie como él fue capaz de interpretar al hombre bueno e íntegro y eso no se aprende por culpa de un accidente. Dotó a sus papeles de una humanidad que nacía sin duda de su personalidad y cautivó al público con su mezcla de candor y sobriedad.

En Beau Geste encarnó la lealtad y la nobleza alistándose en la Legión por culpa de aquel zafiro llamado «Agua Azul». En El forastero se las veía con el mismísimo juez Roy Bean. Fue uno de aquellos Tres lanceros bengalíes y entró en el mundo de Hemingway con Adiós a las armas. Otra vez La legión en Marruecos. Dio vida a Lou Gehrig, aquel torpe «piesplanos» leyenda del béisbol en El orgullo de los Yankies, y en Juan Nadie le vimos al borde del suicidio en la cornisa de un rascacielos. Y fue muchas cosas más. Fue El Sargento York, y fue el arquitecto idealista de El manantial y el militar audaz y duro que se afeitaba en seco en Tambores lejanos, y un cándido profesor en aquella revisión de Blancanieves y los Siete Enanitos que es Bola de fuego. Pero sobre todo fue el sheriff de Solo ante el peligro, aquella película de Fred Zinnemann que los críticos pusieron de vuelta y media en su momento. Su papel del sheriff Will Kane fue considerado una traición al género porque rompía el arquetipo del macho: no fue bien visto que no esperara tranquilamente a Frank Miller y a sus hombres. Ningún sheriff pasó nunca tanto miedo como el que interpretó Cooper; sin embargo, allí aguantó y allí esperó a Frank Miller. Entonces Gary Cooper se encontraba en la cima de su carrera y nadie caminó nunca por las calles polvorientas de los poblados del oeste con su elegancia, mientras el reloj amenazaba con marcar las doce y sonaba la balada High Noon, de Dimitri Tiomkin.

Solo ante el peligroTuvo una vida impetuosa que al final consiguió domar. Fue uno de los más grandes a pesar de poseer la técnica interpretativa más simple, que seguro no aprobaría ni las pruebas de acceso a ninguna escuela de interpretación. Su estilo consistía simplemente en estar allí, ante la cámara: como decía Azorín, «su gesto habitual, sobre todo en sus dudas, es pasarse la mano por lo bajo de la cara, como esperando disipar su íntima perplejidad, su íntimo desconsuelo…».

Fue uno de los grandes cuando se hacían películas más grandes que la vida, mientras que hoy muchos se afanan por mostrar en el celuloide solo lo más rastrero de la vida de los hombres. Porque hoy al cine le sobra prosa y le falta poesía. Porque Gary Cooper fue grande cuando por los platós campeaban tipos como Clark Gable, Burt Lancaster, Gregory Peck o Spencer Tracy. Y porque él, con su sola presencia, hacía a cada personaje inmortal. Y porque no debía ser mal tipo cuando alguien como Frank Capra decía que cada surco de su cara gritaba honestidad, y por ello le escogió para protagonizar a su Juan Nadie y al Mr. Deeds de El secreto de vivir. Cuando le concedieron un Oscar honorífico por toda su carrera y no pudo recogerlo porque la enfermedad ya le tenía agarrado, su amigo James Steward, al recibirlo en su nombre, dijo: «Tú eres historia del cine».