Enrique Llovet participó en algunas de las mayores superproducciones que se rodaron en España (Rey de reyes, La caída del Imperio Romano y El Cid, entre otras). Además llegó a entablar amistad con algunos de sus di­rectores como Anthony Mann o Nicholas Ray, así como sus pro­ta­gonistas, en especial Charlton Heston.

Está pasando sin pena ni gloria el cen­tenario del nacimiento del polifacético Enrique Llovet, un hombre imprescindible en la Historia del ci­ne español por su decisivo papel jun­to a Samuel Bronston.

Enrique LlovetPremio Nacional de Literatura, En­rique Llovet nació en Málaga el 15 de agosto de 1917 y murió en Ma­drid el 5 del mismo mes de 2010. Des­de muy joven se caracterizó por su carácter inquieto: estudió Derecho, Filosofía y Letras, Ciencias Polí­ti­cas y Económicas en Madrid, en la Sor­bona de París y en el Trinity College de Dublín. Diplomático y periodista, Llovet destacó como guionista, trabajando al lado de Samuel Brons­ton, Benito Perojo y Cesáreo Gon­zález. Participó en más de 30 pe­lículas, a la vez que desarrolló una importante carrera como autor tea­tral y adaptador de obras clásicas. También estuvo relacionado con la zarzuela, la radio y la televisión, así como la crítica de teatro, que lle­vó a cabo en el diario ABC. Desde es­ta tribuna mantuvo una intensa dis­puta dialéctica con el periodista Emi­lio Romero, director de otro pe­riódico de renombre, Pueblo.

Al igual que en el cine, gozó de un gran prestigio en el teatro, gracias a obras como El Tartufo, de Molière, dirigida y protagonizada por Adol­fo Marsillach y que Enrique Llo­vet adaptó a finales de los años 60. Este montaje fue considerado to­da una «bomba teatral y política» por­que se entendió que la adaptación de Llovet era una acerada crítica al Opus Dei, por entonces con un po­der en auge. Manuel Fraga estaba al frente del Ministerio de Información y Turismo y se habló de una cier­ta connivencia con éste, que des­confiaba de la creciente influencia del Opus. Veinte días después del es­treno de la obra en Madrid, hubo una profunda remodelación en el go­bierno y fueron los denominados tec­nócratas del Opus Dei los que coparon gran parte de los ministerios; uno de los que salió fue Fraga. Como la obra había pasado la censura no pu­dieron prohibirla, pero sí llevaron a cabo todo tipo de impedimentos pa­ra evitar que se viera en el resto de España, de modo que solo se pu­do representar en Madrid, donde ya se había estrenado, y en una gira por Iberoamérica.

Enrique LlovetEn Televisión Española Enrique Llo­vet fue adaptador, asesor de pro­gra­mas dramáticos y guionista de las series Las Sonatas, de Valle In­clán, y Las pícaras. Asimismo, dirigió en 1982 el popular programa 300 millones, que se emitía también en varias cadenas de Iberoamérica.
Sus inicios en el cine fueron fruto del azar. Acababa de publicar el ar­tí­culo Los héroes de Baler sobre los úl­timos de Filipinas cuando, al día si­guiente, en una tertulia en la que coin­cidía con escritores y cineastas co­mo Miguel Mihura o José López Ru­bio, uno de éstos le dijo que ese ar­tículo era excelente para convertirlo en el guion de una película que él mismo, Antonio Román, dirigiría. También fue el autor de la famosa habanera Yo te diré, que suena en Los últimos de Filipinas, y con la que obtuvo una gran repercusión y muy buenos ingresos como autor de la misma.

Su incorporación al «Imperio Brons­ton», como hombre de confianza de éste, no fue menos fortuita: coincidieron en el ascensor de un hotel de Berlín y en un minuto le ofreció un contrato como coordinador de guiones de las películas que iba a producir, trabajo por el que cobraría diez veces más: el equi­valente a casi 1.200 € a la semana. Por entonces, Enrique Llovet ha­bía cesado como diplomático en Te­herán. Mientras estuvo allí, escribió artículos para el diario ABC sobre la situación política de Oriente Me­dio con el seudónimo de Marco Polo; es­tos textos se publicaban también en medios de comunicación de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Ale­mania e Italia. Pero tuvo un incidente con el Ministro de Asuntos Exteriores, Pedro Cortina, por uno de estos textos, y no le quedó otra que dejar la carrera diplomática.

Llovet participó en algunas de las mayores superproducciones que se rodaron en España (Rey de reyes, La caída del Imperio Romano y El Cid, entre otras). Además llegó a entablar amistad con algunos de sus di­rectores como Anthony Mann o Nicholas Ray, así como sus pro­ta­gonistas, en especial Charlton Hes­ton, de quien admiraba la profe­sio­nalidad, disciplina y rigor con el que se preparaba los personajes.

A propósito de El Cid, surgió una le­ve polémica en España sobre su fidelidad histórica al personaje, pero Enrique Llovet fue tajante, le dijo a Arias Sal­gado, por entonces ministro, que ha­cían películas, no historia, del mis­mo modo que Shakespeare tam­po­co hizo historia al escribir Otelo o Mac­beth. Dotado de un gran ingenio no solo para escribir sino también pa­ra salir al paso de situaciones di­fíciles, solía recurrir a su acento an­daluz, que exageraba en estas ocasiones. Así, en 1970, durante su pa­so por México, tuvo un pequeño in­cidente con el Secretario (equivalente al Ministro) de Cultura cuando pro­nunció Oaxaca con «x», en lugar de con «j». Éste le recriminó que lo hu­biera hecho así y Llovet le respondió: «disculpe, Excelencia, si se me enfada, pediré un taji y me iré a ver al Presidente Nijon».

Enrique Llovet
Imagen de Los últimos de Filipinas (1945), de Antonio Fdez.-Román.

Sus últimos guiones cinematográ­fi­cos fueron Divinas palabras, de Jo­sé Luis García Sánchez, y ¿Lo sabe el ministro?, de José María Forn. Lle­vaba 20 años apartado del cine por­que no le ofrecían contratos. Se­gún contaba, pensaban que no po­día escribir guiones de películas que cos­taran menos de 10 millones de dó­lares. De vez en cuando aparecía al­guien que le decía: «esto, pero co­mo con Bronston«. En estos casos, él se limitaba a decir que no era po­sible, porque ni esa persona era Bronston, ni tenía su financiación, ni iba a rodar en inglés, ni tenía sus ac­tores.

A lo largo de las casi cinco décadas de estrecha vinculación con el ci­ne, Enrique Llovet jamás se sintió tentado a dirigir y es que en este sentido lo tu­vo muy claro; nunca se lo planteó por­que no estaba dispuesto a so­por­tar lo que, según él, aguanta un director.