Tedy Villalba tuvo un papel decisivo en las grandes producciones de Hollywood rodadas en España desde me­diados de los años 50 y du­rante más de 20 años fue un pilar fun­damental de la Academia de las Ar­tes y las Ciencias Cinematográficas.

Hace unos meses Sial Pigmalion sacó a la venta, en una cuidada edición, Un hombre de cine. Tedy Villalba. Conversaciones con Sol Carnicero, en el que se hace un esmerado repaso a la decisiva contribución de este profesional a nuestro cine.

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Villalba tuvo un papel decisivo en las grandes producciones de Hollywood rodadas en España desde me­diados de los años 50, desempeñó una labor muy relevante al frente de los famosos estudios Bronston y, cuando la aventura norteamericana llegaba a su fin, fue testigo de ex­cep­ción de los primeros éxitos de Pe­dro Almodóvar. Si esto no fuera su­ficiente para destacar la figura de es­te director de producción en el ci­ne de nuestro país, hay que recordar que du­rante más de 20 años fue un pilar fun­damental de la Academia de las Ar­tes y las Ciencias Cinematográficas.

De todo ello se habla en este libro imprescindible para conocer una parte muy importante de la historia de nuestra cinematografía. Lo hace, además, una persona que le conoció muy bien, Sol Carnicero, con quien convivió Tedy Villalba durante 35 años. Además de haber escrito varios textos sobre algunos aspectos de la historia del cine español, es poseedora de una prestigiosa trayectoria como directora de producción de algunas películas de Luis G. Berlanga, Josefina Molina, Pilar Miró y Jaime Chávarri, entre otros muchos.

Tedy Villalba
Foto del rodaje en España de la superproducción El Cid. Tedy Villalba y Chany Molina

Tal y como se pudo ver en la entrega del Premio de Honor de la Academia, Tedy, o Tadeo, como figura oficialmente, forma parte de una saga familiar dedicada al cine a lo largo de cinco generaciones en las que no se ha perdido ni el nombre ni el apellido, porque él ha sido nieto, hijo, padre y abuelo de otros tantos Tadeos Villalba dedicados al cine. Su abuelo fue pintor, decorador y director de arte esporádico en algunas películas; su padre sí fue un destacado director artístico que también inició una tímida carrera como productor, aunque con poca fortuna comercial; su hijo es productor y está más centrado en la televisión y, finalmente, su nieto también ha orientado sus pasos hacia la producción. Él heredó esa capacidad artística para el dibujo, que aplicó en la arquitectura y en el diseño de varias casas para sus amigos, pero fue, por encima de todo, un hombre de producción, una persona dotada de una gran capacidad para estar al frente de equipos muy numerosos y para diseñar un método de trabajo que fuera de gran eficacia en grandes producciones como Patton, donde además de los miles de figurantes intervenían decenas de carros de combate y aviones en escenarios muy alejados entre sí, como pueden ser Almería y Navarra. Como recuerda en el libro, resultó todo tan bien (supuso un ahorro global de 300 millones de pesetas de la época) y la Fox quedó tan absolutamente encantada con él, que estuvo varios meses en Los Angeles como invitado de honor. De otro lado, el Ejército español le nombró «Coronel honorario».

Tedy Villalba nació en Madrid en 1935 y con apenas quince años empezó a trabajar en el cine; era el chico del botijo, la clásica figura del chico para todo, que hoy se conoce en la profesión como runner. Tuvo ocasión de conocer a Orson Welles y a Ava Gardner, de quien poco después llegaría a ser muy amigo (durante el servicio militar que le tocó hacer en el norte de África recibió más de una llamada de esta actriz, para sorpresa e incredulidad de oficiales y reclutas). Una de las primeras grandes películas americanas en las que la labor de Tedy Villalba tiene un poco más de peso es Alejandro el Magno, de Robert Ro­ssen, un hombre vinculado al Partido Comunista y hostigado por el Comité de Actividades Antinorteamericanas, al que no le quedó otra que ir a Europa a seguir haciendo cine.

Stanley Kramer se había labrado un indiscutible prestigio como productor gracias a Solo ante el peligro, pero años después se decidió por la dirección. Su segundo largometraje fue Orgullo y pasión, rodado en España con un elenco de lujo: Cary Grant, Sophia Loren y Frank Sinatra, en la piel de un guerrillero español que lucha contra los franceses en la Guerra de la Independencia. Sinatra aceptó esta película por estar lo más cerca posible de Ava Gardner, su gran amor, y ahí es donde vuelve a entrar en escena Tedy Villalba, testigo de la compleja y tormentosa relación entre ambos y de la afición por el alcohol de la diva. En Salomón y la reina de Saba no presenció la muerte de su protagonista, Tyrone Power, por escasos minutos, pero gracias a ello conoció a Yul Brynner, con el que, tiempo después, le uniría una gran amistad.

Tedy Villalba
De izquierda a derecha, Eduardo García Maroto, Agustín Pastor y Tedy Villalba

A partir de 1959, cuando comenzó a trabajar para Samuel Bronston, entró en una nueva etapa profesional. Cada vez tenía más responsabilidades y además en producciones de enormes dimensiones como 55 días en Pekín o La caída del Imperio Romano, que requirieron unos decorados colosales como nunca se habían hecho antes en España. Bronston quería espectáculo, por lo que era partidario de levantar costosos decorados antes que utilizar maquetas. De este modo, los Estudios Bronston, antes Chamartín, se convirtieron en los más grandes de Europa junto a los de Pinewood en Londres. Otra de sus contribuciones a la mejor organización de la producción fue el establecimiento de un protocolo muy preciso y eficaz para convocar, mover y pagar a los figurantes, cuando éstos se contaban por miles en producciones de estas dimensiones.

En Rey de Reyes conoció a quien acabaría siendo presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, un mediocre actor metido en faenas sindicales. Nicholas Ray y los demás acabaron tan hartos de él que consiguieron echarle. Años después, cuando visitó España como máxima autoridad de los Estados Unidos, dijo que era la primera vez que venía a nuestro país; parece que quiso olvidar su insignificante presencia en esta película sobre Jesucristo. De una estrella de verdad como fue Charlton Heston, recuerda su tacañería: se llevaba las galletitas envueltas en servilletas de papel y descartes de madera de los decorados para la chimenea de su apartamento. En cualquier caso, nada comparable a soportar a John Wayne, quien celebró por todo lo alto el asesinato de Kennedy para desolación de su vecina de caravana, Rita Hayworth, incapaz de comprender que alguien pudiera festejar el asesinato de una persona. Bronston estableció un día de luto por respeto a Kennedy a pesar del deseo de Wayne y su amigo Henry Hathaway, director de la película y compañero de celebración, para que todo siguiera como si no hubiera pasado nada. Sucedió durante el rodaje de El fabuloso mundo del circo, en el que también vivieron el susto de ver cómo se escapaban dos leones del Liceo de Barcelona en medio de las Ramblas; afortunadamente no pasó nada y ni siquiera trascendió este hecho.

Tras la grave crisis que acabó con el emporio de Bronston, Villalba se incorporó a Doctor Zhivago, rodada casi íntegramente en España. No escasearon quebraderos de cabeza en esta producción, no tanto por el perfeccionismo de su director, el maestro David Lean, sino por el hecho de rodar en plena dictadura franquista una película ambientada, en parte, durante la Revolución rusa, con secuencias de manifestaciones de comunistas con miles de panfletos con la hoz y el martillo tirados al aire y la Internacional sonando a pleno volumen.

Uno de los grandes retos de este director de producción fue el diseño de todo el operativo de Patton. Había decenas de tanques de combate difíciles de mover, por lo que decidieron que en algunas secuencias pintarían cada lado de un color (uno para los tanques alemanes y otro para los norteamericanos); emplazarían cámaras en ambos márgenes de la carretera y así, con estos blindados, yendo en una única dirección, daría la impresión de que pertenecían a dos ejércitos que van a enfrentarse entre sí. Durante el rodaje de esta película en Navarra también se tomaron ciertas precauciones ante el riesgo de un atentado de ETA, que veía como una seria amenaza la numerosa presencia de carros de combate del Ejército español en la zona, aunque fuera con un fin tan inocente como participar en una película. En Patton también se hizo muy patente cómo la avaricia y los abusos fueron acabando con la gallina de los huevos de oro de los rodajes de grandes producciones en Almería.

Tedy Villalba
Tedy Villalba con Samuel Bronston

Mariano Medina, el hombre del tiempo por antonomasia para muchos españoles de cierta edad, fue un estrecho colaborador de Tedy Villalba, que recurrió a él en varias ocasiones para intentar saber, con cierta antelación, si llovería o no y, en función de esto, alterar el plan de trabajo. Eran otros tiempos, en los que había que guiarse más por la intuición que por instrumentos científicos y en los que Medina y Villalba se la jugaron en más de una ocasión.

Tal como se indica en este libro repleto de anécdotas y recuerdos, no todo fueron vivencias relacionadas con el cine, porque Tedy Villalba tuvo ocasión de conocer a los entonces Príncipes Juan Carlos y Sofía, así como asistir a la grabación de un discurso de Franco ante la presencia de Adolfo Suárez y Carrero Blanco. Sobre la muerte de este último, Sol Carnicero recuerda cómo días antes del atentado que le costó la vida, alguien del gobierno le dijo que Carrero Blanco iba a ser asesinado.

Durante su última etapa, Tedy Villalba estuvo entregado a diversas iniciativas de trascendencia como fue su ilimitada implicación con la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas y la creación de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid, ECAM, de la que fue su máximo responsable junto a Fernando Méndez-Leite. También desarrolló un ambicioso proyecto para que Madrid albergara unos estudios de cine a la americana, pero su intento fue en vano porque la Comunidad Valenciana presentó, con el aval de Luis García Berlanga, la propuesta de la Ciudad de la Luz en Alicante. Ésta fue la opción que finalmente salió adelante, cuyo triste final sucedió no hace mucho. Nunca sabremos qué habría ocurrido si hubiera prosperado la idea de Villalba, que sabía, y bastante, de esta materia.

Sol Carnicero señala al final de su libro cómo, tras el Premio especial de la Academia, se fue apagando la luz de este hombre que tanto aportó al cine español y que acabó falleciendo en Madrid el 20 de diciembre de 2009.