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Europa se pone on the road en MUCES

Las películas de la muestra de Segovia, de buena factura en general, expresan la interesante época de desconcierto e introspección en que se haya el continente

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Ángel Peña (Enviado especial FILA SIETE)

Cuando las cosas se ponen de castaño oscuro (casi negro), la narrativa nos enseña que ha llegado el momento de agarrar el petate y emprender la marcha. Más que para llegar a algún sitio concreto, para conocerse (y/o reconocerse) a uno mismo en el camino o sus alrededores. John Ford retrató como nadie la manera americana de realizar semejante esfuerzo vital. Lo bordó en el territorio mítico del western, por supuesto, pero también en otros contextos más explícitos, como en esa maravilla rodante titulada Las uvas de la ira: la peripecia de aquellos okies, americanos de pura cepa y pobres como ratas, en busca de la renovación del sueño inventado por los Franklin, Washington y compañía.

A la vista la realidad circundante (el telediario, por ejemplo), no parece que a la Europa actual le vaya mucho mejor que a los desarrapados de la Gran Depresión. En proporción, ojo, no nos pongamos apocalípticos, pero ya saben a qué me refiero. Así que, siguiendo el paralelismo, el invento de la nueva Europa postmoderna (llámese UE, Merkelandia, etc.) se llena de dudas. Ergo: carretera y manta.

Surge entonces La Cuestión: ¿Qué John Ford retratará nuestra búsqueda caminera? ¿Y cómo? Precisamente la Muestra de Cine Europeo de Segovia (MUCES), que se clausuró el martes pasado, se antojaba como una fantástica oportunidad para descubrirlo. Lo mejor de la producción europeo del año al alcance del consumidor. Alcance que no suele ser demasiado largo por estos pagos: mucho de lo visto en MUCES no llega ni a los arrabales del circuito comercial.

Dejando aparte posibles plañimientos ante las carencias narrativas de nuestro continente (en contraste con la fecundidad americana, y vale, sí: probablemente por el mejor manejo de la industria, pero a lo mejor el problema va más allá), realmente MUCES ha demostrado que hay cosas que ver en (y desde) esta Europa de nuestras penurias. Porque el movimiento se demuestra andando, y los cineastas europeos se han puesto on the road. Que no es poco. Vale que no tenemos un John Ford (¿todavía?), pero hay búsquedas interesantes.

 

Mujeres on the road

Así, saraos como éste dan para encontrarse a tipos como el alemán Christian Petzold, que propone un apasionante doble viaje con Bárbara. Primero, en el tiempo: la protagonista de la película, a la que da título, es una doctora desterrada del Berlín oriental de los años 80 por su estúpida pretensión de pensar libremente. Desafiante, dura, brillante, estoica, sobrevive a la acechanza de la policía secreta comunista mientras planea su huida a occidente. Ahí llega el segundo viaje, el espacial, que nos recuerda que hubo un tiempo en que media Europa tenía prohibido pasearse por según qué sitios considerados contaminantes por los totalitarios de turno.

La película es seca, cortante, magistral en la contención. No hay música, pese a, por ejemplo, la importancia simbólica de un piano (o precisamente para eso está el piano), y la doctora borda su prusiana entereza que pronto entendemos más heroica que fría. Hasta que en el último tramo, emprende un tercer viaje, el del sacrificio. Y la frialdad perfectamente calculada de la película nos derrite y se encienden las luces y entendemos que necesitamos más Bárbaras. Me recordó el lamento del mafioso Tony Soprano en la HBO: “¿Qué pasó con Gary Cooper, el tipo fuerte y silencioso que hace lo que debe?” Necesitamos héroes. Y, en este postmodernismo de cháchara insustancial, Bárbara habla lo justo y hace lo que debe en favor de quienes lo necesitan. Cueste lo que cueste.

Curiosamente, otra de las grandes películas de la muestra en este sentido (nunca mejor dicho) lleva en el título un nombre de mujer: Io sono Li (estrenada hace un mes en España con el título La pequeña Venecia, pues menudos somos). En estas páginas ya se han explicado las excelencias de esta joya de Andrea Segre. Lo curioso, a efectos de esta divagación mía, es el efecto que produce la llegada de Li, una mujer singular, una madre china con problemas para hacerse un hueco en la cultura europea, a una pequeña ciudad italiana y, en especial, al mundo interior de un pescador con alma de poeta. Atención a la sinopsis oficial de la película: “Es un viaje a lo más profundo del corazón de una laguna, madre y cuna de identidades, siempre en movimiento”.

Si esto no es on the road… Y digo yo que a lo mejor podemos redescubrirnos en la epopeya de esa nueva (de ayer mismo: Abraham, Ulises…) casta llamada “emigrante”. Tampoco creo que sea casualidad la condición de madre de Li. ¿Recuerdan el Personaje (así, con mayúsculas) de Madre Joad, otra emigrante, en Las uvas de la ira? Pues eso: necesitamos héroes y, como en Bárbara, encontramos… ¿héroas? Perdón por la tontería-neologismo, pero se me hace raro definir a mujeres como éstas, hechas de otra pasta y afortunadamente emergentes en estos tiempos de necesidad, como “heroínas”, palabra legítima, vale, pero que a mí me suena a viejuno diminutivo de algo muy grande o a material de yonqui ochentero. Manías.

Por cierto que Io sono Li ha ganado el Premio Lux que concede el Parlamento Europeo. Esperanzador acierto (a ver si empiezan a acertar en todo lo demás) al que se sumaron los espectadores de MUCES, que también podían votar, aunque de forma no vinculante.

Haneke, Seidl

Pero, para ser justos, no ha sido oro todo lo que relucía en esta ración de on the road europeo. Desde Francia, por ejemplo, llegaron a Segovia dos películas excelentes en lo formal y apasionantes en el contenido… pero terriblemente desesperanzadores en la resolución. El Amor de Haneke, recibida como la joya de la corona de la muestra, trata el viaje más radical posible, el camino del sufrimiento neto del amante que ve apagarse a su amada. El espectador se emociona viendo cómo un burgués amaestrado –de esos tan franceses, todos repintados de esa cultura oficial de ahora que les permite, encima, ir de antiburgueses– empieza a currárselo de verdad en la muy proletaria misión de limpiarle el culo a su mujer, impedida en los últimos días de su ancianidad. Final épico que se le ocurre al John Haneke Ford: la eutanasia como derrota total en la búsqueda del sentido cuando las cosas se ponen realmente feas. Y no mucho mejor en ese sentido (nunca peor dicho) resulta la otra propuesta francesa, En la casa, que busca en el arte el vehículo de escape. Gran idea: el arte nos puede señalar el camino. Pequeño problema: el argumento que intenta brujulear la búsqueda lo hace con originalidad y talento, pero cargado de cinismo, morbo y nihilismo. Más de lo mismo.

En cualquier caso, ojo, dos notables películas, con interpretaciones de quitarse el sombrero. Se pueden discutir sus contenidos –de hecho, ése es el gran privilegio de este tipo de saraos: ver, pensar, disentir, comprender…-, pero el estilo marca un camino, una búsqueda. Algo es algo. En este caso, cinematográfico, algo de calidad. No tan admisibles en ese sentido me parecen cosas como las dos películas del austríaco Ulrich Seidl. Con el título común de Paradise desvelan las paradojas de la religión y el amor de la aburguesada Viena de hoy. A saber, en Paradise: Faith, ponen a una señora a caminar por Viena y por tierra de misiones para representar a algo así como el supuesto prototipo de la lumpen burguesía (con perdón) de la Europa decadente; on the road urbano a lo Joyce, pero con una patética Ulises obsesionada con una parodia de la religión. Que queda conveniente deconstruida, claro. Como el amor en Paradise: Love, después de que una obesa lamentable viaje a Kenia a implorarle cariño a unos patéticos africanos que se menean desnudos en una desmesurada falta de pudor. Me parece admisible proponer una opción radical, pero pasar la línea de la pornografía y refocilarse en el mal gusto es otra cosa. Una pena porque los actores rebosan frescura y al guion no le falta ingenio.

 

Garrrone, los Taviani

Acepto y me sumo a la teoría de que el cine, como cualquier narrativa, debe indagar en las contradicciones de una realidad que a veces asumimos con excesivo automatismo, pero personalmente prefiero que intenten aportarme alguna alternativa. Por ejemplo, los representantes italianos, además de presentar propuestas cinematográficas sólidas, esbozan soluciones a los problemas que plantean. Aunque, para qué vamos a engañarnos, la factura final muestra un desánimo evidente (que tampoco andan las cosas muy finas por la pobre Italia).

Reality me pareció un fresco muy sugerente de la amistad, la familia y los valores de siempre renovados en un Nápoles que el mismo Garrone de Gomorra descubre como vivible desde la perspectiva adecuada. El problema es la intromisión de los círculos infernales del consumismo, el famoseo y el materialismo más vacío, en este caso encarnado por el ¿programa? de ¿televisión? Gran Hermano. Un cura lanza un mensaje preclaro: el gran reto de hoy es separar la apariencia de la verdad. Por un momento parece que la salvación del protagonista, a través de la familia y la amistad, es posible, pero en el desenlace llega la carcajada más triste que yo recuerde en muchos años de cine. Notable, en todo caso, esta Reality.

Y también valiosa César debe morir, con su interesante, aunque dura, reflexión sobre la capacidad del arte para redimir nuestras esclavitudes; la metáfora –unos presos que preparan una obra de teatro- puede resultar excesivamente retórica, pero consigue su objetivo: hacer que pensemos un poco.

 

 

Europa Oriental

En otras propuestas, la alternativa peca justo de lo contrario: una excesiva ingenuidad. Como en Sneakers, donde varios jóvenes coinciden en una aventura utópica, de tufillo tirando a hippie, en la Bulgaria actual. En un ambiente en el que aún sobrevuela el estilo totalitario y se intuye lo peor del liberalismo excesivo, el protagonista coral se reinventa tras el viaje a una playa en una comuna de almas cándidas, más o menos refrescantes, pero tan poco creíbles como las interpretaciones entre la sobreactuación y el estereotipo. Y, sin embargo, me despertaron algo… No sé, quizá quise ver una especie de embrión de héroe, un Aquiles adolescente. En todo caso, siempre me ganará un final en el que un personaje pregunte “¿A dónde vamos?”, y otro, el líder del grupo, responda “No sé… Al oeste”.

Algo tienen, algo ilusionante, estos tipos de la Europa Oriental. A lo mejor un oeste que conquistar, quién sabe. Así, menos ingenuo, pero también intenso e incluso hipnótico a ratos, me pareció el viaje al oeste que hacen los personajes de la húngara-rumana-polaca (nada menos) Aglaja. Una familia de artistas de circo huye de la Rumanía de Ceacescu para encontrarse con que a este lado del telón de acero hay libertad, sí, pero sigue acechando las tentaciones del mal, que la felicidad no la asegura ningún sistema político, aunque algunos dificulten su búsqueda más que otros. Al final de la peripecia, la protagonista comprende que para ser libre hay que hacer algo más que saltarse el telón político: algo tan drástico, en su caso, como cortarse la coleta (literalmente) para desconectarse de una forma de vida viciada. Interesante…

Parecido mensaje al que deja la rusa Mariposa de acero, de nuevo con actuaciones demasiado estereotipadas pero con un buen sentido del ritmo, buena mano en la dirección y unos escenarios muy sugerentes. Y para amantes de la metáfora geopolítica, atentos: la protagonista, una rusa adolescente marginal pero fuerte y lista, se enamora de un rudo pero honesto policía (el parecido físico con Putin es hasta un poco estremecedor) e intenta salir de su difícil situación a dentelladas. Su buen corazón sale a relucir al darnos cuenta que sólo quiere que la quieran, especialmente cuando van a llevarla al orfanato y se derrumba: “Ése no es mi sitio”, dice entre lágrimas. Ergo, carretera y manta. El título, por cierto, se refiere a la navaja que maneja con precisión. Pues eso. Cuidadito con Rusia.

Rebollo, Trueba, Cortés

Sobre la versión española de estos avatares del destino cinematográfico europeo, me quedo con tres flashes. El muerto y ser feliz propone el viaje de un español, enfermo terminal, por Argentina, donde se solaza con la capacidad evocadora del camino en sí. O sea, más on the road. Y en la sección Una de las nuestras, me llamaron la atención dos películas cuando menos curiosas.

En Atraco, Eduard Cortés consigue que dos formas bien diferentes de hacer comedia, el español y el argentino, aparezcan con toda su personalidad pero eficazmente casados; quizá sólo el pero de desperdiciar un tema –el viaje, otra vez el viaje, de dos peronistas argentinos a la España de Franco- que podría haber dado para una complejidad mayor.

Por su parte, David Trueba hace en Madrid, 1987 un interesante on the road generacional: un escritor cínico y de perfil muy reconocible, espléndidamente interpretado por José Sacristán, dialoga con una joven universitaria en el Madrid de la sacrosanta Movida; de la anécdota que lanza la trama –se quedan encerrados en un baño- surge un torrente de asuntos muy peliagudos. Su pero correspondiente: ¿de verdad era necesario recrearse tanto en el despelote de María Valverde?

Y, más allá, una tonelada de películas, que no voy a pormenorizar para no cansar más (aún) al lector.

Mucho on the road, ya digo, como el peculiar viaje, en Superclásico, de un danés cuarentón y borrachuzo a un Buenos Aires de pandereta en busca de su maltrecho matrimonio, trayecto que se revela como de ida y vuelta del surrealismo al surrealismo, sin parada en solución alguna; o la tramposa pero entrañable peripecia vital por toda Finlandia de un padre y un hijo que ofrece el Road North, de Mika Kaurismäki. Por no hablar de la gloriosa posibilidad de ver en pantalla grande El sur, de Víctor Erice, o Alicia en las ciudades, de Wim Wenders. Que nos enseñan, entre otras cosas, que el on the road traspasa épocas y fronteras. Sí, pero me da a mí que ahora hace más falta que nunca… siempre que vengan con sus héroes correspondientes. O héroas. ¿Y si resulta que son ellas las que…?

MUCES ha sido una excelente atalaya desde la que mirar hacia el horizonte. Y algo se aproxima. Quizá sean ellas. Desde esta Segovia ya curtida en mil batallas parece escucharse el eco de aquella frase acuñada en los tiempos de la Reconquista, cuando empezábamos a hacernos: “Ancha es Castilla”. No sé me ocurre mejor llamada al on the road. Ancha es Europa.

 

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MUCES 2012. Receta contra la crisis: más calidad, menos glamour

El director de la muestra, Eliseo de Pablos, hace balance de la edición 2012 y se reafirma en lo adecuado de la fórmula, que cumple su VII edición.

Ángel Peña (Enviado especial FILA SIETE)

Más cine y menos pamplina. Básicamente, ése es el argumento con el que la Muestra de Cine Europeo de Segovia (MUCES) acaba de completar la insensatez de organizar un sarao cultural de enjundia con la que está cayendo (la crisis, sí, la crisis). Y, para colmo, con un notable éxito. Más de 25.000 espectadores, 96 películas de 31 países, 142 pases, casi todas las salas llenas, cerca de dos mil niños en el Pequeño Estudio de Cine…

El director de MUCES, Eliseo de Pablos, reconoce que no fue fácil: “Hemos notado los reajustes que nos han hecho todos: ministerio de Cultura, Caja Segovia, la UE. Pero ninguno de los patrocinadores tradicionales nos ha dejado, y lo que han recortado lo hemos compensado con otros nuevos”. Y se da con un canto en los dientes: “Estamos muy contentos con todos los patrocinadores. Hay que tener en cuenta de que han desaparecido festivales con mucha tradición, y otros de mucho peso han sufrido grandes recortes”.

El truco, sin embargo, está más allá de esta necesaria búsqueda de dinero debajo de las piedras. Tiene que ver con un estilo. Lo explica De Pablos: Aunque siempre se pueden mejorar cosas de organización interna, estamos muy satisfechos de nuestro modelo de festival. Además, resulta muy apropiado para estos tiempos de crisis, porque se fija en la calidad, en detrimento del glamour, de la presencia de grandes estrellas y demás. Aquí viene quien quiere venir, no hemos pagado nunca a nadie por venir”.

Y este año vino alguien tan interesante como Iciar Bollaín, por ejemplo, que no anuncia cafeteras, pero tiene muchas cosas que decir. Del cine. Que es de lo que se trata. Recortando alfombra roja se puede permitir a mucha gente ver un buen ramillete de películas diferentes, excéntricas al multicines de turno, de ésas que aquí en Segovia, ay, se echan tanto de menos. Y si el precio está entre los cero y los dos euros… Ante esto, detalles mejorables como las complicaciones para la compra de entradas por Internet o la incomodidad de alguna sala (la infraestructura de Segovia en este sentido es la que es, por otro lado) queden en meras anécdotas.

Ante eso y ante la parte menos visible pero, quizá, más interesante de la muestra: el esfuerzo pedagógico. Esas iniciativas de las que ya hablé en un reportaje anterior –talleres, debates, el Pequeño Estudio de Cine, los “minutos Lumière”…- y que redundan en beneficio de una cultura cinematográfica propicia para la creación de ciudadanos más despiertos. Eliseo de Pablos sabe de la importancia de ese aspecto y, por eso, cuando se proyecta la muestra a un futuro cercano, tiene como reto fundamental desarrollar más esta faceta: “Es fundamental enseñar a los niños y jóvenes españoles a ver cine europeo para que sean futuros demandantes de nuestras propias películas. Así no seguirá dando esta absurda paradoja según la cual somos uno de los países que más películas producimos en Europa… pero después no las vemos. Mis hijas son francesas y lo saben todo del cine francés porque se lo enseñan desde la guardería. En España no pasa eso, y creo que hay trabajarlo”.

Mientras se confirman sus líneas fundamentales –más calidad que glamour y acento en lo pedagógico-, la muestra sigue creciendo en difusión en los medios e incorpora nuevas iniciativas, algunas tan suculentas como la unión de gastronomía y cine: una veintena de los excelentes restaurantes segovianos han ofrecido menús especiales por menos de 20 euros y con platos de enjundia. De Pablos se congratulaba del notable aumento de espectadores de fuera de Segovia, especialmente de Madrid, por aquello de la cercanía. La calidad de una muestra que se consolida a pasos agigantado tiene mucho que ver, pero unos judiones de la Granja y un cochinillo por 15 euros también ayudan.

En definitiva, el MUCES ha cerrado una semana muy completa. En Segovia se ha podido ver una muestra perfectamente representativa del cine que se está haciendo actualmente en Europa. Lo que ese cine nos ha dejado en la retina es otra cuestión, que trataré más adelante con detalle. Pero lo importante es que hemos podido verlo: hemos podido vernos.

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