Lejos de constituir un relato aséptico de un conjunto de hechos históricos, The Crown desvela las luces y sombras, los aciertos, errores, y controversias derivados de la toma de decisiones del gobierno y la monarquía in­glesa durante el reinado de Isabel II. La cabecera transmite este enfoque.

Los títulos de crédito ejercen, por similitud, el papel que el marco ocupa en una obra de arte, dotándoles de un interés que va más allá del meramente informativo. Pue­den concebirse como parte de la obra, a modo de in­troducción, como un comentario a la misma o simplemente como algo autónomo. En cualquier caso, han de man­tener cierta relación, por vaga que sea, con el estilo de la historia que preceden, captando la atención, ambientando y preparando al espectador para lo que va a pre­senciar acto seguido. Las series de televisión nos han re­galado auténticas obras de arte en este terreno. Desde 1976 se otorga un premio Emmy en la categoría de mejores títulos de crédito, y desde 1992 se incluyó un galardón a los temas principales, esto es, a las sintonías que suenan en esas cabeceras. Todo un reconocimiento a quienes crean la puerta de entrada al universo de los se­riales televisivos.

La ambiciosa serie The Crown (2016), de Netflix y Left Bank Pictures, aborda las rivalidades políticas e intrigas per­sonales del reinado de Isabel II, explorando el delicado equilibrio entre la vida privada y la vida pública de una mujer convertida en monarca desde temprana edad, y que ostenta en nuestros días el lugar de la soberana más anciana del mundo. Galardonada con diferentes pre­mios, ha recibido elogios de la crítica por las actuaciones, dirección, guion, valores cinematográficos y de pro­ducción y por la precisión histórica de los relatos del reinado.

The CrownLa recreación elegante y clásica, que se hace a lo largo de los capítulos, de la Casa de los Windsor, se plasma des­de el primer instante en los títulos de crédito. Sombríos y lujosos, se erigen en preludio y síntesis del relato na­rrativo de los últimos años en el trono del popular rey Jor­ge VI, y, tras su muerte, de los inicios en el mismo de su hija heredera. La secuencia, realizada digitalmente en tres dimensiones, recrea, a través de imágenes de gran belleza plástica, la formación de la corona, metáfora del inicio y consolidación del reinado de Isabel II, al ritmo de la majestuosa melodía del maestro Hans Zi­mmer.

The CrownLejos de constituir un relato aséptico de un conjunto de hechos históricos, la serie desvela las luces y sombras, los aciertos, errores, y controversias derivados de la toma de decisiones del gobierno y la monarquía in­glesa durante el reinado de Isabel II. Y, en esa narra­ción, revela la personalidad, los sentimientos y el carác­ter, esto es, el rostro más humano, de quienes fueron pro­tagonistas de estos acontecimientos. La cabecera trans­mite este enfoque a través de imágenes que, entre cla­roscuros, nos muestran, a un tiempo, la belleza del ma­terial y el brillo de las numerosas piedras preciosas en­garzadas en la corona, junto a las numerosas aristas y formas afiladas que la conforman. Las primeras resaltan la opulencia de la casa real que sustenta el reinado, mien­tras las segundas son símbolo de las obligaciones cos­tosas, y en muchos casos poco agradables, a las que Isa­bel II ha de hacer frente como monarca de Inglaterra. Ya que, como señala la propia reina, “for better or worse, the Crown has landed on my head”.

La secuencia está integrada en su mayor parte por pla­nos detalle del proceso de modelado de la corona. La es­tética recuerda a los trabajos previos de Elastic con lí­quidos en la cabecera de la serie Marvel’s Daredevil (2015), perteneciente a Netflix. En The Crown vemos oro líquido, fundido, que se ramifica, entreteje y solidifica. La sucesión de imágenes que retratan este proceso ex­hibe la textura y magnificencia del metal, junto al brillo de las gemas engastadas en la corona. No tenemos una vi­sión de conjunto de la corona hasta el final de la secuencia, donde ésta se muestra en penumbra, con un fil­tro de desenfoque, que aporta cierta áurea de misterio y su­blimidad a la misma. Esta estrategia concurre a gene­rar interés, captar la atención y mantener al espectador en tensión hasta el final, al tiempo que contribuye a en­fatizar la grandiosidad de la corona. La soberbia imagen que de ésta se muestra traslada al espectador cierta sen­sa­ción de peso abrumador. No olvidemos que reinar, es ser­vir. Poseer derechos y deberes. Es, en última instan­cia, asumir, en soledad, una preciosa carga.

The CrownLa simbología de las imágenes es elocuente. El oro lí­quido que se solidifica progresivamente nos recuerda el hecho de que nacer en el seno de una familia real no es sinónimo de buen gobierno. Una reina no nace, se ha­ce. Reinar, gobernar un país, una nación, es un arte que hay que aprender, que se construye con la toma de de­cisiones de mayor o menor envergadura, de detalles gran­des y pequeños, de respeto a la tradición y apertura a nuevas formas que se adapten a los tiempos, a las circunstancias y necesidades del momento; un saber hacer que, bien entretejido, construye una trama fuerte, sólida, regia. Quien sustenta la corona ha de asumir, como ya se ha mencionado, el coste de la soledad, sentimiento que emana en los últimos fotogramas de la secuencia y que, así mismo, transmite la imagen del cartel publicita­rio de la serie.

Los monarcas británicos ostentan el título de gobernador supremo de la Iglesia de Inglaterra, título relevan­te que tiene, fundamentalmente, sentido simbólico. Una de las imágenes más expresivas, en este sentido, es la que nos muestra un detalle de la corona en forma de cruz.
Los colores dominantes son el oro, negro, la gama de grises azulados y el blanco. Colores sobrios y regios, sím­bolo de riqueza, poder, elegancia y tradición.

The CrownJunto al simbolismo de las imágenes destaca el empleo de letra serif, sencilla y elegante. De color blanco, em­plea mayúsculas y versales, denotando firmeza y esta­bi­lidad. Una tipografía para un reinado que conjuga la tra­dición, el clasicismo y el protocolo con un aire de modernidad, introduciendo ciertos cambios en los modos de hacer que renueven la imagen de la monarquía, acer­cándola al pueblo y a su realidad. Un ejemplo en es­te sentido lo constituye la filmación y retransmisión te­levisiva de la ceremonia de coronación de Isabel II por su­gerencia de su marido y consorte, Felipe de Edimburgo.

El título de la serie es el último en hacer su aparición, después de la imagen final de la corona. Sobre un fondo sólido de color negro, centrado en el espacio com­positivo, refuerza la idea de equilibrio y solidez del rei­nado.

The CrownLa música de Zimmer presenta de modo suave, en sus pri­meros acordes, el nombre de los actores principales; po­co a poco va elevando, de modo gradual, la intensi­dad y fuerza de la melodía, alcanzando el punto de infle­xión en el instante en que vemos cómo se solidifica el oro líquido, momento en el que las notas se vuelven enérgicas, vi­brantes. Una melodía lujosa y sumamente cinematográfica en un montaje narrativo, que expone metafóricamente el proceso que experimenta la reina Isabel II a lo largo de los primeros años de su reinado, donde la inex­periencia y juventud darán paso a la madurez y al cri­terio en la toma de decisiones de gobierno, gracias al con­sejo de quienes le ayudan en esta tarea.

En resumen, la secuencia inicial de The Crown consti­tu­ye la obertura, la antesala, el anuncio de la llegada a palacio del invitado principal. Una cabecera digna de una reina.

• Año: 2016
• Estudio: Elastic
• Director creativo: Patrick Clair

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Diseñadora gráfica. Profesora universitaria. Doctora en Publicidad y Comunicación Audiovisual. Economista. Jefa de la sección “Mucho Crédito”