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Sandra, Leo y lo que queda de Hollywood

Sandra Bullock y Leonardo DiCaprio son los dos últimos grandes astros de Hollywood

Hollywood sigue cambiando a velocidad de vértigo pero aún hay dos actores que, sólo con su presencia, llenan una pantalla y una sala de cine en Hong Kong, Sudáfrica o Cracovia. Más que sucesores son los supervivientes del star system de Hollywood que tuvo su edad dorada en los años 40 y 50 con actores como Humphrey Bogart, Rita Hayworth, Grace Kelly, Audrey Hepburn o Cary Grant.

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Sandra Bullock: la chica que ganaba a los chicos

En 2009 Sandra Bullock ya fue la actriz más rentable con dos películas (La proposición y The Blind Side, por la que ganaría el Oscar). En total más de 500 millones de dólares ingresados, 5 veces más de lo que se gastó para hacer esas películas. 2013 vuelve a ser un gran año para ella. Se habla de una inminente nominación al Oscar por Gravity que ya ha superado los 200 millones de dólares en la taquilla mundial (costó 80). También este año ha obtenido una buena respuesta del público con la comedia Cuerpos especiales, que ya se ha convertido en la película de acción protagonizada por mujeres más rentable de la historia del cine (170 millones en todo el mundo).

Leonardo: el Oscar le vendría pequeño

Sólo le queda ganar un Oscar. A pesar de ser nominado tres veces, la primera de ellas con apenas 19 años (¿A quién ama Gilbert Grape?), Di Caprio no ha logrado la preciada estatuilla. Cosas de la suerte y decisiones incomprensibles de la Academia, pero está claro que este chico de oro es el gran heredero de los Newman, Dean o Redford. Sus películas no conocen el fracaso; siempre superan los 200 millones de dólares ingresados con holgura, y los grandes directores no dudan en contratarle para asegurar el éxito de sus proyectos (Luhrmann, Clint Eastwood, Spielberg, Scorsese o Quentin Tarantino).

Hay un texto de El gran Gatsby, novela recientemente adaptada por el director de Moulin Rouge con DiCaprio de protagonista, que define perfectamente la magia de este actor en pantalla.

«Sonrió comprensivamente, mucho más que comprensivamente. Era una de esas raras sonrisas que llevan consigo la cualidad de tranquilizarlo a uno para siempre, y que no llegamos a ver más que cuatro o cinco veces en la vida. Una sonrisa que se dirigía o parecía dirigirse al mundo entero, por un instante, para luego concentrarse en tu persona con un irresistible prejuicio a tu favor. Te había comprendido hasta ahora como querías ser comprendido, había creído en ti como querrías creer en ti, y te había convencido que tenía de ti la impresión exacta que tú, en tu mejor momento, esperabas transmitir»