Whiplash deslumbra en la Seminci 2014

La SEMINCI es sinónimo de buen cine y un año más se repite el milagro

Miles Teller y J.K. Simmons en Whiplash
Miles Teller y J.K. Simmons en Whiplash

Whiplash deslumbra en la Seminci 2014

Whiplash deslumbra en la Seminci 2014 | Fernando Hdez Barral le pone el termómetro a un certamen muy suyo. Del entusiasmo al pateo.

No hay festivales grandes y pequeños cuando un certamen tiene su propio latido. Si Cannes es el mercado global y cosmopolita y Sitges la gran miscelánea podría decirse que Valladolid funciona como el último reducto del cine de autor. Un año más Javier Angulo y su equipo dan la batalla seleccionando lo mejor del panorama cinematográfico internacional con esa peculiar mezcla de sincretismo y heterodoxia que se permite en los márgenes del sistema.

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Valladolid no es un grande pero quizás gracias a ello puede presumir de libertario. La sección oficial no debe favores y tanto los nombres –Dardenne, Liv Ullman, Schlöndorff– como las novedades delatan una “intención” ausente a veces en otros eventos más mediáticos. La SEMINCI es sinónimo de buen cine y un año más se repite el milagro.

En primer lugar entre lo visto hasta ahora destaca Whiplash de Damien Chazelle quizás la película americana del año con Boyhood. La ópera prima huele a premios para sus intérpretes –el veterano J.K. Simmons, el neófito Miles Teller– y aunque ya ganó en Sundance su estrella puede brillar en la ceremonia de los Oscar. Es un relato poderoso, un encuentro inesperado entre La chaqueta metálica y Ocho millas y nada ajeno a la gran tradición de los Rossen o Eastwood. Sin embargo lo que sorprende en esta historia de jazz, sudor y sangre es el perfecto equilibrio entre historia y puesta en escena; el montaje –sincopado como un solo de batería de Art Blakey– tiene mucho que ver en el haber del brillante resultado. Ovación y vuelta al ruedo.

En el lado contrario la SEMINCI permite lo contrario al aplauso: el pateo, la audiencia muestra su disconformidad golpeando la tarima del Teatro Calderón. Dos películas han sido pateadas hasta ahora, la belga Lucifer y la española El arca de Noé. Ambas muestran que para hacer cine no basta con un puñado de modelos mal digeridos.Si se quiere rodar a la manera de Carlos Reygadas no basta con filmar planos estáticos bien compuestos y llenarlos de feísmo. El caso de la cinta patria es paradigmático. Sólo la definición de los tres protagonistas, un sanador tarado que trabaja como vigilante nocturno, un fallero que construye máquinas del tiempo y una anoréxica que roba en supermercados sirve para sugerir lo inútil de la propuesta.

«El arca de Noé»

Al igual que Whiplash, otras dos cintas interesantes acerca de la figura del mentor, el maestro, la guía espiritual. La francesa Les heritiers con una maravillosa Ariane Ascaride narra la metamorfosis –basada en hechos reales- de una conflictiva clase de adolescentes gracias a una experiencia sanadora alrededor de la memoria del holocausto; la también gala Marie Heurtin revisita el tema tan caro a Truffaut o Penn del ingenuo salvaje, la sobrecogedora historia de la niña sorda y ciega del título que fue educada por una heroica monja a finales del siglo XIX y se convirtió en referente y esperanza para muchos enfermos desahuciados.

Por último reseñar –habrá una mención más extensa por alguno de mis compañeros- la ligereza y simpatía de la cinta de Schlöndorff. Diplomatie se centra en uno de esos momentos estelares de la humanidad tan caros al cine europeo de qualite. Afortunadamente soslaya la gravedad y entrega un morality play chispeante bordado por dos viejos cómplices, los inmensos Andre Dussollier y Niels Arestrup.

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