El Señor de los Anillos: Las dos torres: Del libro a la película, ¿es necesaria la literalidad?

Las dos torres: Del libro a la película | Cuando un guionista se enfrenta con un relato desconocido tiene derecho pleno a hacer los cambios que desee para hacer comprensible una historia al público de su tiempo -si éste ha cambiado- o para adaptarlo a la expresión fílmica, que es muy diferente a la narración escrita, pero ¿es esto necesario cuando el relato que se intenta adaptar a cine tiene una fama que precede a la película, que le da valor y que -con toda seguridad- se mantendrá cuando los ecos de la versión cinematográfica se hayan extinguido? Esa duda ha suscitado Las dos torres, segunda parte de El señor de los anillos, a algunos amantes del cine que antes lo fueron de la versión original de esta obra.

Es indudable que no puede hacerse una versión estricta de la obra, salvo que los espectadores permanecieran en el cine para cada parte de la obra el mismo tiempo que estarán para las tres. No considero que estemos pidiendo eso: el guionista debe recortar el trazado de la obra escrita, darle una agilidad y un tempo diferente. Además, una obra esencialmente musical y auditiva como El señor de los anillos es difícilmente reproducible en estos aspectos. El problema se inicia cuando el guionista elimina aspectos de la obra pero introduce otros, lo que supone un gasto concreto de tiempo fílmico. ¿Por qué hace esto? No puede aducirse el argumento de que la película precisa esos recortes, pues el metraje que se ha dedicado a las nuevas escenas podría haberse empleado en las antiguas.

«Mentalidad contemporánea»: no, gracias

La cuestión es más aguda: ¿qué hace que un guionista modifique un argumento de una obra escrita? Se me ocurren dos respuestas a esta pregunta, aunque podría haber otras: la consideración de que la nueva solución es mejor que la antigua; el planteamiento de que la nueva solución será entendida con mayor facilidad por la mentalidad contemporánea, sobre todo si el tiempo nos aleja irremisiblemente de la primera mitad del siglo XX en que Tolkien concluyó la Trilogía.

El señor de los anillos. Las dos torres
El señor de los anillos. Las dos torres

La primera posibilidad se nos presenta algo aventurada. Es cierto que el atrevimiento es una de las mayores virtudes -y de los mayores defectos- del ser humano, pero considerar que una fórmula que ha dado éxito universal a una obra deba ser remendada, se nos antoja excesiva. En realidad, buena parte de la segunda posibilidad está ya censurada pues el reconocimiento de esta obra no proviene de un pasado lejano que precise adaptación. Los mismos niños que ven la película son los que desean profundizar en las historias que aparecen relatadas más extensamente en el libro. Sin embargo, es perfectamente posible que al guionista -como hombre de nuestro tiempo- se le hagan más creíbles otras versiones de la historia y transforme-deforme el relato original.

Es importante advertir que no se trata de cuestiones referentes a la magia o a la aparición de seres fantásticos. El guionista no tiene ningún problema en reflejar seres extraordinarios, como esos excelentes Ents o los temibles Uruk-hai, pues todos partimos del hecho universalmente aceptado de que pertenecen al mundo de la fantasía, y éste es constitutivamente libre: en él, cada uno puede hacer lo que quiera. Lo que ocurre es que El señor de los anillos no sólo es un libro sobre acontecimientos mágicos o fantásticos.

Las dos torres: Del libro a la película: Relectura parcial de la épica

Es la consideración de que esos hechos se intercalan en la vida ordinaria de cada hombre y le llevan a ser mejor. Hay un profundo sentido ético, de grandeza cotidiana, en la épica de Tolkien. No sólo -ni principalmente- en la fuerza ecológica de su obra, tan resaltada por la película, sino sobre todo en la consideración de que cada persona, con independencia de sus condiciones físicas o mentales, de su papel social o de su grandeza de orígenes, tiene un papel que jugar y en esa función irreemplazable, consiste la excelsa dignidad de su vida.

La sorpresa de El señor de los anillos -en la que radica no sólo buena parte de su atractivo sino también de la verdad que el relato intenta trasmitir- es que junto a Elfos extraordinarios y a príncipes escondidos en el ropaje sucio y desaliñado de un Dudenaím- aparecemos nosotros, personajes ordinarios y anónimos, muchas veces enanos, otras veces simples Hobbits hogareños, que no sólo tienen en la obra un papel de teloneros sino que se terminan convirtiendo en los actores principales del drama. Es lo que Aragorn indica al principio de Las dos torres, refiriéndose a sí mismo: «cuando los grandes caen, los pequeños ocupan su lugar» . Por eso, no es una simple narración fantástica sino un relato en el que se unen -a narraciones lúdicas de índole imaginativo- sesudas reflexiones sobre el hombre.

El señor de los anillos. La dos torres, de Peter Jackson
El señor de los anillos. La dos torres, de Peter Jackson

Así, cuando Éomer -Tercer Mariscal de la Marca- se encuentra con el extraño trío, formado por un hombre, un elfo y un enano, que además le relatan historias más extrañas todavía, se siente como el hombre contemporáneo movido por mil fuerzas que no es capaz de comprender y ante las que siente que las respuestas de antaño carecen de valor («¿Cómo encontrar el camino recto en semejante época?») y parece impone un cierto relativismo, recibe la clara enseñanza de Aragorn: «Como siempre. El mal y el bien no han cambiado desde ayer, ni tienen un sentido para los Elfos y Enanos y otro para los Hombres. Corresponde al hombre discernir entre ellos, tanto en el Bosque de Oro como en su propia casa» .

Las dos torres: Del libro a la película. Tolkien y el héroe cotidiano

En Tolkien reside un convencimiento de que el hombre común -«el viejo bebedor de cerveza, forjador de credos, luchador, frágil y sensual» que diría Chesterton (tan cercano a la descripción de cualquier Hobbit)- es capaz de una grandeza singular. Reaccionan contra esa concepción elitista que -derivada de Nietzsche – llena nuestras cabezas: «casi todas las palabras que convienen al hombre vulgar han terminado por quedar como expresiones para significar «infeliz», «digno de lástima», (véase miedoso, cobarde, vil, mísero, las dos últimas caracterizan al hombre vulgar como esclavo del trabajo y animal de carga) .

Cuando en un contexto de una gran épica general se reducen estos valores, puede ser fruto de una mirada excesivamente cautelosa por el espectador, o tal vez porque al guionista -excelente trasmisor de nuevas mentalidades- le empieza a resultar dura (para sí o para otros) esa épica en lo cotidiano, que refleja de por sí la obra. ¿Dónde pueden verse estos aspectos?

En primer lugar, en el nuevo papel de Gimli, el enano, convertido en epicentro bufonal de todas las bromas de la película: se insiste -desde el principio- en que es incapaz de seguir el ritmo del montaraz y del elfo. Después -en la escena añadida de la pelea con orcos y lobos (¿o eran osos?)- donde requiere ser salvado varias veces y, por fin, en la infamante escena de la muralla, previa a la batalla en el abismo de Helm.

Se nos cuenta en la obra escrita que encontró un plaquín, un capacete de hierro y cuero que le cubría la cabeza y un escudo pequeño que había pertenecido a Théoden, el rey, cuando era un niño. Se trata de resaltar su dignidad de guerrero al nivel de los otros («Dadme un año y un centenar de los de mi raza, y haré de este lugar un baluarte donde todos los ejércitos se estrellen como un oleaje» , dirá de sí mismo), sin negar sus condiciones físicas. Por el contrario, no se nos ahorra ni la triste escena en la que le cuelga la cota de malla o cuando -en plena batalla- Aragorn se ve obligado a servirle de pértiga pues es incapaz de llegar al puente de la entrada del castillo.

Una versión superficial pensará sólo en que se ha encontrado un elemento cómico (que no deja de hacer gracia al auditorio, por cierto), pero -de modo más profundo- es posible temer que no nos quepa en la cabeza que alguien como el enano pueda ser algo más que un fanfarrón. Dicho de otro modo, lo contrario a lo que realmente es en el libro: alguien por quien el elfo Légolas arriesga su vida en el primer encuentro con los jinetes de Rohan, alguien que salva a Éomer en plena batalla, un compañero irreemplazable, no un estorbo debido a una «cuota» ecuménica.

«El fin no está lejano -dijo el rey-. Pero yo no acabaré aquí mis días, capturado como un viejo tejón en una trampa»

Actitudes extrañas

En segundo lugar, en la dudosa actitud de algunos personajes, como el rey Théoden que tras ser salvado por Gandalf del endemoniamiento que le produjo Saruman. No va a combatir en el abismo de Helm sino a esconderse en él. Sólo al final, cuando todo está perdido, acepta la invitación de Aragorn para dar la vida gloriosamente. Es sorprendente que en el libro el relato es, justamente, al contrario: «El fin no está lejano -dijo el rey-. Pero yo no acabaré aquí mis días, capturado como un viejo tejón en una trampa. Crinblanca y Hasufel y los caballos de mi guardia están aquí, en el patio interior. Cuando amanezca, haré sonar el cuerno de Helm, y partiré. ¿Cabalgarás conmigo, tú, hijo de Arathorn? Quizá nos abramos paso, o tengamos un fin digno de una canción… si queda alguien para cantar nuestras hazañas. -Cabalgaré con vos -dijo Aragorn» .

Algo similar ocurre con los Ents, que al principio se niegan a participar en algo que, dicen, no le es propio, y sólo después lo hacen ante la evidencia del desastre natural que causa Saruman. Sin embargo, se nos ofrece una escena inventada del ataque a Isengard para privarnos de la misteriosa y tremenda venganza de la naturaleza en el Abismo de Helm (única causa para explicar como dos mil caballeros -a lo sumo- pueden derrotar a un ejército de cien mil orcos).

Hay un profundo sentido ético, de grandeza cotidiana, en la épica de Tolkien. No sólo -ni principalmente- en la fuerza ecológica de su obra, tan resaltada por la película, sino sobre todo en la consideración de que cada persona, con independencia de sus condiciones físicas o mentales, de su papel social o de su grandeza de orígenes, tiene un papel que jugar y en esa función irreemplazable, consiste la excelsa dignidad de su vida.

El poder del Anillo

Pero los casos más singulares son los que se producen en torno a Frodo y al Anillo de Poder. Es cierto que éste no tiene una utilización correcta y que lo más sabio es huir ante su presencia, como hace Gandalf, o rechazarlo, como hará la Dama del bosque. Sin embargo, la obra nos insiste en que no todos los hombres son iguales. Tolkien quiere evitar esa visión exclusivamente negativa de la humanidad -que tan sencillo resulta concluir- afirmando que los hombres son de dos tipos: los que querrían el Anillo para sí y los que están dispuestos a destruirlo.

El señor de los anillos. Las dos torres
El señor de los anillos. Las dos torres

La victoria, por ende desesperada, sólo puede provenir de éstos segundos, pues sólo ellos pueden hacer lo que el enemigo es incapaz siquiera de imaginar: «En verdad está muy asustado, no sabiendo qué criatura poderosa podría aparecer de pronto, llevando el Anillo, declarándole la guerra y tratando de derribarlo y reemplazarlo. Que deseemos derribarlo pero no sustituirlo por nadie es un pensamiento que nunca podría ocurrírsele. Que queramos destruir el Anillo mismo no ha entrado aún en los sueños más oscuros que haya podido alimentar. En esto, como entenderéis sin duda, residen nuestra mayor fortuna y nuestra mayor esperanza» .

Por eso, en la obra, para mantener la esperanza, se nos ofrecen tipos opuestos comparados: IsildurAragorn. El rey que provocó la tragedia reteniendo el anillo para sí; el que salvó a su raza, sacrificándose a no poseer el anillo (por cierto, ¿por qué se nos priva de contemplar su transformación hacia el gran rey?, sobre todo ahora que posee de nuevo a Elendil -sin ninguna presencia simbólica en esta segunda parte-).

Faramir

Pero quizá el paralelismo más claro que ofrece el libro en este sentido es el de los dos hermanos: Boromir y Faramir. Todo este episodio está modificado para invertir la intención de Tolkien. Primero, la conversación produce en el libro una complicidad inmediata entre ambos; en la película, sólo hostilidad. En el libro, los deja marchar después de conocerlos bien (les regala unos bastones); en la película, se ve obligado a dejarles marchar tras el ataque del Nazgul. La diferencia no queda sólo ahí. Tolkien nos habla de dos hermanos, pero de dos mentalidades diferentes, de dos modos de educarse y ver el mundo. Como Sam confesará a Faramir, pese a su grandeza y valor, «¡Desde el momento que lo vio, quiso tener el Anillo del Enemigo» . La reacción de Faramir es, desde el principio, la contraria: «¡Pero no temas! Yo no me apoderaría de esa cosa ni aún cuando la encontrase tirada en la orilla del camino. Ni aunque Minas Tirith cayera en ruinas, y sólo yo pudiera salvarla, así, utilizando el arma del Señor Oscuro para bien de la ciudad, y para mi gloria» .

La causa es la misma en Galdalf, en Aragorn y en Faramir, un razonamiento de índole moral: lo que es malo, aunque poderoso, nunca podrá servir para hacer el bien. Para descubrir esto, Tolkien nos insiste en ello entre líneas, no sólo hace falta ser valiente y esforzado. Es preciso una educación moral (no sorprende, por tanto, el cariño que Faramir manifiesta hacia Gandalf) y que, desde el primer encuentro, Frodo nos diga de él que era parecido a Boromir, pero «era menos orgulloso, y a la vez más austero y más sabio» . Son estos caracteres -y una veracidad llena de profundidad («no le mentiría ni siquiera a un orco» ) los que le permite contribuir de modo tan notable a la historia: si no los hubiese liberado, jamás habrían llegado a su fin.

Gollum

Tal vez habría que comentar los desarrollos de la doble personalidad de GollumSmeagol, presente en Tolkien, pero desarrollada en un sentido sorprendente: Smeagol vence a Gollum y, al ser traicionado por Frodo cuando éste ayuda a que sea capturado por los hombres de Faramir, se convence de la maldad del Hobbit, y Gollum vence definitivamente.

La película es excelente desde muchos aspectos, pero se echa en falta -si nuestra reflexión es correcta- una reflexión más profunda sobre el sentido interno de la obra. Es de esperar que, en la tercera parte, no se nos prive del final real aunque paradójico: Frodo, vencido por el Anillo, termina tirando este en el Monte del Destino, por la ayuda inagotable de su amigo Sam y por la colaboración codiciosa de Gollum. ¡Cuántas veces nuestras victorias morales no pasan de ese triste resultado!, pero -nadie debe dudarlo-son victorias morales y el mundo sigue girando gracias a ellas.

Miguel Ángel García Mercado*

(*) Miguel Ángel García Mercado es filósofo. Autor de manuales de Filosofía para
Bachillerato y de un volumen sobre la Estética en Nietzsche, que fue el tema de su tesis doctoral)