BSO: Días de vinilo

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1990

· Nesci utiliza la música y las pelí­cu­las no solo como un fondo agradable, sino como un protagonista más de la historia.

“Somos aquello que escuchamos. Y creo que una gran parte de nuestras personalidades se forja gracias a nuestras influencias cinematográficas y musi­ca­les. En mi caso, la música y las películas que se men­cionan en Días de vinilo son aquellas que me han formado. Cada canción que suena en el filme tie­ne un significado especial para mí, y sé que hay to­da una generación (o más) que puede decir lo mis­mo de intérpretes como Queen, Beatles, Rod Stewart, Morrissey, Marvin Gaye, INXS, Phil Collins, en­tre otros”.

Son palabras de Gabriel Nesci, director y guionis­ta argentino de una de las mejores comedias de los úl­timos años. Sin miedo a tener referentes norteamericanos, este cineasta utiliza la música y las pelí­cu­las no solo como un fondo agradable, sino como un protagonista más de la historia. Especial importancia tiene la canción A Groovy kind of Love, de Phil Collins, en uno de los momentos más logrados de la película.

En el guion de Días de vinilo se hacen numerosos gui­ños a grupos de música que no pasan de moda, al­go parecido a lo que sucede con el vinilo, que si­gue te­niendo sus fieles admiradores. Resulta patéti­co, y a la vez entrañable, el grupo de imitadores de Los Beatles que no logran tener el éxito que pretenden. También son muy ingeniosas la manera de insertar el ochentero Suedehead, de Morrisey.

Gabriel Nesci ha declarado en varias ocasiones que se considera un músico frustrado. En esta película compone varias canciones muy divertidas que in­terpreta la actriz Emilia Attías: Desde que no es­tás conmigo, Adiós querido Ernesto, Desde que Raúl se ha ido

El tono nostálgico que logra Días de vinilo sería im­posible sin esta banda sonora que, aunque está muy presente a lo largo de todo el metraje, no resul­ta innecesaria en ningún momento. La película se cie­rra con Please my Best Friend, de Queen, una manera muy optimista de acabar una comedia muy lumino­sa.

Claudio Sánchez