Como bien se refleja en Coco, la música es­tá ahí, diciéndonos que no debemos dejar de lado uno de los grandes remedios para la calidad de vida.

Coco es mucho más que una gran película. También es mucho más que una gran película cuyo núcleo es la mú­sica. Coco es, quizá, la primera cinta de animación que puede incorporarse a la selecta lista de películas que sirven para acercarse a ese misterio insondable que es el sentido profundo de la música. «Nunca subestimes el poder de la música», dice la voz en off de Ernesto de la Cruz. Coco es otro canto al poder de la música, es otra llamada de atención para que no pensemos que este mun­do puede funcionar sin que la música tenga el protagonismo que es debido. Pero, ¿cuál es esa lista selecta de películas capaces de decir, por el arte de la magia de la combinación de sonido e imagen en movimiento, lo que no es capaz de explicar un voluminoso tratado de mu­sicología?

No es una lista cerrada, faltaría más. Vayamos desgranando algunos títulos que, a nuestro entender, son imprescindibles. Deleitémonos recordando esos fragmentos de filmes de los últimos años que parecen conseguir lo im­posible: explicar qué es la música. La primera de esa lis­ta podría ser Tous les matins du monde (Todas las mañanas del mundo, Alain Corneau, 1991). Esta pelícu­la es especialmente apropiada para empezar el repaso, porque tiene mucho en común con Coco, ya que relaciona el poder de la música con la muerte y el más allá. Inclu­so el protagonista es hijo de zapateros. La música del ma­estro Saint Colombe hace surgir a la esposa difunta y, en el clímax de la historia, cuando por fin el guion pre­tende condensar en muy pocas palabras el sentido úl­timo de la música, nos hace escuchar la frase que llena de emoción a quien busca la respuesta a la pregunta so­bre el significado de la música: «La música sirve para hon­rar a los muertos». ¿Quién podría negarlo? ¿Quién po­dría negar que la música manifiesta que es el arte más es­piritual en ese momento siempre inexpresable que es el adiós a un ser querido que acaba de dejar este mundo? Pe­ro esa frase que Saint Colombe le dice al personaje in­ter­pretado por Gerard / Guillame Depardieu tiene otras con­notaciones. ¿Qué hacemos cada vez que interpretamos música de siglos pasados, sino honrar a los que la com­pusieron? Y de esa manera damos vida, recordamos. Al recordar, evitamos que mueran para siempre, como en las dramáticas escenas de Coco en las que Héctor estaba a punto de morir porque la bisabuela Coco era la única per­sona que le recordaba.

Cadena perpetua (1994)
Cadena perpetua (1994)

Siguiendo el orden cronológico llegamos a una pelí­cu­la de esas que se han revalorizado con el paso del tiempo: The Shawhank Redemption (Cadena perpetua, 1994, Frank Darabont). A diferencia de las dos mencionadas, no es una película cuyo argumento gira en torno a la música, pero incluye una escena antológica desde todos los puntos de vista, y más antológica aún desde el punto de vista de su capacidad para explicar el sentido de la música. Seguro que los lectores lo recuerdan. Andy Du­fresne (Tim Robbins) consigue un tocadiscos para la cár­cel, y hace su gamberrada: conectar el sistema de me­gafonía al tocadiscos. Empieza a sonar Las bodas de Fí­garo y los reclusos quedan petrificados por la belleza de la música. La voz en off de Red (Morgan Freeman) pro­nuncia la frase inolvidable: «No sé de qué demonios ha­blaban aquellas dos italianas… seguramente era sobre algo demasiado bello para ser expresado con palabras… Durante unos instantes, hasta el último hombre de Shawshank se sintió libre». Pero aún hay más. Andy es condenado a una celda de castigo. Cuando vuelve, di­ce a sus compañeros que «han sido unas vacaciones». Ha con­servado en su alma la impresión de aquellos pocos se­gundos en que escuchó esa música sublime, y eso le ha convertido en el hombre más feliz del mundo pese a estar en lo peor de su cadena perpetua. Intenta conven­cer a sus compañeros. No lo consigue, pero convence al espectador de la película de que «Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur». La música y su poder es­tán ahí, pero podemos beneficiarnos de ese poder solo si nos acercamos con las debidas disposiciones. En fin: otra escena que daría para una tesis doctoral.

Bailar en la oscuridad, de Lars Von Trier
Bailar en la oscuridad, de Lars Von Trier

Seis años después de Cadena perpetua se estrena esa tra­gedia nórdica llamada Dancer in the Dark (Bailar en la os­curidad, 2000, Lars Von Trier), «la película de Björk«. Aquí todo es mucho más sutil. No hay un personaje que nos avisa de que va a pronunciar una frase lapidaria. Asis­timos a la peripecia de una pobre mujer ciega, madre soltera, ingenua, que necesita un segundo trabajo pa­ra pagar la educación de su hijo. Vive la música con gran intensidad y eso le hace «ver» mucho más de lo que ven las personas «normales». Como tiene esa clarividen­cia que solo tienen las personas inocentes, no tiene miedo a la muerte. Solo tiene miedo a morir sin esperanza, y es la música la que le hace feliz en el corredor de la muer­te.

La última de la lista antes de Coco es Copying Beethoven (Agniezska Holland, 2006). En medio de la gran fies­ta en homenaje a la Novena Sinfonía, el compositor vie­nés (Ed Harris) se dirige a su ayudante Anna Holtz (Diane Kruger). Quiere saber por qué sigue con él, a pesar de que siempre la trata con brusquedad y hasta con grosería. En un momento dado, ella dice algo que pro­voca en Beethoven la necesidad de explicar qué es la mú­sica en su sentido más profundo: «Las vibraciones en el aire son el aliento de Dios hablando al alma humana. La música es el lenguaje de Dios. Los músicos estamos tan cerca de Dios como le es posible estar a un ser humano. Oímos su voz, leemos sus labios. Damos a luz a los hi­jos de Dios para su alabanza. Eso es lo que somos los mú­sicos. Y si no somos eso, no somos nada».

Copying Beethoven
Copying Beethoven

Fellini también creía que los músicos estaban más cer­ca de Dios que el común de los mortales. Por eso con­sideraba a Nino Rota no solo como un colaborador in­sustituible, sino también como alguien que le unía con lo trascendente, con ese mundo del que él se sentía ex­pulsado. Pero, junto a una nueva reivindicación de la su­perioridad de la música sobre las demás artes, Co­pying Beethoven vuelve a apelar a nuestras conciencias y a las de los músicos. La música puede ser el puente ha­cia Dios… si hay honestidad artística. En caso contra­rio, ¿sería el puente hacia el abismo? Poco antes de que se estrenara la primera de las películas citadas, Peter Kreeft había escrito un texto tremendo advirtiendo sobre el peligro de no considerar el poder de la música. Es­te filósofo norteamericano comparaba la música con la ener­gía nuclear, que tanto puede contribuir al progreso, pe­ro que, mal utilizada, puede provocar la devastación.

Lejos de nuestra intención asustar sobre los riesgos de la música cuando no está correctamente usada. Todo lo contrario. Quedémonos con el excelso ejemplo litera­rio acerca del poder de la música: Ainulindale, el comienzo de la mitología de J.R.R. Tolkien. La música es­tá ahí, diciéndonos que no debemos dejar de lado uno de los grandes remedios para la calidad de vida. Y, de vez en cuando, hay películas que nos lo recuerdan. La úl­tima viene de Píxar y se titula Coco.