Buñuel-Freud: la vida es pesadilla

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Buñuel-Freud: la vida es pesadilla. Sobre Tristana, Buñuel y Freud.

Cuando hace pocos días acudí al Museo de Huelva para presentar y comentar Tristana, una película de Buñuel, recordé a unos cuantos personajes que han expresado interesantes juicios sobre la filmografía del director aragonés, nacido en Calanda hace ahora cien años. Jean Coucteau, el director de esa prodigiosa película llamada La bella y la bestia, dijo que sólo Buñuel puede provocar en sus personajes esos instantes de paroxismo en el dolor, en los que resulta natural y como fatal ver a un hombre de frac arando un salón Luis XVI.
El comentario de Coucteau enlaza con algunas certeras afirmaciones de la entrada sobre Buñuel del célebre Diccionario del Cine Larousse-Rialp, firmadas por Paulo A. Paranaguá: Buñuel sembraba la confusión, no se ceñía a las reglas del relato lógico, cartesiano; abandonó la psicología, la sociología y otros puntos de apoyo de la verosimilitud novelesca, chocó de frente con las reglas del tiempo y del espacio, le gustaba despistar y tomar atajos; en definitiva, obligó al público a emprender una rearticulación y una nueva interpretación de las imágenes, un poco como sucede con las novelas-maqueta para montar de Cortázar.

“El cine es la mejor arma para expresar el mundo de los sueños, de las emociones, del instinto”

El otro día, en el Museo de Huelva, yo decía al público -en su mayoría joven y universitario- que se disponía a ver Tristana, que es imposible acercarse a Buñuel sin tener presente a Sigmund Freud. Y es que un repaso a las teorías del psiquiatra vienés de origen judío, muerto en Londres en 1939, permite establecer jugosos paralelismos con casi todas las películas del director español, y desde luego con Tristana, la lectura de Galdós por parte de Buñuel. Freud, en su célebre libro La interpretación de los sueños, editado el año del nacimiento de Buñuel, veía la sexualidad como un catalizador, en un mundo donde placer y realidad son -a su juicio- antagonistas. Freud torpedea la libertad, aplastándola bajo el peso de un determinismo psicológico de corte pansexualista. El instinto y, más concretamente, la libido o instinto sexual, se convierte en raíz y materia prima de la psique. La visión mecanicista del hombre difundida por el padre del psicoanálisis está ampliamente superada. Adler, Jung, Fromm y otros se encargaron de minimizar las rotundas afirmaciones de un Freud que, ante la dificultad que encontró para dominar la hipnosis, opta por el método de la asociación libre, que le permite ir de la catarsis motora a la catarsis verbal. Muchos han criticado las funestas consecuencias del apasionado talante intelectual de Freud, que le llevó a la enemistad con media humanidad que llevaba mal sus aires de prepotencia. Hoy, pasado el furor freudiano, le vemos como un verdadero positivista romántico, un excelente escritor que tuvo la osadía de pretender presentar como leyes permanentes del psiquismo humano lo que no pasaban de ser someras intuiciones.
Luis Buñuel afirmó: “El cine es la mejor arma para expresar el mundo de los sueños, de las emociones, del instinto”. Comparto plenamente esa opinión. Y les ofrezco otra, que tiene puntos en común con un interesante artículo del cineasta Andrei Tarkovski, en un interesante artículo publicado en Nueva Revista: “La razón de Buñuel engendra monstruos, extrañas criaturas dotadas de una vitalidad animal, salvaje, desesperada”. El cineasta Buñuel se me aparece como un retórico, perfeccionista hasta el exceso; en ocasiones brillante, a ratos pedante, siempre metódico, recurrente, obseso, onírico, zafio, cruel, provocador, intuitivo. Respeto enormemente a las personas, a Buñuel también. Me han enseñado a usar una mirada indulgente con todos, incluso con los que han vertido carretadas de cieno sobre figuras y mensajes que merecían otro trato. Es hermoso e higiénico aprender a disculpar, a comprender, a perdonar. Por donde no paso es por la absurda, irrazonable y frecuente afición contemporánea por presentar como modelos acabados (me suena a canonizaciones laico-artísticas) a todo aquel que cumple 100 años, y lleva colgado el cartel de surrealista iconoclasta.