Amanecer

Amanecer

Van siendo muchos los que dicen que, si se quiere experimentar el devastador vigor lírico del Séptimo Arte, hay que ver Amanecer de Friedrich Wilhelm Murnau. Nos sumamos a esta apreciación, que intentaremos sistematizar, porque ya se sabe que el lector agradece que las sentencias vengan precedidas de fundamentos de hecho, y a poder ser de derecho.

Amanecer tiene la delicadeza de un exquisito poema visual silente. Lo del silencio no me parece una cursilería gratuita, porque en esta película el espectador acaba por agradecer el silencio sobrecogedor que envuelve el milagro. El milagro visual de una narración gestada en el montaje de portentosos planos y secuencias que se apoderan de los cinco sentidos del espectador.

El maestro alemán rodó en los Estados Unidos una historia de amor que podría haber sido un título más de la larga lista de películas románticas que produjo el mudo americano. Pero Murnau es Murnau, y su genio es capaz de convertir una historia mil veces contada en algo único, irrepetible, inolvidable.

Sunrise
Sunrise

En 1927, la interpretación cinematográfica tenía ya el suficiente rodaje, había tomado carta de naturaleza, segregándose de la técnica teatral, a la que tanto debía. Amanecer permite observar las enormes posibilidades dramáticas que ofrece la técnica cinematográfica en manos de un artista de la expresión. Murnau convierte su cámara en un guía de extraordinaria cultura y sensibilidad. Somos conducidos al lugar de privilegio, desde el cual nuestra mirada puede apreciar lo esencial de cada gesto.

Amanecer es un producto destilado: no sobra un solo plano. Pero, a la vez, la sensación permanente de naturalidad barre cualquier nube de pretenciosidad, de solemnidad esteticista. Por esto ultimo, me niego rotundamente a llamar a Murnau -al menos en esta película- expresionista. Pienso que no hay nada más difícil -por ser enormemente fácil- que dejar hablar a la belleza de las criaturas. Después de ver películas como Amanecer uno no tiene mas remedio que ponerse de rodillas ante el Creador y agradecerle que hiciese al hombre a su imagen y semejanza. Hombres como Lope, que domeñaron la palabra hasta arrancarle el destello del prodigio (No sabe qué es amor / quien no te ama). Hombres como Murnau, sabedores de que -también a nivel cinematográfico- in principio erat verbum, es decir, que lo primero es el guión. Que el hombre no es hombre porque piensa. Que el hombre es hombre porque es libre y puede amar hasta inmolarse. En estas verdades de a puño se esconde la razón de que una lata llena de polvo pueda encerrar un destello de la naturaleza divina, de la mayor semejanza del hombre y la mujer con su Creador, una cosa llamada amor, de la que muchos hablan pero no todos conocen.

Alemania, 1927.  F.W. Murnau   George O’Brien, Janet Gaynor, Margaret Livingstone, Bodil Rosing   Divisa