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Doce hombres sin piedad

Clásico del cine judicial, donde Sidney Lumet demuestra que es un director de primer orden que ha dejado huella en la historia del cine

Doce hombres sin piedad (1957)
Doce hombres sin piedad (1957)

Doce hombres sin piedad: El poder de la palabra

Doce hombres sin piedad | Decir que una película es teatral suele considerarse algo negativo. Decir que se basa más en los diálogos que en la imagen se valora como una gran pega. Yo mismo en alguna ocasión he desestimado alguna película por calificarla como poco visual, y he repetido con muchas ínfulas aquel lema tan hollywoodiense de «don’t tell me, show me». Pero las cosas no son tan simples. El gurú del guion Syd Field abogaba por «si puedes decirlo, no lo muestres» y para ilustrar su teoría ponía de ejemplo una escena de El silencio de los corderos (1991). Jonathan Demme había rodado la escena en la que Clarice Starling, siendo niña, se despertaba en mitad de la noche oyendo gritos y presenciaba horrorizada cómo su tío sacrificaba a los corderos lechales. Sin embargo, a última hora Demme decidió no incluir este flashback para no romper la tensión y la dinámica emocional de la conversación entre Clarice y Hannibal en la que debía ir intercalada, dejándolo al final todo en el diálogo, siendo esta una de las escenas más recordadas de la película por su fuerza y dramatismo.

No cabe duda que en ocasiones el diálogo tiene más fuerza que la imagen. Ya que estamos en faena, déjenme que les ponga algunos otros ejemplos: cuando en Blade Runner (1982) el replicante Roy Batty dice aquello de «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäusser», no nos hace falta para nada ver aquellas naves en llamas, ni aquellos Rayos C, ni la Puerta de Tannhäusser. Es mejor dejar todo eso a la imaginación del espectador, aparte de porque rompería la tensión del momento, también porque seguramente si los viéramos es posible que nos decepcionaran y en la traslación a imágenes perdiera mucho de lo mítico. Y tampoco necesitamos ver el hundimiento del USS Indianapolis en el Pacífico en un flashback, es mucho mejor escuchar cómo lo narra Quint en Tiburón (1975), lo podemos ver con nuestra mente, sentir, oler. Y hablando de oler, cuando en Apocalypse Now (1979) el Coronel Kilgore describe una batalla en una colina y termina diciendo que tras bombardearla con napalm «olía a victoria», no necesitamos ver la dichosa colina en un flashback, en nuestra imaginación podemos ver la colina mejor devastada con napalm de la historia; y cuando en Sin perdón (1992) cada vez que dicen al protagonista «¿Es usted William Munny de Missouri, el asesino de mujeres y niños?», es un gran acierto que Eastwood y su guionista David Webb Peoples no paren la acción para mostrarnos una terrible carnicería del pasado. Por tanto, ¡Dios nos libre de los flashbacks que interrumpen la acción cuando la imaginación del espectador puede suplirla mucho mejor!

¿Y todo este rollo a qué viene? Viene a que Doce hombres sin piedad es teatral, muy teatral, orgullosamente teatral. Pide a gritos un flashback cada cinco minutos, y no los tiene. Y ese es uno de sus grandes aciertos. El salir de aquella pequeña sala con un solo flashback para airear la historia habría sido un error, habría arruinado el agobio, el calor, la tensión de ver a doce hombres encerrados en una habitación discutiendo, intentando dilucidar si es culpable o no el acusado en un juicio de asesinato. En ella se habla una y otra vez de pruebas y testimonios aportados por los testigos, pero no se echa para nada de menos que Lumet cuele un flashback que nos muestre el crimen. Todo está en la cabeza de los que juzgan y por supuesto también en la cabeza del espectador que se convierte en el «angry man» número trece.


Hay una gran habilidad y maestría en el guion de Reginald Rose para darnos a conocer verbalmente cada detalle del crimen, a la vez que explora la personalidad de cada uno de los doce, y todo ello manteniendo la intriga, la tensión y el ritmo ascendente en una película que no trata tanto de la inocencia o culpabilidad como de la duda razonable, el derecho a la presunción de inocencia, siendo una demoledora crítica al sistema judicial y en última instancia a la pena de muerte.

Doce hombres sin piedad (1957)

Y hay también maestría en Lumet, siendo esta su primera película, para dotar de fisicidad a una historia que en principio tiene poca, sabiendo sacar partido de su mínimo decorado, de los efectos ambientales como el calor y la lluvia, y de los objetos, la navaja, el ventilador… Quizás puede parecer una película relativamente fácil de dirigir, pero algunos planos tienen una gran dificultad. Por ejemplo, el primero rodado en la pequeña sala de deliberación. Es un plano sin cortes que no tienen nada que envidiar en cuanto a complejidad técnica a los que Hitchcock rodó para La soga (1948), y en la que se movieron los decorados durante su filmación, y que el director de fotografía Boris Kaufman tardó más de siete horas en iluminar. Un Kaufman que dotó a la cinta de una fotografía en blanco y negro cruda, contrastada, que da un aire realista muy en la línea de alguna de las películas que ya había rodado con Elia Kazan como son La ley del silencio (1954) o Baby Doll (1956).

Sidney Lumet (1924-2011) -que procedía de la televisión al igual que otros colegas como Martin Ritt, John Frankenheimer o Arthur Penn– fue un director de talento inmenso y de talante humilde poco dado a los exhibicionismos, que sabedor de que el cine es una labor de equipo nunca firmó sus películas poniendo aquello un tanto egocéntrico de «un film de», sino que afirmaba de sí mismo que él era solo el tipo que decía «esta vale» al ver la toma buena. Y hay que reconocerle el mérito de haber rodado esta película en diecinueve días con un escueto presupuesto, lo cual le obligó a sacar el mayor provecho de sus escasos recursos. Por eso en su libro Así se hacen las películas -imprescindible para futuros directores- cuenta cómo, cuando Kaufman iluminaba una silla, rodaban todo lo que ocurría en esa silla en toda la película. Pueden imaginarse lo complicado que puede llegar a ser rodar una película así, la dificultad de recordar la intensidad emocional para poder ajustar planos y contraplanos rodados con muchos días de diferencia. Lo que le salvó a Lumet es que siempre fue un gran defensor de los ensayos previos y de rodearse de un elenco de actores de primer nivel.




En este caso el equipo artístico es para enmarcarlo. Un casting que responde a distintos estratos sociales, que dan vida a personajes con diversas formas de ver el mundo, a seres humanos con sus propios intereses, sentimientos, frustraciones y psicologías, que cargan cada uno con un pasado que afectará a sus decisiones a la hora de juzgar al muchacho acusado. Un grupo de actores precedidos por Henry Fonda en uno de esos papeles de hombre integro que durante décadas se repartió con otros dos actores, James Stewart y Gregory Peck. Seguido por reconocibles actores secundarios (si es que aquí alguno lo es) de lujo que han tenido su importancia en la historia del cine. Ahí están entre otros un muy beligerante Lee J. Cobb, que años después sería el teniente Kinderman en El exorcista (1973); o el comedido presidente del tribunal, Martin Balsam, que daría vida al detective Arbogast en Psicosis (1960); o Jack Warden, con sus prisas por acabar pronto el juicio para irse a un partido de béisbol, que volvería a trabajar con Lumet en Veredicto final (1982).

Ficha Técnica

  • Fotografía: Boris Kaufman
  • Montaje: Carl Lerner
  • Música: Kenyon Hopkins
  • País: EE.UU. (12 Angry Men), 1957
  • Duración: 96 min.
  • Disponible en: Movistar+, Filmin
  • Público adecuado: +16 años
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