El gatopardo

Visconti cuidó hasta el mínimo detalle para que la película fuese reflejo de una belleza que a lo largo de la cinta va desapareciendo

El galopado, de Luchino Visconti
El galopado, de Luchino Visconti

El gatopardo

Para muchos la obra maestra de Luchino Visconti y una de las más grandes películas de la historia, El gatopardo, adaptación de la novela de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa, es de esas obras incontestables en la que cada uno de sus 181 minutos de metraje parecen tener delante uno esos letreros de museo que tanto respeto nos provocan: “Guarden silencio”, “No tocar”.

La historia del Príncipe Don Fabrizio Salina (colosal Burt Lancaster), que se refugia con su familia en Donnafugata para evitar el paso del tiempo, el cambio de época, es una historia universal que sigue emocionando. Visconti y Lampedusa conocían esa historia, ellos formaron parte de esa clase aristocrática venida a menos desde la llegada de Garibaldi y sus “camisas rojas” en la segunda mitad del siglo XIX.

Visconti cuidó hasta el mínimo detalle para que la película fuese reflejo de una belleza que a lo largo de la cinta va desapareciendo. Es la belleza que el viento va deteriorando en las esculturas de Donnafugata, en el rostro de Lancaster… y que va reluciendo en la rebosante juventud que representan los enamorados Alain Delon y Claudia Cardinale: la nueva Italia.

Por otro lado, El gatopardo es un ejemplo de lo que puede dar de sí un equipo técnico bien dirigido. El cuidadísimo vestuario de Piero Tosi, la lírica y decadente música de uno de los más grandes compositores (Nino Rota), el complejo diseño de producción de Mario Garbuglia, y la luminosa y colorida fotografía de Giuseppe Rotunno, hacen que los planos generales de Visconti hablen por sí solos. Así lo vemos, por ejemplo, en la larguísima escena final del baile, un monumento a la puesta en escena en la que también hay un elegante juego de metáforas puramente cinematográficas (el vals del paso del tiempo de Cardinale y Lancaster, el espejo que refleja la vejez de éste, el cuadro de la muerte que provoca congoja en los jóvenes, o el contraste silencio-griterío de los ancianos y los adolescentes que acuden a la fiesta).

Todo ello acompañado de un guión que incluye sentencias que dejan huella en el oído del espectador, como la sugerente “es necesario que todo cambie para que todo permanezca como siempre”, con la que Tancredi (Alain Delon) sintetiza al anciano Príncipe la ambición -inmovilista en el fondo y revolucionario en la forma- de la emergente burguesía italiana.


El Gatopardo

Luchino Visconti  Suso Cecchi d’Amico, Pasquale Festa Campanile, Massimo Franciosa, Enrico Medioli, L. Visconti  Giuseppe Rotunno  Mario Serandrei  Nino Rota  Burt Lancaster, Alain Delon, Claudia Cardinale, Paolo Stoppa, Rina Morelli  Filmax  181 minutos;  Jóvenes