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El tercer hombre

Carol Reed firma un clásico del cine negro con un brillante guion del escritor inglés Graham Greene

El tercer hombre (1949)

El tercer hombre: Las amistades peligrosas

Hay cinco cosas que siempre me vienen a la cabeza cuando recuerdo El tercer hombre. Una es la música de Anton Karas, otra es la presentación del personaje de Orson Welles, la tercera es la escena de la noria, la cuarta la secuencia en el interior de las cloacas y la quinta es ese final en el cementerio tan devastador como esperable. Todo esto, y algunas cosas más, hacen que El tercer hombre sea una obra imperecedera. Es una de esas películas que si haciendo zapping tropiezas con ella en alguna cadena estás perdido, es muy probable que quedes atrapado y la veas hasta el final. Uno no puede evitar la tentación de querer asegurarse de que Viena sigue siendo fascinante aun estando en plena reconstrucción tras la II Guerra Mundial, y de que Harry Lime sigue siendo tan seductor como caradura.

Producida entre otros por Alexander Korda y David O. Selznick, sus exteriores fueron rodados en la misma Viena, mientras que para los interiores el equipo se trasladó a los estudios Shepperton en Londres. Aunque algunos no lo crean está dirigida por el inglés Carol Reed, que venía de trabajar en Larga es la noche (1947) y El ídolo caído (1948). Y está protagonizada por un Joseph Cotten enamoradizo e ingenuo que hace de Holly Martins, un escritor de segunda autor de novelas del Oeste que recorre la capital austriaca tratando de resolver el enigma de lo sucedido con su amigo Harry Lime, cuando en realidad lo que le gustaría es perderse en esa mirada de gato triste y azul de Alida Valli. Ese es el gran drama del personaje, el conflicto entre la amistad que se va y un amor que no llega.

Joseph Cotten, aunque ha actuado en grandes películas (Ciudadano Kane -1941-, Duelo al sol -1946- o Jennie -1948-), es de esos actores que nunca han tenido el reconocimiento que merecen. Sin embargo, su trabajo siempre es meritorio. Suele hacer de hombre honrado sobrepasado por los acontecimientos, el tipo que nunca se queda con la chica, aunque hay directores que han sabido jugar con su rostro un tanto angelical para buscar un lado oscuro, como Hitchcock en La sombra de una duda (1943).

En el otro extremo de la trama está un Orson Welles delgado y omnipresente a pesar de que apenas aparece; pero cuya sombra es tan alargada como la de un ciprés de ese cementerio en el que descansa. La presencia-no presencia de Welles en esta película es tan fuerte que no solo roba en nuestra memoria el protagonismo al bueno de Cotten, sino que hace que muchos crean que fue él mismo quien dirigió realmente la película. No llegó a tanto, aunque sí es cierto que metió mano en el guion, colando aquella famosa frase en la que compara la Italia de los Borgia con la pacífica Suiza del reloj de cuco. Su personaje, Harry Lime, se comporta como un cínico, como un dios perverso que desde las alturas de la noria pudiera decidir sobre la vida y la muerte de diminutas criaturas humanas.

El guion está firmado por Graham Greene y resulta modélico en su sencillez, pues el cine negro en general se caracteriza por marear la perdiz a veces de manera innecesaria hasta el punto de uno no enterarse de nada, mientras que la trama aquí resulta cristalina. Greene, también autor de la novela, hace de la claridad su mayor virtud, repartiendo con ecuanimidad las cartas entre la intriga policial y la intriga amorosa, armando un guion que sabe sacar punta a todos los elementos de la Viena de posguerra, a sus patrullas policiales, a sus casas deslavazadas, a sus decadentes tugurios de poca monta, a sus calles y plazas vacías. Si bien Greene y Reed tuvieron discrepancias a la hora de elegir el final, se impuso por supuesto Reed con ese antológico plano de Valli caminando hacia la cámara.

Sin duda hay que destacar también el apartado visual, ya que es otro de los motivos por los que hay quien cree que la película está dirigida por Welles debido a la angulación de la cámara, con esos planos aberrantes y esos picados y contrapicados que también hemos visto en la obra del autor de Ciudadano Kane (1941) o El cuarto mandamiento (1942); y con una profundidad de campo que acerca el trabajo del director de fotografía Robert Krasker al de Gregg Toland. Reed y Krasker hacen así mismo una utilización brillante de las sombras, alargándolas hasta la exageración para crear un efecto de sospecha y peligro inminente, con un expresionismo que se diría recién sacado de un filme de Fritz Lang, del que también parecen herederas las escenas del vendedor de globos o la del niño que acusa al personaje de Cotten de asesinato.

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Ficha Técnica

  • Fotografía: Robert Krasker
  • Montaje: Oswald Hafenrichter
  • Música: Anton Karas
  • País: Reino Unido (The Third Man), 1949
  • Duración: 104 min.
  • Disponible en: Prime Video
  • Público adecuado: +16 años
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