Testamento

Gertrud (1964), la última de las películas del danés Carl T. Dreyer (1889-1968) es una de sus grandes obras de madurez, ganadora del premio de la Crítica en el Festival de Venecia. Llegó con ella a una estilización formal extrema. La sobriedad impone su ley: en la decoración, en las palabras, en los gestos de los actores…; ¡hasta en la vida!, pues esa lentitud en los movimientos de los cuerpos parece indicar que están los ánimos de sus dueños oprimidos, aplastados, encadenados… Y sí lo están: por la tristeza lo están.

No basta para explicar esta ceremonia de la “desesperación tranquila” con señalar que se habla en ella de la muerte, del desamor, del tiempo que pasa…, sino que hay que añadir que falta el sentido de la muerte, su tiempo no construye la felicidad del hombre…, no hay Amor, digo, no hay Dios.

Cuando se dice que este drama de Gertrud no es melodrama casi se dice que no hay vida, que no hay sentimientos -los alegres, no-, y es así: se presenta una tal amargura de alma que si se tratara de su ascensión hacia Dios en el casi último estadio cabría decir que esa alma está sufriendo una terrible noche oscura, “sin arrimo”, sin luz ni guía; pero aquí, en Dreyer, no hay una ascensión a Dios, sino un desorientado andar de corazones áridos y desolados. No hay más sentimientos que estos.

¿Bellísima? Bellísima, sí, como el terror. Con ese terror que puede producir -cabe imaginarlo- el ver -¡ver!- la grandeza y sublimidad de un alma, casi muerta.

Es un raro teatro cinematográfico la obra de Dreyer. Es cine porque en su obra la imagen lo es todo, o casi todo. Y es cultura nórdica; no estaría bien citar a este o aquel autor. La obra de Dreyer es de un alma nórdica. Diría que nórdica de entonces, no de ahora (ahora hasta lo finlandeses están infectados de lo peor de USA -no de lo bueno-).

Soledad y desnudez. Yo no diría tampoco ascetismo, pues el asceta se priva de lo que le estorba para así espiritualizarse cada vez más. Si en Gertrud hay búsqueda de lo espiritual del amor, si hay esa búsqueda, se busca tan mal que parece un imposible. Gertrud es un vacío enorme, un abismo de angustia, un fracaso humano hecho silencio.

Es un cine cuya densa y exacta palabra cae como una piedra en el agua de la cisterna: suena y resuena, y levanta ecos de ecos… Recónditas sonoridades, ámbitos sin salidas ni luz.

Bellísima. Sí, como la muerte, que dice todo, y nada.

Un mundo de antigüedad nórdica, de una religiosidad torturante, de una frialdad de corazón tan frío que sólo se abre al calor del sexo. En Gertrud se habla de aventuras sexuales, no se ven, el lento ballet de la angustia no permite -rompería el estilo- ver una explosión de vida y risa. No la hay. No hay sexo enamorado; pero sí hay turbio desahogo sexual, animalidad del hombre. Aunque no se vea, se ve su huella: esa tristeza aplastante.

La religiosidad en Gertrudes más patente en Ordet (1955)– es desesperanzada y triste. ¡Contradictorio? Y es así por falta de verdad y de vida. Falta verdad en un mundo en el que se ignora, se desconoce o no se conoce bien el Evangelio. Y falta vida, pues lo que haya de vida no está fundamentada en la verdad, y así es triste e insegura, tambaleante, desesperada.

No es el vacío de la humanidad en aquella primera mitad del siglo XX (De eso no habla Dreyer). No es tampoco el odio de las naciones en aquella primera mitad del siglo XX (De eso no habla Dreyer).

Carl Theodor Dreyer no es un sociólogo ni un profeta. Es un poeta de sí mismo, de su propio mundo vacío, falto de amor, tanto, que ni sabe buscar. Su belleza, indudable es -lo he dicho- la de la muerte.

GERTRUD (1964)

País: Dinamarca Dirección: Carl Theodor Dreyer Guión: Carl Th. Dreyer, basado en la obra de Iljalmar Soderberg Fotografía: Henning Bentsen Montaje: Edith Schlüssel Música: Jörgen Heldsil Intérpretes: Nina Pens Rode, Bent Rothe, Ebbe Rode, Baard Owe, Axel Strobye, Vera Gebuhr, Anna Malberg Distribuidora: Notro Films