La edad de la inocencia: Un amor imposible

Sin lugar a dudas La edad de la inocencia es una extraña película dentro de la filmografía de Martin Scorsese. En un primer momento lo único que parece engarzar con el resto de su obra es el hecho de que transcurra en su adorado Nueva York. En esta ocasión mostrada como una ciudad mucha más horizontal y provinciana, y que a finales del siglo XIX aún distaba mucho de ser una gran manzana. El director italoamericano se aleja de las malas calles y las violentas tramas mafiosas y se adentra en, lo que llamaría Stefan Zweig, el mundo de ayer. Sin embargo hay en esta cinta algo que la hermana con otras como Uno de los nuestros o Casino: el deseo de escalar socialmente y la ambición de cumplir el propio sueño saltándose las normas establecidas. Hay en La edad de la inocencia una violencia soterrada y un río de sutil hipocresía que lo anega todo. Una búsqueda de un Dorado que tendrá su coste para el personaje protagonista, Newland Archer, quien en última instancia deberá expiar sus pecados, como tantos otros personajes de Scorsese desde Taxi Driver a El cabo del miedo, desde Toro salvaje a Silencio.

Basada en la novela homónima ganadora del Pulitzer, publicada por Edith Wharton en 1920, su acción se desarrolla en la década de 1870. Fue adaptada de manera casi literal por Scorsese y Jay Cocks -guionista también de Gangs of New York y Silencio-. La escritora está muy presente a través de la evocadora voz en off interpretada por Joanne Woodward, que nos acompaña de forma omnisciente por los suntuosos salones de los miembros de la clase alta neoyorquina. La cinta, como el libro, no deja de ser sino un fiel retrato de la época, una aguda disección psicológica y una profunda crítica social.

Una dirección de arte apabullante

Es la película más sensual de Scorsese, con una dirección de arte apabullante. Los cuadros, las flores, los muebles, los platos que se sirven en las fiestas, el vestuario -ganador de un Oscar-, todo son piezas que cuentan la historia. Nos hablan de los anhelos y defectos de sus dueños, mostrándonos una aristocracia que acumulaba grandes casas, joyas y arte; pero que les faltaba la compasión y una ventana por la que entrara aire fresco. Se nos presenta un Nueva York donde unas pocas familias adineradas coinciden cada noche en los palcos de óperas y en los bailes de sociedad; y que creen poseer el mundo, pero en realidad es el mundo el que los posee a ellos. El que les domina y les hace mirar con envidia y recelo cualquier cosa que venga de la vieja Europa.

Es una película generosa en los diálogos. Se habla mucho pero su mayor peculiaridad es que nunca se dice lo importante, porque todo lo incómodo queda oculto, escondido tras las puertas. Solo tratado en habitaciones en penumbra junto a troncos que arden en chimeneas. Los tabúes sociales forman una barrera imposible que aplastan al protagonista. Newland Archer, interpretado por Daniel Day-Lewis con una contención admirable, deambula por la pantalla confuso y calladamente enamorado, mientras parece que en cualquier momento su fuselaje se va a resquebrajar y estallar. Siente una nostalgia por lo no vivido, por un amor imperecedero que no llega, por un atardecer junto al mar. Su tensión amorosa hacia la condesa Olenska se cuece a fuego lento, interpretada por una Michelle Pfeiffer en el mejor papel de su carrera, que intenta mantenerse a flote en un universo al que no pertenece. Asistimos con ellos al fin de un antiguo orden, al punto donde algo nuevo está surgiendo y que se abre veladamente como las flores del inicio de la película. Y por último tenemos en el tercer vértice a la comprensiva y dulce May Welland, interpretada por Wynona Ryder, quien a primera vista parece poca cosa, un ser puro, débil, la tierna y engañada esposa; pero que demuestra ser quien mejor conoce el alma humana.

Amor y obsesión

Se zambulle la película en las aguas pantanosas de la obsesión amorosa, la felicidad perdida, la doble moral y las falsas apariencias. Sucesora de La heredera (1949), de Willyam Wyler, y demás retratos de damas de Henry James. En donde Scorsese se gana los galones de maestro dirigiendo con menos barroquismo que en la mayoría de sus filmes, reduciendo en esta ocasión la variedad y espectacularidad de los movimientos de cámara, pero con una precisión en la puesta en escena que solo está al alcance de directores de visión privilegiada como la suya. No se limita a rodar plano contra plano, y se aleja de estilos más clásicos y previsibles como el de James Ivory, por nombrar a un director que ha frecuentado el género; sino que toma prestado algo del arte de Hitchcock. No tanto del Hitchcock de Psicosis (1960) o de Con la muerte en los talones (1959), sino del Hitchcock más gótico y romántico de Rebeca (1940) o Atormentada (1949).

No solo encarga los títulos de crédito a Saul Bass, colaborador habitual del maestro inglés, también toma buena nota de la lección del mago del suspense de rodar las escenas de amor como crímenes y los crímenes como escenas de amor. Si bien en La edad de la inocencia no corre la sangre, los tête à tête amorosos están rodados con una intensidad que acrecienta el plano detalle, que aumenta la tensión del diálogo, y retuerce el sentido de cada acción. Sin embargo, Scorsese también sabe ser contemplativo y melancólico y para la memoria quedan escenas como la del crepúsculo en el muelle, y ese final bajo la ventana que quizás es el mejor que nunca ha rodado.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Michael Ballhaus
  • Montaje: Thelma Schoonmaker
  • Música: Elmer Bernstein
  • País: EE.UU. (The Age of Innocence), 1993
  • Duración: 139 min.
  • Distribuidora en España: Netflix
  • Público adecuado: +16 años
Suscríbete al newsletter semanal de FilaSiete
Reseña
s
Escritor de relatos de terror y misterio, y guionista de cine y televisión. Admirador de Ford, Kurosawa, Spielberg y Hitchcock, no necesariamente en este orden